Hilaria Supa, extranjera en Lima y Filadelfia 


Las consecuencias de no respetar la representatividad indígena en nuestra sociedad


Luego de un largo viaje desde la provincia de Anta —región Cusco, Perú— hasta la ciudad de Filadelfia, EE.UU., la excongresista quechua Hilaria Supa recibió entusiasmada un gran reconocimiento a su trabajo y a su apoyo a la salud mental y bienestar de mujeres indígenas en los Andes peruanos, en especial de aquellas que fueron afectadas por las políticas de esterilización masivas en la década de los 90, que conllevaron a diferentes juicios, los cuales reclaman que en ese proceso hubo miles de mujeres que participaron contra su voluntad.

Este premio, organizado por la facultad de Enfermería de la Universidad de Pensilvania y la Fundación Renfield, ayudará a financiar un servicio itinerante de salud mental, biomédica y medicina ancestral en 13 provincias y 114 distritos de la región Cusco. Esas son buenas noticias, ¿verdad? No obstante, tras la noticia llamaron mi atención varios comentarios negativos en internet que, en lugar de enfocarse en posibles diferencias políticas con Hilaria Supa, lo hacían en su identidad, e incluso en su existencia: algunos la consideraban un fraude por andar supuestamente ‘disfrazada’ con sus ropas tradicionales andinas, y otros indicaban que por ser quechuahablante debía ser una analfabeta, y que, justamente por ello, no debería tener visibilidad alguna. Era como si su sola presencia molestara.

Y entonces, me puse a pensar, ¿qué nos incomoda de Hilaria Supa? En un país que supuestamente se precia de su cultura diversa, nos fastidia un uso del quechua que no se atiene a lo folklórico, y que haga política en un idioma distinto al español, a pesar de ser también una lengua oficial según la Constitución. Peor aún, indigna que haga política no solo para su región o su comunidad, sino que haya tenido la ‘osadía’ de querer tener una voz como representante para todo el Perú cuando fue congresista. De pronto, recordé que hace casi veinte años, durante su época de congresista, algunos periódicos peruanos se burlaban de su escritura en español de una forma en que jamás lo harían con un alemán o un suizo. Recuerdo también que por entonces no eran pocos quienes se quejaban de que la congresista Supa hubiera solicitado una intérprete para hacer sus intervenciones parlamentarias en quechua, y que incluso una de sus entonces colegas congresistas, la lingüista Martha Hildebrandt, en lugar de apoyarla, justificó su maltrato de la siguiente manera: “No es porque sea indígena, si [ella] fuera una indígena graduada en Oxford yo no me opondría”. 

Habría que añadir que Supa, veinte años después, todavía nos conmociona porque no es una indígena desconocida; ella ha movilizado voces y ha puesto temas en la agenda nacional. Y aún hoy, eso sigue siendo una anomalía, del mismo modo que resultan incómodos y extraños nombres como los de María Sumire, Paulina Arpasi, entre otras líderesas indígenas que han participado en política nacional; y que, a pesar de su vigencia, nunca las vemos como invitadas en televisión nacional para comentar temas de coyuntura, como sí lo siguen haciendo otros políticos limeños que incluso tienen acusaciones de corrupción. 

La razón de fondo es evidente: aún no consideramos plenamente a las poblaciones que representan como sujetos de derechos. Y claro, son tan pocas las personas de su condición que llegan a tener reflectores y protagonismos, que aún proseguimos con la cantaleta de que su ropa es un disfraz, o con que sus lenguas son obstáculos para el diálogo, o que sus agendas políticas no deben ser parte de la conversación nacional.  Seguiremos así enfrascados en ver a las personas no limeñas, a las personas rurales y a las personas no hispanohablantes como entes anónimos o extranjeros indeseables en su propio país: que no nos sorprenda, entonces, ese voto impulsado por la rabia de las mayorías ninguneadas que desde la Lima capitalina se percibe como desestabilizador cada cinco años.


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3 comentarios

  1. Fernando

    Cecilia Villegas publicó un libro que demostró que las esterilizaciones sin consentimiento existieron durante las décadas de los ochenta, noventa y 2000, en gobiernos de Alan, Fujimori, Paniagua y Alejandro Toledo, pero que no constituyeron una política pública en ningún caso, que no son 300,000 mujeres esterilizadas y que Fujimori no estableció tal política. En este último caso, el Poder Judicial ha archivado la denuncia como 15 veces por falta de sustento y pruebas, sin embargo, este temita siempre lo saca la izquierda sobre todo en elecciones. Debería pronunciarse el TC para que ningún juez admita a trámite una denuncia de este tipo (con el sobrecosto judicial y económico para todos los peruanos) bajo sanción de suspensión y denuncia por prevaricato.

  2. Álvaro M

    Hilaria Supa es una de las piezas más claves de la política actual para que la opinión pública y el Estado se pueda acercar debidamente a uno de los sectores de la población que constantemente es olvidado y ninguneado. Es crucial en el cambio más necesario del Perú actual. Ojalá no recaiga todo el peso en ella, y sepamos darle validez a las/os muchas/os Hilarias que hay en el país.

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