En agosto nos vemos


Un diálogo entre padre e hija a propósito de la novela póstuma de García Márquez 


—Pa, ¿has visto que van a publicar una novela de García Márquez?

—Claro, si es la noticia literaria del año. Imagínate que después de diez años de muerto, plin, aparece la novela de un genio. 

—¿Y cómo así? ¿La tenía acabada?

—Mira, en ninguna informacion se dice que no esté terminada. Según lo que leí, el manuscrito es parte de un archivo que la familia de García Márquez vendió a una universidad en Texas.

—¿O sea que nosotras también podríamos vender tus cachivaches?

—Claro, al ropavejero.

—No, en serio: ¿qué tan normal es que se publique la obra de un autor sin su voluntad expresa?

—No es muy raro, la verdad. Creo que la publicación póstuma, en general, parte de la premisa de que ningún escritor invierte tanta energía en escribir para que nadie lo lea. Que incluso, aunque de la boca para afuera diga que no quiere ser publicado, por dentro hay una llamita encendida con la esperanza de ser leído por alguien. Tú has leído a Kafka, ¿no?

—Ay, papá…

—Bueno, Kafka le escribió a su mejor amigo y albacea, y le dijo que solo seis de sus libros valían la pena, y que aún así, su deseo sería que desaparezcan por completo. Es más, le pidió que quemara todos sus archivos, cosa que, por fortuna, el amigo Brod no hizo. Yo creo que si Kafka de verdad hubiera querido desaparecer sus escritos, los habría quemado él mismo. 

—Entonces lo de García Márquez es legítimo, al menos no le pidió quemar a sus herederos su archivo. 

—Es legítimo, pero ya empezó el debate. Salman Rushdie, por ejemplo, ha criticado la publicación de la novela porque, según él, Gabo ya sufría demencia cuando la escribía y que es muy probable que el texto no le haga justicia.

—Billetera mata justicia, papá.

—Pasa en todo ámbito, hijita: una vez que alguien se ha muerto, solo resta confiar en la buena fe y el buen criterio de los que sobreviven. 

—¿Tú como manejas eso con lo que has escrito? 

—Mira, yo siempre voy a estar más a favor del pudor del escritor que del interés del editor. A menos que haya dicho expresamente que algo mío se publique, prefiero que mis textos inéditos se mantengan en reserva.

—Papá, pero si eso se tomara siempre en cuenta, nos habríamos perdido libros valiosos que han sido rescatados por las familias de los autores, como el de Irene Nemirovsky. O las cartas. O los diarios.

—Mira, lo de Nemirovsky trasciende nuestra conversación porque no solo es una novela excepcional, sino que su voz nos retrata la Segunda Guerra Mundial mientras ocurría. Y las cartas, una vez recibidas por el destinatario, ya no le pertenecen al autor. La de los diarios sí me parece una situacion ambigua: si los tomo como cartas íntimas que uno se escribe a uno mismo, su publicación ya depende de la buena fe de quienes sobreviven.

—¿Tú tienes un diario?

—No. Lo que sí tengo es una novela que terminé hace varios años y un par de relatos que, si no han sido publicados, es por algo. Pensándolo bien, ahora mismo voy a ponerles NO PUBLICAR en el archivo. 

—Ponlo con rojo, pa, porque no respondo por tus otras hijas… 

—No seas mala, oye… Pero mira, quizá esa sea una salida elegante cuando se publica un texto que se encuentra en la ambigüedad con respecto a la voluntad del autor. Que se imprima con la advertencia sellada de “borrador” o “último manuscrito”. Es decir, que sea una oferta sincera, y que los lectores le entren con la curiosidad de conocer la última parte de un proceso de escritura. 

—¿Cómo se llama la novela de García Márquez?

—“En agosto nos vemos”.

—En agosto la compramos.

—Bueno. Aunque saldrá en marzo.


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