Tupay de ideas sobre el polémico conversatorio «Futurismo andino» de la Casa de la Literatura Peruana

Jorge Alejandro Ccoyllurpuma (Cusco, Perú) es poeta, traductor y facilitador intercultural Sur-Sur. Dirige Chiri Uchu TXT, empresa dedicada a la traducción literaria e idiomas originarios. Su obra explora la memoria, el cuerpo y la pertenencia desde una mirada andina contemporánea. Pronto debutará en inglés en Sudáfrica con el poemario The Blue Sky Sword of Your Body.
A veces nos enfrentamos a ideas que despiertan en nosotros las ganas de conflicto, que no son más que las ganas de avanzar en el encuentro con el otro. En quechua, el encuentro con el otro se produce a través del tinkuy, para fluir por el mismo cauce, o del tupay, para colisionar, no con el objetivo de destruirse, sino para tomar un nuevo impulso e ir, ambos, hacia adelante.
Por ello, con la intención de robustecer en comunidad nuestras ideas a través del tupay, quiero expresarme sobre el reciente conversatorio «Futurismo andino», llevado a cabo en la Casa de la Literatura Peruana en el marco de la exposición «Vanguardias del sur: Idea, arte y polémica desde los Andes», un homenaje a los cien años del grupo literario Orkopata y su revista Boletín Titikaka.
Sobre el futurismo andino
Reconozco en el Perú, desde tiempos remotos, el uso de una estética rupturista y alucinada como medio para transformar la realidad y sobrevivir en escenarios poco favorecedores. Ante un territorio feroz, se despliega una red de caminos que sigue la poética de la naturaleza para interconectar pueblos alejados. Ante un clima caprichoso, se construyen sistemas agrícolas escalonados que cuelgan de las montañas y proveen diversidad de alimentos. Ante estructuras sociales de despojo e incomprensión, se organizan fiestas comunales donde las personas bailan con alas sobre la cabeza o transformadas en osos para resolver traumas, curar heridas y dinamizar la economía local.
Esa energía experimental también brota en obras musicales, literarias y cinematográficas, en las que las maneras de entender la realidad desde los Andes encuentran su expresión en la reapropiación creativa de las tecnologías y los instrumentos impuestos, desafiando con ello el statu quo del discurso dominante.
Hace cien años, en un Puno mucho más conectado con Buenos Aires y Montevideo que con Lima, un grupo de escritores liderado por Gamaliel Churata se propuso repensar nuestro territorio continental a través de un proyecto de raíces milenarias que se oponía tanto a la matriz colonial de poder como a los nacionalismos obtusos, reinvindicando la cosmovisión andina como inspiración para los experimentos formales más rupturistas de su literatura.
De todo esto bebe el futurismo andino, una corriente artística multidisciplinaria que viene desarrollándose en diferentes partes de Latinoamérica y que busca imaginar futuros posibles desde lógicas indígenas/andinas y así tomar distancia del proyecto civilizatorio eurocéntrico. Una propuesta semejante a las que ocurren desde hace un par de décadas en otros territorios con traumas poscoloniales: el afrofuturismo en la diáspora africana, los indigenous futurisms de los pueblos indígenas de Estados Unidos y Canadá, y el pasifika futurism de los pueblos originarios de Oceanía.
Se trata, a mi entender, de una respuesta colectiva y de época (1930-2030) de varias nacionalidades indígenas ante el colapso de la institucionalidad impuesta por la colonización.
Ideas sometidas al tupay
Durante el conversatorio, en reiteradas ocasiones se mencionó que el artista multidisciplinario Alan Poma era el creador del futurismo andino debido a que publicó, en 2019, un manifiesto basado en las metodologías de los futuristas rusos. La idea me resulta problemática, pues atribuye una autoría individual a un fenómeno comunitario; en especial, cuando en el conversatorio no se mencionó a los otros futurismos andinos que se han desarrollado en paralelo a (y no como resultado de) la propuesta de Poma, como es el caso del trabajo de Rocío Quispe-Agnoli o el Manifiesto Futurista Andino de A. G., D. S., J. M., publicado entre Venezuela, Colombia y Ecuador.
Frente a tal panorama, considero una solución llamar a este fenómeno colectivo como futurismos andinos o, de ser posible, futurismos andinos y amazónicos, sin perder de vista lo que ocurre con otros futurismos indígenas alrededor del mundo y entendiendo estos procesos en su colectividad. Queda trabajar para, primero, poner en conversación los futurismos andinos de Latinoamerica, y, luego, intercambiar experiencias con los otros futurismos indígenas del mundo.
Por otra parte, también me resulta problemático que se haya mostrado el trabajo de los poetas Pumita Andino Cazador (Huancayo) y Agustín Guambo (Quito), entre otros, bajo la categoría de «lo que vino después» del manifiesto de Poma. Aquello tergiversa los procesos de estos artistas andinos al mostrarlos como consecuencia indirecta del manifiesto, cuando en realidad (1) tanto Pumita como Agustín son incubadores de sus propios futurismos andinos locales a través de grupos de WhastApp, publicaciones editoriales y gestión cultural, (2) ellos no concuerdan totalmente con el manifiesto de Alan Poma y (3) sus propuestas artísticas e ideológicas se han venido desarrollando mucho antes del 2019 (por ejemplo, el libro de Agustín Guambo, Primavera Nuclear Andina, es de 2017).
La poeta apurimeña Lourdes Aparición problematizó en sus redes sociales el riesgo que Poma corre al simplificar lo andino desde una perspectiva de privilegio (como hombre limeño y vinculado a la academia de Estados Unidos) que se centra en la parte estética/conceptual y no considera del todo los procesos de violencia, despojo y apropiación que pueblos concretos han vivido.
Quisiera mencionar que reconozco un proceso colectivo de reindigenización que viene ocurriendo en distintos territorios. Cada vez más citadinos sienten el rugido de sus ancestros y muchas veces no saben cómo direccionarlos. En ese sentido, prefiero ser comprensivo con los procesos, no solo de Alan Poma, sino también de Cindy Ramírez, la otra panelista del conversatorio, quien hizo afirmaciones como «yo no soy indígena porque ahorita estoy en la Casa de la Literatura hablándoles y no estoy con mi tía en la faena construyendo el camino que se acaba de caer por un huayco». Esa y otras ideas que compartió en el conversatorio perennizan «jerarquías coloniales» (en términos del poeta Agustín Guambo) sobre una identidad que, como toda identidad, es fluida y cambiante. En su imaginario, lo indígena parece condenado a un espacio/tiempo muy específico que se encuentra lejos de ella, aunque considere a su madre indígena y ella entienda la lengua híbrida del quechuañol.
Veredicto final
Le pongamos el nombre que le pongamos, estamos observando el cambio de una era. Haya uno o dos o tres manifiestos, el impulso es el mismo: hacerle justicia a los ancestros indígenas de nuestros territorios y a la propia Madre Tierra liberando nuestras fantasías a través del arte para así convertirlas en futuros posibles.
Hasta ahora, los futurismos andinos y amazónicos del siglo XXI están en deuda con sus familiares del Grupo Orkopata. A través de los miembros oficiales de estos movimientos (Alan Poma, Pumita Cazador Andino, Rocío Quispe-Agnoli, Agustín Guambo, Julia Alpaca y muchxs otrxs), viene apareciendo un corpus que oscila entre la experimentación con la música, la poesía y la ciencia ficción indígena. Pero, como se dice en quechua, karuraqmi puririna: queda mucho por andar. Noto que la hibridación de estas propuestas suele tener la dirección ciudad-campo. Considero, personalmente, que, cuando la hibridación de estos futurismos andinos vaya aun más en dirección campo-ciudad, el ciclo se completará y obras más disruptivas irán apareciendo. Además, estos futurisimos andinos son espacios mayoritariamente en español y generalmente citadinos. La poca presencia del quechua y otros idiomas originarios es un síntoma que debería llamarnos la atención.
Entre los miembros no adheridos a los futurismos andinos, se están saldando aquellas cuentas. Ya he hablado varias veces sobre Lenin Tamayo, quien viene haciendo realidad un futuro en el que el quechua puede ser coreado en países asiáticos. Me gustaría mencionar también a Marco Panatonic, que está transformando las narrativas y técnicas cinematográficas desde una perspectiva andino-vanguardista en quechua. Y, con la intención de empujar los límites conceptuales, quisiera mencionar al Club de Caminantes del Cusco, cuyo trabajo es, a la vez, cultura viva comunitaria y poderoso motor de reindigenización. Semana a semana, a través de caminatas lúdicas, redescubren la filosofía que guardan los caminos del Qhapaq Ñan, reactivan las wakas sagradas a través de música andina y poesía, y fortalecen tradiciones comunitarias como la qoqawa, en la que todos comparten los alimentos que han traído. Considero que aprender a leer el khipu de caminos desplegados sobre el Tawantinsuyu creando comunidad y discusión es un acto inherentemente futurista andino.
Es así, pues, que estamos avanzando, juntos sin darnos cuenta, hasta apretados, en tupay o en tinkuy. A veces, rockeando el huayno, pero generalmente huayneando el rock, porque, al contrario de lo que muchos piensan, una nueva victoria está a la vuelta de la esquina.
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Falta mucho pan por rebanar.
Me quedo con esa idea porque no es tema simple .
Las culturas que en un momento fueron impuestas en nuestro Peru y en todos los paises que sufrieron las colonizaciones van decantando y transformándose. Lo importante es que no se denigre a quienes nacieron y vivieron en sus pueblos » citadinos» como si fueran lacras.
Me parece muy ese movimiento y ese esfuerzo sobre lo andino u originario que ya tiene cabida en la literatura y artes.
He leído el artículo, y si bien es bonito leer que por lo menos las palabras «Futurismo Andino y Selvático» ya se dicen con fluidez en los debates literarios y hasta mesas se van abriendo, sigo pensando en la mirada gentrificadora y purista del tema.
Uno de los problemas que tuvimos con el grupo Minotauro acá en Arequipa en el año 2000 hasta 2005 que se mantuvo activo fue siempre esa mirada sagrada hacia una cosmogonía andina o selvática que no podía traspasar el velo de la leyenda o mito. Nada podía agregarse porque se le quitaba la pureza a los recursos narrativos que transformaran su lectura más allá de la herencia local. Incluso el mismo discurso de que «solo un puro podía hablar de eso» se manifestaba como hoy también entreleo en artículos de este tipo. Felizmente eso nunca nos detuvo.
También pertenecí al grupo Kosmogonía que hemos sacado 4 libros dedicados al fantástico y ciencia ficción desde Perú, y yo mismo edité para editorial Pandemonium una compilación llamada «Arequipa Futura» y mi libro «El Ekeko y los deseos imposibles» (Aletheya 2019) es una muestra completa del trabajo de años dedicado al weird y futurismo desde Perú, con cosmogonía andina y selvática presente. (Por favor, Arequipa es costa y sierra), y los esfuerzos del grupo Qhipa Pacha con dos libros: «Qhipa Pacha» e «Hipernatura» muestran que no es de ahora el tema sino que tiene una formación no solo narrativa y de su propio corpus sino en investigación que ya llegó a los Estados Unidos gracias al trabajo de Rocío Quispe-Agnoli.
Por el otro lado, la gentrificación que se hace actualmente va por el lado de que se habla del tema, se apropian los conceptos, se investigan las cualidades de esta narrativa irruptiva y novedosa (cuando en el país desde hace décadas se escribe de ciencia ficción con raíces peruanas) pero no se escribe como tal, solo se señala. Y ahí viene el purismo: que los que deberán escribir deberán hacerlo en idioma original o no. Qué cansado escuchar siempre el discurso paternalista sobre eso.
¿Quién decide qué es «auténticamente andino»? Es medio absurdo que desde la academia se esté creando una especie de certificadora de pureza indígena. Eso de exigir que para ser «legítimamente andino» se debe escribir en quechua es purismo lingüístico puro y duro. ¿Qué pasa con el español andino? ¿Qué pasa con las comunidades que han sido hispanohablantes por generaciones? Es como decir que no son lo suficientemente indígenas si no cumplen con ciertos requisitos idiomáticos.
Y luego está esa romantización del «campo vs ciudad» que es típicamente colonial: como si lo urbano contaminara lo indígena. Hay comunidades indígenas urbanas que llevan generaciones en las ciudades y son igual de legítimas. Esa idea de que la autenticidad viene del campo es puro fetiche académico.
Arguedas siempre lo dijo: soy un ser de dos mundos, porque el peruano en general lo es, incluso de tres o cuatro. Conviven en nosotros experiencias andinas tan corrientes como el comprarle un huayruro al bebé para que no lo ojeen o que te digan tu nombre en la cabeza cuando te asustas, como la más capitalista de las tecnologías que es la IA para preguntarle sobre si las líneas de Nazca eran para avisar a los aliens que estábamos aquí.
Lo más paradójico es que estos análisis reproducen exactamente los mecanismos coloniales que supuestamente critican: establecen jerarquías de legitimidad, crean cánones de pureza cultural, y terminan hablando SOBRE las comunidades en lugar de DESDE ellas. Convertir movimientos culturales populares en productos académicos con sus propios gatekeepers intelectuales es gentrificación cultural lisa y llana.
Al final, cada expresión cultural tiene derecho a existir sin que le pongan etiquetas de pureza desde afuera. El futurismo andino debería ser lo que surge de las comunidades, no lo que la academia define que debe ser.
Pero bueno, por lo menos ya no estamos debajo de una roca. Que se hable del tema, que se debata, que se generen conversaciones, es mejor que el silencio. El tupay que mencionan puede ser productivo si no se convierte en imposición de criterios únicos de autenticidad.
Creo que leíste otro texto, estimado Sarko. Si así escribes tus comentarios, como estarán tus libros.
Réplica de Alan Poma a Jorge Alejandro Ccoyllurpuma
Agradezco la oportunidad de entablar este tupay (colisión) de ideas. Como bien se menciona, el encuentro con el otro no busca la destrucción, sino un nuevo impulso para ir hacia adelante. En ese espíritu, quisiera precisar algunos puntos sobre el conversatorio en la Casa de la Literatura.
Quisiera aclarar algunos malentendidos que se dieron bajo mi responsabilidad, por no haber explicado bien ciertos temas en la charla. En primer lugar, no creo ser el creador ni mucho menos el “dueño” del Futurismo Andino. Para el 2019, año en que salió publicado el Manifiesto Futurista Andino ya había artistas trabajando en temas relacionados con la temporalidad andina al menos desde los años noventa.
Lo que sí puedo decir es que en un momento articulé una idea a través de esas dos palabras con el deseo de imaginar e inventar futuros andinos, teniendo en cuenta que, para muchas personas en Lima, la palabra “andino” estaba asociada al pasado, al atraso y a la tradición, como parte de una educación oficial bastante marcada por una visión eurocéntrica. Mi respuesta tomó la forma del Manifiesto Futurista Andino como un intento de crear un marco conceptual abierto desde el cual articular esos futuros.
Tampoco estoy seguro de que el Futurismo Andino deba entenderse como un “movimiento”, o al menos no creo ser yo quien deba otorgarle esa categoría. Más bien veo que hay muchos artistas que dialogan con la idea, la transforman, la adaptan o llegan a ella desde otros lugares que no necesariamente pasan por el manifiesto. El que hablemos de futurismos andinos en plural lo confirma.
De alguna manera, lo que intenta hacer el libro Pliegues del Futurismo Andino, editado por José R. Luna Valencia y Daniel Galeas Sarzosa ambos de «Kitu»/Ecuador en la editorial Kikuyo, es articular esos distintos futurismos andinos. Mi participación en este libro tan especial fue solo un artículo entre los de muchos otros autores. De la misma manera, es evidente que distintas personas y colectivos han desarrollado sus propias aproximaciones al futuro andino antes y después del manifiesto.
El Manifiesto Futurista Andino no nació en un aula universitaria ni en la comodidad de la academia; surgió de una práctica artística desarrollada junto a una comunidad de artistas que formaron parte del elenco de La Victoria sobre el Sol.
Mi acercamiento a la cultura andina es anterior al trabajo que he desarrollado en los últimos años con colectivos de Huancayo. Antes de la publicación del Manifiesto Futurista Andino, mi relación con estas problemáticas estuvo marcada por un proceso de investigación artística que se extendió durante más de ocho años.
Ese proceso tomó forma, entre otras experiencias, en la ópera experimental La Victoria sobre el Sol, desarrollada junto a una comunidad de artistas de distintos contextos, no solo limeños. En ese marco pude aproximarme a la dimensión material e inmaterial de las culturas andinas, tanto a partir del estudio de restos arqueológicos como del diálogo con la filosofía de Gamaliel Churata.
Paralelamente, sostuve intercambios con artistas vinculados a tradiciones musicales andinas, entre ellos la cantante puneña Edith Ramos, con quien comenzamos a explorar tempranamente algunas de las ideas que más tarde se articularían en torno al Futurismo Andino.
Esos mismos valores son los que han guiado mi acercamiento a la tradición andina, especialmente en los últimos cinco años de labor compartida con artistas y colectivos de Huancayo. Mi propuesta no es un ejercicio teórico distante; es una experiencia colaborativa. Un ejemplo concreto es el diálogo sostenido con el colectivo huancaíno Lxs Demonixs del Ande, con quienes hemos explorado lo que ellos mismos definen como un Futurismo Andino propio influenciado por la cultura del sur peruano. Mi trabajo no busca imponer una categoría, sino acompañar procesos que ya están ocurriendo en el territorio.
Por otro lado, quisiera precisar el uso del quechua por parte de los artistas de Lxs Demonixs del Ande. En las presentaciones realizadas junto a ellos se ha utilizado el idioma quechua. Tanto Pumita Andino Cazador como, en mayor medida, la poeta y artista huancavelicana Alejandra Quinto trabajan con esta lengua; de hecho, Quinto cuenta con varios poemas escritos en quechua.
Soy consciente de que, para una gran mayoría de nuestros países, las personas no tienen la oportunidad de pensar en el futuro. También soy consciente de ese privilegio, de la suerte que he tenido de acceder a la educación, de viajar y de alguna forma tener la visibilidad que otros no.
Mi acercamiento a espacios institucionales o académicos siempre ha sido desde esa contradicción: reconozco que hablo desde un lugar de privilegio, pero lo hago con plena conciencia de los procesos de violencia, racismo y segregación que ocurren, precisamente, en estos entornos.
En ese sentido, agradezco a los gestores y organizadores de espacios institucionales o académicos que nos abren las puertas; soy consciente de que muchos de ellos comparten esta misma lectura crítica, pero se ven limitados para expresarla públicamente debido a su rol como funcionarios dentro de esas estructuras de poder. Mi intención no es validar la institución, sino ocupar esos espacios para poner en cuestión sus propias lógicas
El Manifiesto es solo una de las tantas expresiones que han surgido y seguirán surgiendo en la región andina para imaginar el futuro
Así mismo quisiera plantear que la charla en la que participé junto a la artista Cindy Ramírez como el que escribe se hace en el contexto de “Vanguardias del sur, idea, arte y polémica desde los Andes” Con motivo del centenario del grupo Orkopata. Rodrigo Vera, el organizador nos pidió amablemente a ambos que relacionáramos nuestras intervenciones con la exposición.
Quiero además precisar que Pumita Andino Cazador, miembro de Lxs Demonixs del Ande, se encontraba originalmente invitado al conversatorio, pero por motivos de fuerza mayor no pudo asistir
En la década de 1930, las categorías de “indio” e “indígena” se encontraban en el centro de una violenta disputa política. Las sublevaciones de comunidades quechuas y aymaras contra el sistema de haciendas fueron respondidas con una represión militar asesina por parte del gobierno de Sánchez Cerro.
Como correlato de esta violencia estatal, la literatura oficial del Perú optó por la exclusión sistemática de las lenguas originarias dentro de su canon. El propio Churata, a su retorno a Lima en los años 60, fue humillado en los círculos literarios y políticos, siendo borrado durante décadas de la historia oficial de la literatura peruana.
La presentación de Cindy respondía a ese contexto a partir de su tradición familiar en comunidades altoandinas. Asimismo, en la charla quedó claro que la obra de Ramírez se sostiene en un trabajo comunitario y familiar, alejándose de cualquier lógica individualista.
En ese sentido, creo que se ha dado una tergiversación de lo que ella expresó en la conferencia; su discurso no buscaba marcar una distancia elitista, sino señalar las tensiones de una identidad “indígena” que existe y resiste en espacios de arte contemporáneo.
Por otro lado, quisiera hacer una aclaración respecto al malentendido generado por el uso de la palabra “indio” durante mi intervención. Como señalé en la charla, en el contexto del grupo Orkopata este término era objeto de una resemantización. Es decir, la palabra “indio” podía ser utilizada como un símbolo de orgullo y afirmación cultural, aunque siempre atravesado por una conciencia de la violencia histórica y la segregación que han marcado esa identidad.
Aun así, reconozco que durante mi intervención me dejé llevar por una emoción mal canalizada y por una explicación insuficiente de la relación entre ese “indio” y lo “genésico” dentro del concepto de “realismo psíquico” en la filosofía de Gamaliel Churata tema estudiado ampliamente por el autor e investigador boliviano Aldo Medinaceli.
Al ser mencionadas de manera superficial, estas ideas pudieron confundirse con un esencialismo que ignora los procesos de violencia histórica y territorial. Mi perspectiva no es, ni puede ser, ciega ante esa violencia, documentada desde los dibujos de Felipe Guamán Poma de Ayala sobre los abusos de los corregidores hasta las estructuras de poder que aún perduran en nuestros días.
Es posible que el Futurismo Andino siga reinterpretándose en el futuro, que una estrella de pop andino sea vista como futurista andino o incluso que el término cambie de nombre, como sugiere el “anti futurismo”. El Futurismo Andino no tiene duenio.