El péndulo en Argentina


Milei, la economía y los derechos humanos 


Hoy, domingo 22 de octubre, nuestros hermanos argentinos vuelven a las urnas y todo parece indicar que Javier Milei sacará la mayoría de los votos. Es casi seguro que tendrá que ir a una segunda vuelta, pero las últimas encuestas no dejan claro con quién. Al final, a muchos les da igual, pues sienten que no hace mucha diferencia: no hay un candidato “menos malo”.

Por ejemplo, con una economía pulverizada y una hiperinflación galopante, cualquiera se preguntaría cómo es que uno de los candidatos con posibilidades de pasar con Milei a la segunda vuelta sea el ministro de Economía Sergio Massa. La explicación es sencilla dentro de lo desconcertante: se trata del candidato del peronismo y para muchos eso es suficiente para apoyarlo.

La otra candidata con alguna posibilidad es Patricia Bullrich, quien fuera ministra de Seguridad en el pasado gobierno de derecha de Mauricio Macri. De momento sus posibilidades son menores y su desempeño en la campaña deja que desear. El argumento, tanto de ella como de Milei, parece simplemente ser el anatema del kirchnerismo y, por ende, representar “el cambio”.

Así, una vez más, los argentinos parecen estar destinados al llamado “timonazo”: un cambio drástico en cuanto a políticas económicas. Hace cuatro y ocho años ocurrió lo mismo, cuando Macri asumió y cuando se fue. Recordemos, además, que ya son veinte años desde que Néstor Kirschner logró comenzar a sacar de hoyo a la economía argentina que se había desplomado entre el 2000 y el 2001, cuando el experimento de poner el dólar en paridad con el peso los llevó al absoluto desastre financiero. Pues dolarizar es ahora una de las propuestas de Milei.

Argentina tiene la triste distinción de haberse empobrecido en los últimos cien años, mientras que muchos lugares del planeta se han enriquecido. ¿Cómo puede ser que uno de los países más ricos del mundo en cuanto a materias primas, con una impresionante capacidad para la agricultura y la ganadería, no logre encontrar un camino al desarrollo? 

Ese bamboleo extremista del péndulo parece ser un factor protagónico. Por ejemplo, Milei promete hacer una hoguera con muchas de las provisiones sociales actuales y acabar con casi todo el Estado. Su objetivo, repite, es terminar con la llamada “casta” que, según él y quienes lo apoyan, domina desde hace décadas la política y economía argentina.

Su retórica incendiaria se ha dirigido también contra las comunidades que luchan por los derechos humanos y la memoria, y ha declarado en repetidas oportunidades que no fueron 30.000 los desaparecidos durante el gobierno de las juntas militares, sino unas 8.753 personas, lo que implica una terrible amenaza a las políticas de memoria que comenzaron con la caída de la dictadura y los juicios a las juntas. No obstante, esta tampoco es la primera vez que el péndulo se mueve en dirección al olvido, pues recordemos que el presidente Carlos Saúl Menem indultó a un número importante de perpetradores. Pero dado que el 24 marzo de 2026 se conmemorarán los cincuenta años del golpe en Argentina y esto ocurrirá durante el gobierno de quien emerja de estas elecciones, es importante no perder de vista lo que está en juego este domingo. Las consecuencias de un triunfo de Milei abren el potencial de ser apocalípticas, según lo repiten las voces que luchan por preservar la memoria.

Su candidata a la vicepresidencia, Victoria Villarruel —hija, sobrina y nieta de militares involucrados en el último gobierno militar—, reivindica a la dictadura y representa a los sectores de la derecha más recalcitrante y, además, azuza las llamadas “guerras culturales” en contra del aborto, la diversidad sexual y la igualdad de género. De alguna manera, ella está en sintonía con las mujeres jóvenes y conservadoras —hijas y sobrinas de políticos que en algún momento fueron poderosos— que recientemente han llegado al Congreso en el Perú. No será sorprendente verlas también en las elecciones de 2026, cuando se conmemoren los treinta años del inicio del proceso de esterilizaciones forzadas, que muchos niegan o minimizan.

En ese aspecto, un contraste inmenso con el de Argentina es el que se ha visto este fin de semana en Santiago de Chile, en la ceremonia de apertura de los Juegos Panamericanos. El Estadio Nacional, donde en 1973 estuvieron presas unas 7.000 personas y donde se estima que 2.125 fueron asesinadas y unas 1.102 entraron para desparecer, se convirtió en un lugar de celebración y algarabía. A pesar de ello, no se buscó esconder o negar el pasado, sino, más bien, reconocerlo y honrarlo con una gran pancarta.

Hace cuatro años Chile estalló y cientos de miles de personas salieron a la calle a pedir un cambio en el sistema económico ya que no sentían que sus vidas realmente hubieran mejorado con el neoliberalismo impuesto por Pinochet y proseguido en democracia. El descontento se canalizó en un posible cambio de constitución que aún no se ha consumado. Estas semanas han continuado los actos que recuerdan el golpe del 11 de septiembre de 1973 y se han juntado con la conmemoración de los 25 años del arresto de Pinochet en Londres y el piquete de 503 días que siguió durante su estadía en la capital inglesa, dejando en claro que la memoria sobre los abusos sucedidos en Chile aún importa y que se lucha por mantenerla viva, aunque, como ocurre en todo el mundo, el relativismo e incluso el negacionismo hayan ganado terreno también en el vecino país del sur.

Si bien el péndulo en materia económica es algo a lo que estamos acostumbrados históricamente en América Latina, es inmensamente preocupante que ese mismo movimiento alcance a la mirada que tenemos sobre los derechos humanos: cuando el dinero vale más que la vida, la humanidad está perdida. Si en Chile y Perú se batalla por ellos con más ahínco en tiempos recientes, es de esperar que, aún ganando la plancha de Javier Milei, en Argentina tampoco se ceje en ese esfuerzo.


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