Una foto hecha meme nos recuerda las ausencias que persisten
No sé ustedes, pero los memes a veces me funcionan como curiosas maneras de procesar eventos reales. En 2023, la actriz Kristen Bell publicó en sus redes sociales una fotografía aparentemente normal: una cena que ella había organizado junto a varias celebridades de Hollywood. La imagen se viralizó rápidamente, no solo por el brillo de las estrellas, sino también por la ausencia evidente de diversidad, ya que los participantes eran personas blancas. A las pocas horas, la foto empezó a circular como meme: se utilizaba para ironizar sobre grupos directivos en empresas, facultades universitarias o programas académicos que dicen trabajar temas de inclusión, pero cuyos miembros eran, en la práctica, un grupo homogéneo y mayoritariamente blanco.
En ese momento, algunos usuarios emplearon la foto para burlarse de diferentes contextos. La broma se repetía: se compartía la imagen de Kristen Bell acompañada de textos como “Facultad de Estudios Afroamericanos en tal universidad” o “la portada de una revista de sociales en Perú”, “el equipo de una agencia de publicidad limeña”.
Lo que parecía una sátira pasajera se ha transformado en una herramienta crítica. Hace apenas unos días, un episodio similar volvió a circular en redes peruanas: una conferencia sobre perspectivas indígenas organizada por una universidad peruana fue retratada en una foto que, según algunos, recordaba a aquella cena de 2023. En Instagram, una página satírica compartió la imagen con el título “Blancos hablando de perspectivas indígenas”. Quien les escribe, investiga temas de pueblos originarios, y por eso no puedo dejar de pensar que este tipo de memes, aunque humorísticos, ofrecen una oportunidad para reflexionar sobre una realidad más profunda: la brecha persistente en la representación en espacios de autoridad y conocimiento.
El hecho de que especialistas no indígenas —mestizos, blancos, extranjeros— dominen las conversaciones sobre pueblos originarios no es casualidad: responde a una herencia colonial que determinó quién podía acceder a la educación formal, quién tenía derecho a escribir la historia, quién podía ser considerado “intelectual” o “académico”. Esa lógica aún persiste. Y sí, los saberes indígenas tienen mucho que aportar al presente: desde propuestas para enfrentar el cambio climático hasta experiencias de innovación comunitaria, de derechos humanos y, por supuesto, su rica historia milenaria. Pero cuando se separa ese conocimiento de las comunidades que lo generan, se corre el riesgo de convertirlo en mercancía cultural: un insumo que se “consume” en congresos o publicaciones, pero que no empodera a las poblaciones originarias.
En varias oportunidades, intelectuales como Silvia Rivera Cusicanqui han señalado que la teoría sin práctica es puro discurso. Lo indígena no puede ser reducido a teoría académica, ni a simple objeto de estudio: también se expresa en la experiencia situada, en la oralidad y en la práctica diaria. Tal vez esas voces no siempre se ajusten a los estándares académicos de una tesis doctoral, pero eso no les quita validez ni relevancia para las conversaciones sobre indigeneidad.
Ahora bien, tampoco se trata de reducir todo a una crítica punitiva. En estos tiempos de cancelación —o de funa, como dicen ahora los jóvenes en Perú—, es fácil caer en el señalamiento inmediato. Si vamos al meme del momento pienso que, por ejemplo, dentro de la PUCP —la universidad aludida en el meme—existen esfuerzos concretos por abrir espacios: profesores como Virginia Zavala, Ana María Molina, Pedro Favarón o Roberto Zariquiey han organizado encuentros con educadores indígenas, gestionado fondos y becas para estudiantes originarios, y promovido la circulación de esas perspectivas en la vida académica.
Esos son avances que se deben reforzar, mientras se mantiene un necesario llamado de atención. Al mismo tiempo, es un trabajo que todavía encuentra resistencia dentro de la misma academia: desde mi experiencia, en más de una ocasión nos han criticado que al invitar personas sin “credenciales formales” a la universidad se le estaba “bajando el nivel” de la discusión académica. Hay que señalar sin rodeos que eso es racismo. En 2025 no podemos seguir pensando que la excelencia académica se mide solo en títulos y publicaciones, sino que esta se manifiesta en diferentes formatos. Y, por supuesto, en el proceso se generan tensiones con las mismas comunidades indígenas, que con justa razón pueden sentir desconfianza hacia la academia.
Las fotos de cenas exclusivas, de conferencias homogéneas, de elencos poco diversos, nos hacen reír porque muestran lo absurdo. El desafío real es transformar ese absurdo en un llamado a la acción: abrir y compartir los espacios, y reconocer que el conocimiento indígena no necesita “traducción” académica para ser valioso. Solo así, en universidades, centros de liderazgo y espacios de poder, podremos dejar de parecernos a un meme y empezar a reflejar la diversidad real que nos constituye.
Y antes de terminar este texto, quiero dejar una breve lista de voces indígenas del Perú que merecen ser más escuchadas: Chonon Bensho, Olinda Silvano, Tarcila Rivera, Tania Pariona Tarqui, Renzo Aroni y Marielena Huambachano .
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