El tío Alfredo


A veces un escritor te explica quién es tu padre


A mi papá nunca lo vi reírse demasiado. No era un hombre precisamente jovial y una pizca algo irascible de su carácter le imprimía un malhumor a sus días, algo que con el tiempo aprendí a manejar. Pero cuando era niña me daba mucho miedo. Por eso, cuando lo veía radiante, me intrigaba. Me daba mucha curiosidad saber qué o quién lo ponía de tan buen humor y me devolvía a un papá que podía ser encantador si se lo proponía. Una de esas personas era Alfredo Bryce.  Y no me refiero al escritor y sus novelas, que ya de por sí era capaz de arrancarle una carcajada a un oso perezoso, si no a la persona, al amigo. 

Alfredo estudió con mi padre los últimos años de secundaria. No se trataba de un compañero de carpeta más, sino de un hermano, de una especie de cómplice con el que se vería toda la vida. Como le ocurrió a muchos chicos de clase alta, medio tarambanas y flojones en los estudios, Alfredo y mi padre fueron enviados a estudiar al colegio San Pablo, un internado inglés en Chosica, en el que convivían de lunes a sábado y aprendían a ser familia. Siempre pensé que había un rasgo de abandono en su condición, un sentimiento de indefensión que unió a esos mocosos en una relación peculiar, entrañable. Años después, Alfredo y sus compañeros del San Pablo se veían cada vez que él llegaba de París, y los encuentros, cargados de carcajadas, transcurrían alrededor de Bryce que, sentado con las piernas cruzadas, las manos reposadas sobre las rodillas y la mirada imperturbable, contaba mil anécdotas en las que la realidad se fusionaba con la ficción sin que a nadie le importara discernirlas. 

Gracias a esos encuentros, a esos interminables almuerzos que este grupo de amigos disfrutaba tanto, entendí que mi padre no siempre había sido ese señor gritón que habitaba mis días, sino que también  había tenido infancia. Supe que había sido un dolor de cabeza para sus padres, que, para tratar de disciplinarlo, lo mandaron a estudiar lo más lejos posible. Me enteré de que todos los sábados en la mañana, los chicos del San Pablo tomaban el tren Chosica-Lima para ir a sus casas donde a veces no los esperaba nadie, porque, como los padres de Julius, los suyos siempre estaban en un cóctel o algún evento social que absorbía toda su atención.  Y también que sus domingos estaban cargados de ansiedad porque al día siguiente volverían en el mismo tren, al mismo colegio que los mantenía alejados de su familia.

A diferencia de muchos, yo no empecé a leer a Bryce porque fuera un magnífico escritor o porque estaba de moda: yo lo leía desde muy niña tratando de encontrar entre su páginas las claves, los datos, las señales que me explicaran por qué mi papá se reía poco. Alfredo decía que escribía para que la vida no le doliera, para ponerle creatividad y humor a las viejas heridas; pero, sobre todo, insistía, en que escribía para que lo quisieran.  

En Un mundo para Julius, en Tantas veces Pedro, en La vida exagerada de Martín Romañay, sobre todo, en No me esperen en abril, ese hermoso libro dedicado a sus amigos del colegio, pude encontrar en las heridas de Alfredo las de mi padre; y pude entender que él nunca encontró las palabras para reírse de eso que le dolía, pero que gracias al genio del amigo entrañable, al talento del escritor de la promo, pudo exorcizar sus propios dolores.

Mi padre falleció dos años antes que Alfredo, y de todas los recuerdos que tengo de él, de los buenos y los malos, siempre me quedo con sus carcajadas y su cara de felicidad, cuando Alfredo estaba en casa. 


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1 comentario

  1. Silvia

    Qué pluma Patricia, sincera y humana, difícil de igualar

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