Ley Paddington


O de cómo no entender lo que es la cultura en el Perú


Alejandro Neyra es escritor y diplomático peruano. Ha sido director de la Biblioteca Nacional, ministro de Cultura, y ha desempeñado funciones diplomáticas ante Naciones Unidas en Ginebra y la Embajada del Perú en Chile. Es autor de los libros Peruanos IlustresPeruvians do it better, Peruanas Ilustres, Historia (o)culta del Perú, Biblioteca Peruana, Peruanos de ficción, Traiciones Peruanas, entre otros. Ha ganado el Premio Copé de Novela 2019 con Mi monstruo sagrado y es autor de la celebrada y premiada saga de novelas CIA Perú.


Como aficionado de toda obra que mencione el Perú y siendo un fanático de las historias del oso Paddington excelente lectura para mis hijas antes de dormir―, me resulta simpático ver el gran número de comentarios provocados por la tercera parte de la saga protagonizada por el osito más tierno, ingenuo y torpe del Reino Unido, cuyas raíces se hunden en el darkest Peru (que siempre me pregunto si tiene reminiscencias más cercanas al “Perú profundo” con el que los limeños con no poca condescendencia nos referimos a las regiones). 

Esto surge, sin embargo, en el mismo momento en el que se aprueba una nueva Ley de Cine que tiene algunos de los atributos de Paddington: la ingenuidad y la torpeza, sobre todo. Y es que seguramente puede haber buenas intenciones en los promotores de esta norma con la mirada puesta en promover nuestro país como un destino para las producciones cinematográficas. El problema es que no solo los cineastas no han sido escuchados, sino que los congresistas no saben que ya hay diversas iniciativas que desde el Ejecutivo se vienen desarrollando como “Film in Peru” y la Mesa Ejecutiva para la promoción del Perú como destino de locaciones fílmicas, que busca “abordar, identificar, promover y proponer acciones que permitan que el Perú se convierta en un destino atractivo para las productoras internacionales, y que beneficien e incentiven a quienes tengan un interés en el Perú como destino de locaciones fílmicas, a fin de contribuir con el crecimiento económico” (Normas Legales de El Peruanodixit).

En el nivel internacional, además, hay diversos estudios que identifican cómo promover incentivos para lograr esto. El más reciente e interesante, elaborado por Netflix y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) es El impacto económico de la industria audiovisual en Latinoamérica. Tuve la suerte de estar en su presentación hace unos meses y, en las conclusiones, el representante de Netflix ―un destacado compatriota, por cierto― dijo que lo más sencillo para el Perú es imitar las normas de promoción de Colombia, por ejemplo, en donde se producen muchas series de exportación y cuyas características y condiciones hacen que muchas películas ―como la propia Paddington 3― se filmen ahí y no en nuestro país (aunque sí se hizo en Machu Picchu y otras locaciones, valga la aclaración). Hasta allí la ingenuidad. Pero hay también condescendencia frente a la cultura que se produce en las regiones y mala comprensión de lo que significan el cine o el arte. Lo contaré con ejemplos.

Cada cierto tiempo ―diría que cada año― hay un debate sobre los “valores” que deben promoverse con el cine y la cultura, cuando en realidad solo existe incomprensión y crítica, además de, en no pocos casos, deseo de censura. A mí me han tocado algunos. Uno, recuerdo, fue una confiscación de piezas ayacuchanas que iban a formar parte de la colección del MALI, incautadas porque se pensaba que al representar imágenes de Sendero Luminoso en retablos y tablas de Sarhua, podía incurrirse en apología al terrorismo, cuando era exactamente lo contrario. Antes fue la crítica a La cautiva, que por suerte no impidió que se presentara en el Festival Teatro a Mil en Chile cuando fungía de agregado cultural ahí. Luego, en otra ocasión, fui invitado al Congreso a explicar exactamente lo mismo que se discute y quiere cambiar ahora, los estímulos recibidos para alguna película, en ese caso, Hugo Blanco, río profundo (en plena pandemia recuerdo las cuasi amenazas del congresista Urresti, que resonaban en la computadora en la que seguí la sesión virtual). Hace poco, y aunque lamentablemente no la he visto, conocí a la distancia del debate en torno a La piel más temida. Ni qué decir de los permanentes embates contra el Lugar de la Memoria.

De los muchos despropósitos de aprobarse con esta nueva Ley estarían ―lo ha reconocido la propia ministra de Cultura, que bien ha señalado que se observará, igual que gremios de cineastas y personas vinculadas al sector―, entre otros: el eliminar los estímulos que desde la norma vigente van a otros sectores de las industrias culturales; la eliminación de los fondos en determinadas etapas de la elaboración de un film (lo que condenaría a abortar proyectos antes de que nazcan); la posible censura previa (hablan de “defensa de las buenas costumbres”, que imagino como Manual de Carreño versión original, es decir, de 1853); la incomprensible limitación que existiría en la práctica para que se produzcan películas en las regiones; eso, y que se cree una ventanilla única a cargo del Mincetur, entiendo que con la idea de que el cine sea siempre de “promoción” estilo marca Perú, cuando todo el resto de la norma tiene al Ministerio de Cultura como entidad a cargo de su ejecución.

Creo que todo parte por una falta de comprensión de lo que logra la cultura y de lo que debe ser para todos, una forma de tender puentes de encuentro y lograr una verdadera y real unión entre los diversos Perú que somos (no de los que creemos o queremos que seamos, como parecen pretender congresistas que no escuchan, o no quieren escuchar a los que saben). Lo explicaré con un último ejemplo. 

Tuve la suerte de conocer a Oscar Catacora en una visita a Puno. Wiñaypacha, su película filmada en aimara, trágica, contemplativa, peruanísima, me había conmovido. Cuando le pregunté en qué películas o cineastas se había inspirado, pues lo suyo parecía expresionista o cine de autor, me dijo que había tenido la suerte de que en la universidad de Puno, cuando era apenas un chiquillo, a alguien se le ocurriera hacer un club de cine. Rescataron videos piratas, reciclaron cintas antiguas y vieron películas europeas y mucho cine japonés ―creo recordar que me mencionó a Ozu y Kurosawa―. Eso le cambió la vida y, con los poquísimos recursos que encontró en Puno, pudo hacer cine en el Altiplano, convenciendo a su familia de que aquello podía cambiar, a su vez, la vida de otras personas como él, incluso dando trabajo a quienes se involucraban en proyectos como ese o Yana-Wara, que no llegó a completar, pues murió prematuramente en 2021. Eso puede ser el cine y el arte cuando se hace en libertad y se promueve en la juventud.

Todos, pero sobre todo los más jóvenes, quieren historias que conmuevan y hagan pensar, cuestionarse, y no big brothers que la repriman o censuren. Así tendremos de verdad la oportunidad de tener más y mejor cine ―diverso, regional, de calidad― y de ser un lugar más atractivo para la industria de cualquier parte del mundo. Paddington no lo habría hecho mejor.


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