Recuerdos, lecciones y hallazgos que afloran a cuatro semanas de una despedida final
Cada tanto, nos cae encima esa carga de emoción y estremecimiento que solo puede provocar una coincidencia fortuita. Hoy, hablo de mudanzas. Américo Mendoza Mori, nuestro juguero de los jueves, se traslada a Minnesota luego de pasar los últimos cuatro años en Cambridge, Massachusetts. Natalia Sobrevilla, fundadora juguera y gobernadora de nuestros domingos, se aleja de Londres, la ciudad donde ha vivido por más de veinte años. Y yo, por mi parte, me desplazo en dos movimientos.
El primero: dejar Urubamba.
Suelo decir que fueron tres años, pero en realidad fue en mayo de 2021 cuando por primera vez llegué a esa provincia de Cusco. Acababa de cerrar una ruptura, buscaba un cambio y aposté por el asunto geográfico. Viajé veinticuatro horas en bus. Me hospedé por un mes en un hotel abandonado. Hice amigos nuevos. Al rato, me di con una sorpresa. Como si por largo tiempo hubiese perdido de vista aquello que me gustaba de mí y ahora lo estuviese volviendo a poner en foco. Reubicarme lejos de todas las referencias anteriores trajo de vuelta ese amor propio olvidado, desatoró cañerías, así que me dije: «No vuelvo atrás», y comencé a moverme.
Durante siete meses, la sensación de haber llegado tarde —pero todavía no tan tarde— me impulsó a recorrer cinco localidades, pensando siempre en la siguiente apenas dejaba mi mochila en cada nueva habitación. Cuando el año terminó, hice una visita navideña por Lima. Conocí a L. Mis planes cambiaron.
Conciliar ambas rutas —mantenerme fuera de la capital; abrazar el nuevo amor— pasaba por una sola salida: convencerla de regresar al campo conmigo. Nueve meses después, allí estábamos. Primero, en un espacio amoblado que sirvió de prueba. Y luego ya en una casa que hicimos nuestra.
Nunca antes había construido un hogar en pareja. Con un perro/hijo —Milo— que completó el retrato familiar.
Tomó tiempo asimilar que teníamos una casa entera por lo mismo que en Lima solo nos habría alcanzado para un cuarto. La culpa por ser parte de un fenómeno gentrificador arreciaba por ratos, pero al final del día ganaba:
El sol.
Su aparición cada mañana frente a nosotros, sobre una montaña.
La importancia de mirar verde.
De tener un balcón.
Un jardín donde jugar.
Piscina armable.
Convocar parrilladas y amigos.
Hacer bulla sin miedo.
Amar sin miedo.
Un listado improbable en Lima y, sin embargo, tan lógico en latitudes distintas. La fantasía rural. El sueño bucólico. Todos nos lo merecemos al menos una vez. Lo pensaba cada noche.
La felicidad que trajo Urubamba abrió otras puertas interiores. Preguntas sobre lo que haríamos con el resto de nuestras vidas. Sobre aquello que podría sorprendernos si nos atrevíamos a ir más lejos.
L postuló a una maestría.
Yo alisté mis papeles.
Y ahora, en menos de un mes, comenzaremos el segundo movimiento.
Nos atrae la belleza y la aventura, pero también, como siempre, lo económico. Formar una familia en Lima parece una idea imposible. Somos una pareja bien chamba, pero aun así. Bajo nuestra candidez tercermundista, nos seducen las subvenciones estatales de Europa, España y Madrid. Abrazo la culpa de ser otro peruano más que abandona al país. Esquivo los consejos pesimistas de quienes viven allá. Oigo solamente a los entusiastas (que también viven allá). Y, a pesar de que no creo en nada, confío en nuestra buena estrella.
Ahora quedan cuatro semanas para decirle adiós a la gente. Es extraño separarme de aquellos que pensé que siempre estarían, imaginar que a algunos quizás no los veré de nuevo. Pero los tres años en Urubamba han hecho su parte. Nos enseñaron a estar lejos y también a construir comunidad. Amigos nuevos. Unos llegaron muy pronto. Otros, casi al final.
Cuatro semanas más y esos sentimientos se multiplicarán. Dejaremos cosas incompletas. Irresueltas. Uno desearía que las mudanzas fuesen un movimiento limpio, pero son sobre todo yuxtaposición. Cruce. Líneas que se tuercen sin orden.
Intenté cerrar Urubamba, pero quedaron aquellos de los que no me despedí, aquellos a los que no vi en mucho tiempo, aquellos a los que no acogí como pude. Tengo cuatro semanas para hacerlo mejor o peor en Lima, así que me balanceo entre la fantasía de no despedirme de nadie y la fantasía de conseguir despedirme de todos.
Dramatizo.
Exagero.
Me cago de miedo.
Pero lo que más siento acá adentro es lo que me dije en 2021, aquel año en que descubrí que todavía me quería: «No vuelvo atrás».
¡Suscríbete a Jugo haciendo click en el botón de abajo!
Contamos contigo para no desenchufar la licuadora.
Que excelente manera de contar lo que a muchos pasa y a los que no nos hemos atrevido a hacer.
Gracias!
Muchas gracias a ti por tu comentario, Hilma.