El MIT de Tarapoto


Las universidades que se requieren en Latinoamérica y el último misil del Congreso peruano


Pasábamos en mototaxi por una de las estrechas y calurosas calles de la amazónica Tarapoto, conocida también como la ciudad de las palmeras, cuando un cartel colgado en una casa de dos pisos y a medio construir llamó nuestra atención: MIT. En el mismo anuncio y con letras más pequeñas también se indicaba “Computación e Informática”.

Claramente, no se trataba de una sucursal de la institución de Massachusetts, esa que cuenta por docenas a sus premios Nobel y que inspira películas como Wakanda Forever En Busca del Destino. Era, más bien, el pequeño emprendimiento de alguien que había transformado el piso de su casa en un espacio para enseñar cursos básicos de programación. Sonreímos ante tal audacia: el MIT de Tarapoto es parte de un pequeño ecosistema de ‘copias’ educativas peruanas, como la academia y colegio preuniversitario La Sorbona en Lima, y la recientemente extinta escuela Harvard en Piura, la cual tuvo que cambiar su nombre porque el Harvard original le puso una demanda a su dueño, César Acuña.

Estos casos pueden parecer una anécdota curiosa, pero nos permiten reflexionar y tener una conversación más profunda sobre la educación superior en el Perú y América Latina. Existe, en general, una obsesión con buscar calcar espacios educativos del norte global en nuestra región, lo que algunos académicos han llamado la ‘harvarización’, y no solo mediante el uso de sus nombres, sino específicamente de sus estructuras y metas. Los burócratas educativos, rectores de universidades e incluso ministros suelen preguntarse: ¿cómo construimos un ‘MIT’ en Perú? ¿Qué universidad tiene potencial de ser la ‘Harvard’ de nuestro país? Y si bien estas interrogantes seguramente provienen de la búsqueda de un estándar de excelencia global, también pierden perspectiva con respecto a la realidad local. Me explico.

El investigador argentino Alejandro Piscitelli en una oportunidad me lo resumió así: “En América Latina estamos intentando crear nuestro propio Harvard, cuando en realidad Harvard está trabajando para dejar de ser Harvard”. La primera vez que le escuché este trabalenguas hace más de diez años, quedé un poco confundido. Pero Piscitelli se refería a que en las últimas décadas ha habido grandes cambios en la malla curricular y en las maneras de entender la investigación de este tipo de instituciones. Por ejemplo, desde las Humanidades y las Ciencias Sociales, las universidades del norte global han comenzado un proceso de desconstrucción para dejar de perpetuar un enfoque eurocentrista del saber. Ello ha llevado a la creación o expansión de programas que reconocen una lectura más multipolar de la realidad desde diversas tradiciones del saber: no solamente estudiar América Latina, África o Asia, sino también aprender de estos espacios y desus tradiciones de conocimiento. Asimismo, hay una mayor intención de conectar las ciencias con las artes y humanidades. Por otro lado, muchas de estas universidades son poseedoras de fondos de inversión, y por ello también se ha abierto una conversación sobre cómo este dinero se destina. Entre otras logísticas, estas universidades han ido adaptándose a las necesidades del mundo mediante la creación de centros de investigación climática, promoviendo un cuerpo estudiantil más diverso e internacional, y también reaccionando frente a una demanda por estudios que generen impacto social. A veces, desde afuera se puede pensar que este tipo de entidades ya encontraron su ‘fórmula’ de hacer las cosas y que nunca más la cambiarán. Pero en realidad la lista de cambios es grande: mientras en Perú las universidades privadas están muy enfocadas en los ránkings, en Estados Unidos varias universidades se están desafiliando de estos por descubrir que varios de ellos son muy arbitrarios, además de haberse denunciado casos de universidades que, al modificar detalles específicos de su administración (o incluso maquillando data), lograron escalar posiciones sin ofrecer necesariamente una mejor educación.

Yo sé que casi todo lo discutido en el anterior párrafo puede sonar a algo muy abstracto o lejano, pero si queremos mejorar la calidad de vida a largo plazo en el Perú, necesitamos mantener en nuestro horizonte el importante rol de la educación superior. Para esto es crucial plantearnos preguntas similares sobre las expectativas y rol de las universidades, tanto públicas como privadas, de acuerdo a nuestra realidad y presupuesto. Sin embargo, existe una continua batalla por el desmantelamiento de intentos por generar otros espacios y estándares mínimos de calidad. Recientemente la SUNEDU, entidad que se creó en 2014 para verificar la calidad educativa universitaria en Perú, desactivó su unidad de licenciamiento y fiscalización, todo esto gracias a una ley recientemente aprobada por el Congreso. Y habiendo casi nula fiscalización en la calidad de la educación, el Congreso también acaba de aprobar la creación de más universidades públicas sin explicar de dónde saldrá el presupuesto y qué estándares de enseñanza seguirán. A eso se suman algunas universidades privadas, varias sin licencia, que ven en este contexto la ocasión para expandir su oferta educativa de poca calidad. Si no exigimos un cambio de dirección, lo más cercano a una Oxford, UNAM o MITse encontrará mediante un vuelo fuera del país.

O en un letrero con nombre trucho.


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