El trueno eléctrico sobre Newport


La reciente película sobre Bob Dylan nos recuerda a quién se debe un artista


Gunter Silva es licenciado en Artes y Humanidades, con una maestría en Literatura y Creatividad Literaria de la Universidad de Westminster. Su obra literaria incluye el libro de relatos Crónicas de Londres (Lima, 2012), la novela Pasos Pesados (Lima, 2016), El Baile de los vencidos (Buenos Aires, 2022) y Neutrino, cuaderno de navegación (Lima, 2024). A pesar de haber vivido en diversos lugares, mantiene una conexión profunda con su ciudad natal, La Merced, una urbe vibrante y selvática que, aunque lejana, sigue viva en su interior.


Estoy en el cine con mi esposa. La sala está llena. Gente de la edad de nuestros padres, hombres con chaquetas de tweed, mujeres con bufandas gruesas. Huele a lluvia, a viejos vinilos y a perfumes que llevan años sin abrirse. Hace tiempo que no nos sentíamos tan jóvenes.

Las luces se apagan. En la pantalla, un muchacho de rostro afilado y mirada esquiva. Su voz es áspera, como un cuchillo sobre la piedra. Es Bob Dylan, pero no es Bob Dylan. Es Timothée Chalamet encarnando a un hombre que nunca quiso ser entendido.A Complete Unknown (2025), no es una película estrictamente biográfica, no es un retrato fiel. Es, en cambio, una voz lejana, un fragmento de algo más grande, una canción que no acaba nunca.

Dylan aparece entre humo de cigarro y cuerdas de guitarra. Al principio, canta lo que el mundo quiere escuchar. Luego se cansa. El folk es un museo. Dylan quiere electricidad, ruido, algo nuevo. Y cuando enchufa la guitarra en el Newport Folk Festival de 1965, la historia se parte en dos. Un grito en la oscuridad. Dylan sonríe, baja la púa sobre las cuerdas y sigue tocando.

La película avanza rápido. Dylan no se detiene. Nunca lo hizo.

Recuerdo el long play The Times They Are A-Changin’. La carátula del álbum, en blanco y negro, mostraba a un joven molesto. Dylan miraba al mundo con ojos duros. Mi padre ponía el disco una y otra vez en un rincón de la selva peruana. Le gustaba esa canción. Era un hombre de su generación; creía en los cambios, en el activismo. Decía que el futuro llegaría como un río crecido. Yo no lo entendía. Ahora sí. La película captura ese tiempo, esa furia. En la pantalla desfilan imágenes de la crisis de los misiles en Cuba, el asesinato de J.F. Kennedy, y Malcolm X pronunciando un discurso contra el sistema. Bob no aspiraba a ser poeta ni profeta, pero de algún modo lo es. Mi padre tampoco. Solo creía en una cosa: que nada debía permanecer igual, que el mundo debía moverse o, de lo contrario, se hundiría.

En la primera escena, vemos a Dylan llegando a Nueva York buscando a Woody Guthrie, un dios enfermo, el hombre que le enseñó que la música lo era todo. Lo encuentra en una cama de hospital, con el alma rota por la enfermedad. Pete Seeger está allí, fiel como un apóstol. Dylan les toca una canción. Seeger ve algo en él y le abre las puertas de la escena musical neoyorquina.

Dylan llega con los bolsillos vacíos. Pete Seeger lo alimenta, lo cobija, lo empuja al escenario. Una noche conoce a Sylvie Russo, personaje ficticio basado en Suze Rotolo. Inteligente, hermosa, con los pies en la tierra. Dylan la conquista con pura mitología: le cuenta que había trabajado en un carnaval, que aprendió a tocar guitarra de los cowboys. Ella le cree. Se enamoran.

Luego aparece Joan Baez, ya una estrella consolidada. Lo ve tocar. Lo lleva con ella. Le presta su escenario, su voz, su público.Se aman y se utilizan. Él quiere su luz; ella, su genio. Sylvie lo ve desde lejos. Intuye lo que pasa, pero Dylan es un hombre que nunca se detiene a explicar nada.

La fama lo alcanza de golpe. Dylan se convierte en un ídolo, pero los ídolos pesan, y él nunca ha querido cargar con nada. Baez le pide que canten juntos, que le den al público las canciones que aman. Al principio, acepta. Luego la deja sola en el escenario. También se aleja de Sylvie, hastiado de sus preguntas, de su necesidad de entenderlo. La traiciona con el silencio. Con Baez. 

Baez también es traicionada.

Pete Seeger también lo ve alejarse. Le ruega que no se olvide del género folk, que recuerde de dónde viene, de su naturaleza acústica. De la forma sencilla, honesta y sin adornos de hacer música. Pero Dylan ya tiene el rock en la sangre. El futuro es eléctrico. Seeger le pide una última cosa: “Solo un poco más de arena en la balanza”, le dice, para salvar el sueño de ese festival folk de Newport, que permita cierto equilibrio. Dylan no cede.

Johnny Cash, borracho, le aconseja que no haga caso. Dylan sale con su guitarra eléctrica. Los abucheos son fuertes, los insultos aún peores. Él sigue. Cuando la batalla entre tradición y cambio termina, le ofrecen una guitarra acústica. Toca una última vez para el viejo mundo.

Esa escena me hace pensar en John Falstaff, el personaje encantador de Shakespeare: gordo, fanfarrón, con el aliento a cerveza vieja y palabras que saben a ceniza y miel. Un hombre que lo sabe todo, que ha vivido todo, que ha bebido más de lo que ha dormido. Pete Seeger no era gordo, ni fanfarrón. Era un hombre de principios. Un hombre de canciones, pero contiene la misma trágica historia de Falstaff.

Dylan llegó a él como Hal a Falstaff. Hambriento, joven, con el ansia de comerse el mundo y de aprender de los que lo habían intentado antes. Seeger lo tomó bajo su ala, lo guió en la metrópoli. Le enseñó que la música debía ser honesta, que había que respetarla. Creía en la verdad. En la tradición. En las raíces. Dylan lo escuchó atento. Y después, como Hal, cuando se apoderó del reino se apartó de él.

Newport fue la noche de la traición. Seeger miraba desde un lado del escenario, tenso. Dylan, con la guitarra eléctrica colgada al hombro, la casaca de cuero y la camisa roja radioactiva, sentía el rugido del instrumento en el pecho. La adrenalina lo empujaba, pero algo en él se resistía. No era el cambio lo que temía, sino las expectativas que él mismo había alimentado. Había forjado una identidad tan sólida que ahora le resultaba imposible despojarse de ella. Para sus seguidores, él era el nuevo mesías del folk.

Las primeras notas tronaron sobre la multitud. Los abucheos no tardaron en estallar. Seeger se revolvía en su sitio, desesperado. Quiso cortar los cables de los Marshalls, incluso si tenía que hacerlo con un hacha. Quería salvar algo: el pasado, una melodía atrapada en el tiempo, quizá a sí mismo. Pero Dylan no frenó, era un Hal desterrando al viejo Falstaff, dejando que el mundo se rompiera a sus espaldas.

¿Pero qué nos dice esta historia sobre Bob? Quizás que el artista no debe lealtad. Ni a los amigos, ni al amor, ni a la historia. Debe moverse o morir, seguir su instinto a toda costa. En la escena final, el joven héroe, incomprendido y testarudo, visita a Woody Guthrie por última vez. El maestro le sonríe. Dylan asiente, se despide y sale. Afuera lo espera la carretera. Arranca la moto, acelera sin mirar atrás. El viento le arranca el pasado de los hombros. Ha dejado todo. Incluso a sí mismo.


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