Magda vuelve


En estos tiempos de desencanto, es imprescindible leer La trampa


Hay libros que se leen como si uno abriera una ventana al pasado. Pero hay otros que, al abrirlos, parecen mirar directamente hacia el presente. La trampa, de la escritora peruana Magda Portal, pertenece a estos últimos. Escrito en los años cincuenta y rescatado del olvido por Cocodrilo Ediciones, el libro dialoga con muchas de nuestras preguntas de hoy: sobre la política, el poder, las mujeres y la fe en las causas colectivas cuando el desencanto se vuelve rutina.

Es, además, una de las novelas políticas más importantes de nuestra literatura. No solo por lo que cuenta, sino por la lucidez con que Magda Portal supo leer su tiempo. A través de la ficción, retrata el desencanto que siguió a los grandes sueños de transformación social del siglo XX. Y lo hace desde dentro, desde la herida.

La historia entrelaza dos hilos: el del joven Charles Stool —inspirado en un caso real, el de Carlos Steer Lafón— y el de Mariel, una militante que se parece muchísimo a la propia Magda. Ambos son personajes usados por una maquinaria política que promete liberación, pero termina devorando a los suyos. Portal escribe con la claridad de quien creyó en una causa y vio cómo el poder corrompía el ideal. La trampa muestra la descomposición del sueño revolucionario, pero también la dignidad de quienes, aun derrotados, se niegan a rendirse.

Magda Portal fue poeta, narradora, ensayista, militante y feminista interseccional en los años en que ser cualquiera de esas cosas ya era difícil; ser todas, casi imposible. Fue la única peruana incluida en El índice de la nueva poesía americana junto a Vallejo y Borges. Fundadora del APRA y organizadora de su comando femenino, pagó con cárcel y exilio su compromiso político. En su autobiografía, La vida que yo viví…, lo dice sin grandilocuencia, pero con enorme fuerza: sabía que su historia personal era también parte de la historia del país. Y sabía, además, que las mujeres casi nunca aparecían en esas narraciones. Por eso escribió: para dejar constancia, para asegurarse de que su acción —y su voz— llegaran a las generaciones por venir.

En La trampa, la cárcel de la protagonista no es solo un lugar físico: es una metáfora moral. Es el país mismo, con sus falsas promesas y sus estructuras que atrapan incluso a quienes buscan transformarlas. Mariel, su alter ego, encarna el desencanto de una generación que creyó que la política podía liberar y terminó enfrentándose a sus propias jerarquías y exclusiones.

Pero incluso en esa oscuridad, Portal no se rinde. Su ética está en el gesto de no claudicar, de seguir mirando el mundo con los ojos abiertos. La novela nos recuerda que la política, en su sentido más alto, no es el poder ni la burocracia: es la búsqueda de justicia y dignidad. Y cuando Magda vio cómo los compañeros de lucha traicionaban los ideales que decían defender, decidió denunciarlos escribiendo. Escribir fue su forma de decir “no”. Y ese “no” sigue siendo urgente.

Porque las trampas del poder, del silencio y de la resignación no desaparecieron. Leer a Magda Portal hoy es recordar que hay otra manera de hacer política: desde la honestidad, desde el riesgo, desde la palabra que no se acomoda.

También hay una dimensión feminista que no conviene pasar por alto. Magda fue una de las primeras en denunciar el machismo dentro de los partidos, en reclamar igualdad no solo en los discursos, sino en los hechos. En la novela, Mariel no acepta ser adorno ni sombra. En su voz resuenan muchas otras mujeres que, décadas después, siguen peleando por espacio y por voz.

Y hay algo más, tal vez lo más actual de todo: la defensa del idealismo. En un mundo donde parece más fácil reírse de los ideales que creer en ellos, Magda Portal nos invita a no avergonzarnos de tener fe. No una fe ingenua, sino una fe lúcida: la de quien ha visto el fracaso, pero no renuncia al deseo de justicia.

¿Qué diría Magda Portal del Perú de hoy? Probablemente vería una política sin horizonte, una sociedad cansada del poder y desconfiada de las palabras. Pero también reconocería algo que nunca desaparece del todo: la capacidad de indignarse, de volver a empezar, de seguir buscando justicia aunque la historia se repita.

Tal vez por eso La trampa sigue teniendo sentido. Porque en sus páginas late una convicción que no pierde vigencia: la de que la ética y la imaginación también son fuerzas políticas. Que escribir, pensar o crear con honestidad es una forma de resistencia. Y que un país sin memoria —sin sus escritoras, sin sus voces críticas, sin sus disidentes— termina, inevitablemente, atrapado en su propia trampa.


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