La Odisea de Nolan


Comiendo canchita o leyéndolo en voz alta, el poema griego reafirma su vigencia 


Un viaje, el camino del héroe, uno de los textos fundacionales de la literatura occidental, todo eso evoca la épica de Homero que Christopher Nolan ha llevado a la pantalla con su versión de La Odisea. No seré yo quien se ponga a disertar sobre si la adaptación es fiel al material original, tampoco juzgaré si la traducción en la que se ha basado el cineasta británico —hecha por Emily Wilson— es más o menos cercana al original. No soy especialista en ello.

Lo que sí puedo afirmar con total seguridad es que la película es absolutamente espectacular. Sí, se trata de una lectura desde el presente, no existe otra manera de hacerlo. Se dice que es demasiado hollywoodense y, claro, Nolan es una de las figuras más importantes del mundo del cine comercial actual y, si bien ha buscado darle un giro al tiempo en sus películas, sobre todo en Memento, Inception, Interstellar y Tenet, recordemos que forma parte del panteón de los cómics con su trilogía de Batman.

Se dice también que después del éxito de Oppenheimer, Nolan cayó en cuenta de que su oportunidad de filmar esta película en una escala monumental finalmente había llegado. En parte, su Odisea es el cierre de su trilogía de películas antibelicistas, que inició con Dunkerque. La segunda, muy premiada, se inspiró en un libro que llevaba como subtítulo Prometeo Americano y que presentaba al físico estadounidense como émulo del titán que, sintiendo pena por los humanos, robó una chispa del fuego del monte Olimpo. Furioso, Zeus lo castigó atándolo a una roca, condenándolo a que un águila le comiera el hígado todas las noches. 

El mismo Nolan ha contado que su fascinación por el mundo griego se inició en la infancia, cuando vio una representación de Ulises atado al mástil luchando contra su deseo de ir detrás de las sirenas y ha compartido que esa imagen se le quedó grabada. Dijo, incluso, que al meterse de lleno en la historia y en la mitología griegas cayó en cuenta de que mucha de su filmografía se basaba en este canon. 

Porque si hay algo que nadie va a discutir es que La Odisea se ha mantenido vigente a través del tiempo. Las historias de los dioses vengativos que intervienen en las vidas de los hombres y los mitos que explicaban en la antigua Grecia nuestro lugar en el mundo han llegado hasta nuestros días de generación en generación. Cada sociedad ha reinterpretado estas narraciones volviendo a construirlas a su imagen y semejanza. Una de las que más llamó la atención en su momento fue la que hizo James Joyce, donde, en un solo día, Dublín es recorrida por el alter ego de Ulises, Leopold Bloom; el de su hijo Telémaco, Stephen Dedalus; y por el de Penélope, Molly Bloom.  En su momento causó tremendo revuelo y en el siglo que ha pasado desde que apareció se sigue considerando una de las piezas modernistas más audaces. 

Muy conocido es también el poema Ítaca de Constantino Cavafis, publicado por primera vez en 1911 y citado cada vez que alguien emprende un viaje de descubrimiento, pues comienza deseando al lector que el viaje sea largo y lleno de aventuras, y funciona como una metáfora de la vida misma.

Los filósofos estoicos ya consideraban a La Odisea como una gran metáfora del viaje interior y la búsqueda de uno mismo. Llegar a Ítaca era visto como alcanzar el conocimiento pleno, volver al interior tras un camino de incertidumbres. El viaje de Odiseo simboliza navegar sin certezas, tal como lo hacemos en la vida misma. Su capacidad de usar la astucia para sobrevivir es considerada superior al uso de la fuerza, ya que logra volver a casa engañando a los monstruos.

Algunos han criticado que la versión de Nolan presenta a un hombre a la deriva que no es tan astuto y a quien simplemente le suceden la cosas, que no se mueve por sus propias decisiones. En la película, Calypso —la ninfa hija del titán Atlas— retiene a Odiseo por siete años con un brebaje de flor de loto, mientras que en la versión original esa isla es otra y ella lo retiene en su lecho con pura seducción, hasta que él se cansa y decide regresar a casa. El Odiseo personificado por Matt Damon es más bonachón, y para algunos que el Telémaco de Tom Holland se refiera a él como daddy le quita algo de seriedad a la película. 

A mí no me molestan esos cambios, ni tampoco que Circe sea presentada como la hechicera que convierte a los hombres de Ulises en cerdos y no como en la versión donde tiene hijos con él. Samantha Morton interpreta su papel de manera impresionante. Eso mismo me parece que hace Anne Hathaway con Penélope, elevándola hacia mucho más que la mujer que espera tejiendo y destejiendo. Es ella quien mantiene viva la llama del hogar al que vuelve Odiseo y es ella quien lo reconoce. Tampoco tengo problema en que los dioses casi no aparezcan y que solo veamos a Zendaya como una versión muy terrestre de Atenas, acompañando al héroe en su travesía. O que el final sea diferente.

La cinta denuncia la inutilidad de la guerra, el costo de pelearla y la dificultad de volver al mismo lugar de donde partimos, y eso me gusta. Nolan la ha hecho con técnica analógica, usando el formato más grande posible, y ha sido un éxito en cines. La controversia sobre quiénes representan los papeles principales ha ayudado a su promoción gracias a la guerra cultural, y tal me parece un debate estéril. Se trata de una adaptación a la pantalla grande que está logrando que las nuevas generaciones disfruten de un texto antiguo. Bien por ello.

La Odisea siempre será para mí ese libro que, hace más de una década, les leía a mis hijos en una playa donde solo teníamos un lamparín y que cada noche iluminaba sus mentes lejos de las pantallas, acompañados del sonido del mar. Verla en el cine o leerla en voz alta son maneras distintas e igualmente válidas de seguir viajando en busca de Ítaca. 


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