Los verdaderos defensores de la familia 


El activismo no está reservado solo para quienes son discriminados


María Christina tiene dos hijos que son su vida: George y Sofía. George es el mayor y es homosexual. María Christina reflexiona: “Mi hija es casada, tengo tres maravillosos nietos. Ella tiene todo los derechos. Mi hijo también tiene su pareja, tiene su compañero, pero no tiene los mismos derechos que tiene mi hija. ¿Por qué? ¿Por qué no pueden tener los mismos derechos si a los dos los amé, los amo con toda mi alma, si a los dos los tuve dentro de mi pancita? Quiero un futuro más justo para mi hijo”.

Francisco, David, Melissa y Stefanía son sobrinos de Carlos y Alejandro, quienes llevan más de 35 años juntos como pareja. Los cuatro vieron el matrimonio de sus tíos a través de un video porque fue en el extranjero y ellos no pudieron viajar. Sueñan con el fiestón que habría si los tíos Carlos y Alejandro pudiesen casarse en Lima con toda la familia reunida para celebrarlos. Francisco reflexiona sobre las personas que no aceptan el matrimonio igualitario: “Estoy seguro de que si fuese un familiar o alguien cercano, lo entenderían un poco mejor. Pero no esperemos a llegar a tener a esa persona, pongámonos en el lugar de aquel tercero que simplemente desea ser feliz y que no le está haciendo daño a nadie”. 

Desde Iquitos, Mercy nos cuenta sobre Almendra, su hermana: “Ella prácticamente me crió desde los nueve años porque mi mamá trabajaba. Yo quiero mucho a mi hermana, porque es una persona que me ha enseñado a hacerme valer por mi misma, a respetarme y a respetar a los demás. Luz, su pareja, es una buena persona, siempre nos ha apoyado, siempre nos brinda consejos. Yo nunca tuve una incomodidad porque yo veía feliz a mi hermana. Y si mi hermana es feliz, yo también lo soy. Cuando me contó que se iban a casar yo estaba muy feliz, solamente no entendía por qué tenían que irse tan lejos para hacerlo. Yo sí creo que las parejas del mismo sexo deberían casarse en el Perú. Le daría la oportunidad a muchas familias a formalizarse”.

Nataly es mamá de Giuliana, una mujer lesbiana. Ella imagina la boda de su hija en Cusco: “Pienso cómo fue el matrimonio de su primo. Me imagino que mi familia y yo tendríamos que estar haciendo los preparativos, queriendo que ellas estén bonitas, que tengan una recepción bonita, con gente que las quiere. Que bueno fuera que hubiera la posibilidad en Perú, porque es necesario para que puedan estar seguras, para que tengan un futuro mejor. Sería muy bonito”.

María es mamá de Katy y de José Armando. Su hijo es homosexual y tuvo que irse del país para protegerse de la discriminación. “Yo tengo dos hijos. Katy puede desarrollarse en todo lo que ella quiera; pero José Armando, no. ¿Cómo no me va a doler? José Armando está en Italia porque quería ser él mismo. ¿Cómo no me va a quebrar saber que mi hijo en este país es discriminado por lo que es?”. María sueña: “Me imagino el matrimonio civil de José Armando con la costumbre de mi tierra, que es Huancayo, con su palpa, con su orquesta, donde la gente le exprese todo el cariño y respeto a mi hijo y a su esposo. Ese sería mi sueño dorado”. 

Rafael es el papá de una chica lesbiana, y desde Arequipa tiene un mensaje para todos los papás: “Siento que mi hija es feliz, ¿qué más puedo pedir? Ese era mi objetivo. Les puedo decir, únicamente, que vivan con base a lo que su corazón mande. No desperdicien la oportunidad, padres, de amar a sus hijos como ellos quieran vivir. No les quiten su amor”.

Estos testimonios forman parte de la campaña “Sí, acepto” de la organización Más Igualdad Perú, una iniciativa que busca visibilizar el respaldo de familias diversas al matrimonio igualitario. Los invito a seguir sus redes sociales y conocer más historias de amor, de lucha y de compromiso con un país más justo.

En cada mensaje hay una certeza que atraviesa a todas las generaciones: el valor de la familia está en el cuidado, en la alegría compartida y en el deseo de ver felices a quienes queremos. Frente a discursos que intentan excluir, estas voces nos muestran dónde están los verdaderos defensores de la familia: en los que abrazan sin condiciones y piden lo mismo para todos sus hijos, tíos, hermanos, sobrinos y seres queridos.

Junio es el mes del orgullo, y también puede ser el mes en que más familias se animen a dar un paso al frente. A salir del silencio, a acompañar públicamente a sus seres queridos, a hacer activismo desde el cariño. Porque el orgullo no es solo una fecha, ni un desfile: es también la voz de una mamá que defiende a su hija, de un papá que celebra la felicidad de su hijo, de una tía, un primo o una abuela que no quiere que nadie que ama viva con miedo o con vergüenza. Cuando una familia apoya, también transforma. Y eso merece ser celebrado, visibilizado y repetido, porque en cada gesto de amor afirmativo hay una pequeña victoria para todos.


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