Luego de innecesarias polarizaciones, hoy urgen soluciones y no supuestos enemigos

Pedro Naranjo es economista especializado en desarrollo y comunicador político con foco en medición de impacto y gestión de comunicación institucional. Gerente general de Naranjo Consultores y Asociados (Lima), es consultor corporativo con experiencia en el sector financiero, multilateral, gestión pública y dirección de campañas políticas. Bachiller en Economía en la Universidad de Maryland; magíster en Comercio Internacional, Finanzas y Desarrollo de la Barcelona School of Economics; y magíster en Comunicación y Marketing Político de la Universidad Internacional de Valencia.
En Perú y buena parte de América Latina, el término “caviar” o “woke” se ha convertido en una caricatura funcional. Retratado como un enemigo cómodo para algunos sectores de la derecha política, el caviar es, en teoría, la encarnación del mal: moralista, “globalista”, estatista, elitista, pero sobre todo, inútil.
De allí nace el anticaviarismo como narrativa y bandera política. Pero no como una propuesta, sino como una reacción. Si bien es legítimo —y hasta saludable— desenquistar del poder a quienes se aferran a él sin producir resultados, lo que ha hecho el anticaviarismo no es una depuración del Estado, sino su sustitución por figuras aún más ineptas, improvisadas o autoritarias. Se ha reemplazado lo tecnocrático por lo tosco, y lo institucional por lo vengativo. El resultado es una gestión peor a todo nivel.
Por dar algunos ejemplos: en el distrito limeño de Miraflores, el alcalde distrital gobierna bajo la premisa de luchar contra una supuesta minoría caviar del distrito. Lo hace en nombre del orden y de los “valores tradicionales”. Pero su gestión ha sido una parodia de gobierno: obras innecesarias, inconclusas o mal hechas que agravan el tráfico; persecución absurda de actividades en parques, una relación tóxica con los vecinos, y cero reformas estructurales o atención a las necesidades reales. Un alcalde que pelea con las formas, pero no resuelve los fondos.
En Lima, el alcalde metropolitano llegó con la cruz y la espada anticaviar: anunció una revolución de infraestructura y un modelo de ciudad “libre de zurdos”, con aspiraciones de “potencia mundial”. Hoy, su gestión está marcada por la parálisis técnica, promesas extravagantes sin sustento, obras a medias, procesos arbitrales perdidos por desconocer contratos, sobreendeudamiento, rebaja de la calificación de grado de inversión, y una desconexión alarmante con las necesidades cotidianas de los limeños. Lo suyo ha sido ruido, no resultados.
En la Fiscalía de la Nación, Patricia Benavides se presentó como la salvadora institucional frente a los supuestos “fiscales ideologizados”. Pero lejos de restaurar el orden, habría organizado —según investigaciones— una red de tráfico de influencias para perseguir rivales, blindar congresistas y controlar la justicia como botín político. Su anticaviarismo fue solo fachada: debajo había otra forma de podredumbre, y tan torpe que ni siquiera logró articular un argumento coherente en medios ni orquestar con eficacia su propia reposición.
El Congreso peruano ha seguido el mismo patrón. Muchos de sus integrantes fueron elegidos como portadores de una indignación antisistema, prometiendo acabar con los privilegios de los “caviares”, pero no ofrecieron reformas, sino venganza. Desde ahí han promovido retrocesos en derechos, debilitamiento de instituciones, capturas de poder, una obsesión enfermiza por los genitales en los baños, y una degradación continua de la política.
El fenómeno no es exclusivo del Perú. En Argentina, Javier Milei es la versión más rabiosa del anticaviarismo o antiwokismo: convirtió la antiprogresía en plataforma electoral y, desde el gobierno, ha improvisado con motosierra, destruyendo sin construir. Las consecuencias las paga una población que esperaba cambio y recibió caos.
En Estados Unidos, el regreso de Donald Trump como figura dominante de la derecha no cumple ninguna promesa de campaña antiestablishment: ni reflotar la economía, ni mantener la paz mundial. Designó a presentadores de televisión sin preparación para cargos ejecutivos, tomó malas decisiones en comercio internacional, impulsó una política migratoria caótica, incurrió en ejercicios inconstitucionales, y su país está nuevamente envuelto en una guerra en Medio Oriente mientras no logra resolver el conflicto entre Ucrania y Rusia, como había prometido.
La evidencia es abrumadora: el anticaviarismo fracasa no solo porque destruye, sino porque no sabe qué hacer después. No forma cuadros, no propone políticas, no construye Estado. Solo acumula resentimiento, genera show y se devora a sí mismo.
Y en ese vacío, lo que termina desapareciendo es la noción misma de servicio público. Porque, en su afán de demoler la tecnocracia, el anticaviarismo también ha saboteado lo más elemental del gobierno: la capacidad de resolver problemas reales. Lo que se pierde no es solo “lo caviar”, sino la experiencia, el saber hacer, la mínima profesionalización del Estado.
No es necesario romantizar a los tecnócratas ni canonizar a la vieja élite institucional. Pero sí es urgente defender la idea de que el Estado necesita gente que sepa lo que hace. Que la política no puede ser solo una cruzada moral, sino una tarea técnica, ética, responsable y, sobre todo, con los pies en la tierra.
Hoy, después de tanto ruido, lo que queda es la frustración. La gente ya se dio cuenta: no se avanza nada, no se gobierna mejor, no se resuelven los problemas. Solo se discute eternamente sobre caviares, como si invocar al “enemigo” bastara para ganar un argumento. Hoy, ver a alguien acusar a los caviares de ser el problema es casi una admisión de que no se tiene idea de lo que realmente está pasando. El país no necesita más guerras culturales: necesita gestión, soluciones concretas, reformas reales. No se trata de volver al pasado, sino de dejar atrás esta etapa estéril. Porque el anticaviarismo no fue la cura: fue parte del problema.
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Muy de acuerdo! También con que “el país no necesita de guerras culturales”. Pero, sí necesita de una agenda cultural.
Woke=Caviar?