Del bajo costo al malbarateo


Un Estado cuya brújula apunta a ahorrar en todo termina siendo mediocre


Alvaro Gálvez Pasco es politólogo por la PUCP, magíster en Administración Pública por la Universidad de Syracuse, NY (EE.UU.) y en Antropología y Desarrollo por la LSE (Reino Unido). Investigador principal del Instituto de Estudios Peruanos (IEP), se especializa en estudios del Estado, las políticas públicas, la gobernanza territorial y el desarrollo. Su trabajo combina enfoques críticos desde las ciencias sociales con una trayectoria práctica acumulada como funcionario público en cargos directivos y como gestor de proyectos de innovación social y cooperación internacional, articulando reflexión académica con acción directa en el territorio.


Hace dos semanas, Roxana Barrantes publicó en esta plataforma una reseña sobre mi reciente libroEl Estado low-cost. Se lo agradezco y, en lo esencial, no discrepo. Que el Estado peruano es mediocre —como lo plantea ella— o que produce sistemáticamente servicios precarios —como propongo en el libro— es un diagnóstico difícil de errar. Coincidiendo con el diagnóstico, entonces, la pregunta que busco responder con el libro es: ¿por qué es así? Para ello utilizo la metáfora del “Estadolow-cost”, y con ella no me estoy refiriendo al resultado del funcionamiento estatal, sino a su lógica de operación: el Estado peruano opera de forma permanente bajo la lógica de gastar lo mínimo posible, de ahorrar en todo, de reducir costos como principio organizador. Esa lógica, aplicada de manera sostenida, conduce inevitablemente a un Estado débil, atrapado en un ciclo que produce precariedad e informalidad, y a la vez refuerza su propia fragilidad. Dicho de forma más simple —y retomando las palabras de Barrantes— es una lógica que lo lleva a ser mediocre.

Reconozco, como sugiere la reseña, que la metáfora no es perfecta, pues el modelo de negocio de las aerolíneas low-cost es funcional. El Estado, en cambio, no puede operar con la lógica de una empresa, porque su finalidad no es maximizar ganancias monetarias, sino asegurar bienestar colectivo. Cuando se adopta la lógica del ahorro a toda costa en lo público, no hay un consumidor final con la capacidad de definir hasta dónde puede llegar ese ahorro, es decir, hasta qué punto está dispuesto a aceptar un peor servicio antes de optar por la competencia. Sin ese límite, ese ahorro se lleva al extremo y lo que se genera no es mayor eficiencia, sino malbarateo. Se produce un Estado disfuncional que termina siendo, en la práctica, aún más ineficiente.

Valga aclarar que esto no significa que la solución sea simplemente gastar más —ya sea ampliando servicios o incrementando remuneraciones sin exigir a cambio profesionalización y meritocracia—. Tampoco pasa por repetir el mantra de algunostecnócratas noventeros de que “hay que gastar más eficientemente”, aunque nunca expliquen qué significa ser eficiente y, en la práctica, esto solo lleve a hacer más procurando gastar lo menos, reproduciendo así la misma lógica low-cost. Salir del Estado low-cost pasa, más bien, por exigir la excelencia y la calidad: en lo que se adquiere, en cómo se gestiona, y en las personas que se contratan. Es decir, exigir siempre lo mejor —aunque cueste un poco más— para dejar atrás la mediocridad. La desafección de los peruanos con el Estado ha alcanzado niveles tan altos que hemos naturalizado el malbarateo del sector público. 

Lo anterior me lleva a discrepar en un punto: el de la cobertura. Es cierto que aún persisten brechas profundas, sobre todo en zonas rurales, amazónicas y periféricas. Pero también existen avances importantes que se han dado en las últimas décadas en cuanto a la cobertura de servicios públicos. De hecho, tengo una lectura distinta del texto que cita Barrantes de Trivelli y Gil —quizás una del tipo del vaso medio lleno—, pues más bien ellos señalan estos avances, pero cuestionan que esa ampliación no haya sido suficiente para construir una república de ciudadanos más igualitaria. Y creo que esa es la pregunta que debería interpelarnos: ¿por qué, a pesar de que hay más servicios, la relación entre Estado y sociedad sigue deteriorándose?

El Informe de Desarrollo Humano del PNUD 2025, por ejemplo, muestra que tanto el Índice de Densidad Estatal como el Índice de Desarrollo Humano vienen aumentando en la mayor parte del territorio y, por lo general, guardan relación entre sí: a mayor presencia estatal, mayor desarrollo. Solo en algunos territorios con fuerte presencia de economías ilegales se observa un desarrollo humano que convive con menor densidad estatal, revelando tensiones aún más profundas. Sin embargo, a pesar de estas tendencias, los niveles de confianza en el Estado y en sus instituciones siguen entre los más bajos de la región. Si bien creo que esa desconexión tiene raíces principalmente sociopolíticas, la deficiente calidad de los servicios públicos y la debilidad del sector público sí contribuyen, al menos en parte, a esa relación rota entre Estado y ciudadanía. Algo de eso discuto hacia el final del libro, esperando que el debate no termine en estas líneas.


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1 comentario

  1. Juan FLORES

    Excelente Alvaro. Visión compartida, un bien escaso.

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