Dos minutos más de… ¿reivindicación?


Porque esta historia no se acabó en una sola columna


La semana pasada les conté sobre un incidente que, en un contexto diferente al peruano, sería vergonzoso y sublevante. Como recordatorio: durante la primera participación oficial del Perú en el segundo periodo de sesiones del Foro Permanente de las Naciones Unidas sobre Afrodescendientes, nuestro representante nacional se refirió a la trata transatlántica de personas esclavizadas como un proceso migratorio

¿Fue un escándalo recogido por la prensa peruana? No. ¿Alguien más allá de ustedes y las personas que me siguen en Twitter se enteraron? Probablemente tampoco. Como muchos de los asuntos que, se entiende, en nuestro país afectan únicamente a un grupo, este suceso no fue realmente importante para el ciudadano de a pie; si acaso, identificado inmediata pero únicamente por los asistentes al Foro que estábamos concentrados en el análisis político de lo expuesto por los ponentes. 

Como dije en mi texto anterior, iba terminando mi participación en el Foro con un sentimiento de desesperanza. Luego del desafortunado comentario, el Perú había tenido una presencia activa pero predecible, dada la tendencia regular a resaltar sus avances normativos por sobre sus desafíos en la implementación de las normas o políticas promulgadas. Durante el segundo día una expositora peruana ya había resaltado que, si nuestras propias autoridades no reconocían la trata transatlántica y el periodo de esclavización como el punto de partida de la experiencia afroperuana en el país, resultaba difícil esperar que este reconocimiento formara parte del imaginario colectivo de la población. ¿Cómo, además, podía asegurarse algún cambio estructural? En cualquier caso, no sucedió nada ese día, ni el siguiente. Y con nada quiero decir ningún tipo de pronunciamiento o comentario de la misión que dejara entrever la comprensión del error durante la jornada inaugural.

Este Foro es un espacio bastante particular. Se enmarca en lo que Naciones Unidas llama su arquitectura para la justicia racial y el antirracismo; estructura que incluye varios mecanismos internacionales como grupos de expertos independientes en diversos temas, relatorías especiales y el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial. Manejado logísticamente desde la oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos en Ginebra, el Foro congregó a más de 900 representantes de la sociedad civil, los Estados miembros y las agencias del sistema universal de protección de los derechos humanos, en Nueva York. Reunidos alrededor de la discusión sobre justicia reparatoria, panafricanismo, migración transnacional, racismo estructural, trauma intergeneracional, y salud y bienestar; el objetivo del espacio fue el de generar una plataforma donde los Estados puedan identificar prácticas gubernamentales replicables, y escuchar recomendaciones concretas de la sociedad civil respecto de sus esfuerzos de implementación de normas y políticas de protección para las poblaciones de ascendencia africana. Claro es que este espacio político también es utilizado para posicionar temas, generar conversaciones y acuerdos, y discutir estrategias más allá de las salas de reuniones. 

Así llegamos al último día. Mientras algunos representantes iban abandonando la ciudad, quienes aún nos quedamos en la sala escuchamos a la profesora Gaynel Curry, comisionada del Foro, pronunciar las conclusiones preliminares que formarían parte del informe de las sesiones. Un llamado por la renovación de la década mundial de los afrodescendientes, la idea de que las reparaciones son un tema de justicia y no de ayuda humanitaria o de caridad, la necesidad de pensar en un tribunal internacional especial para los delitos relacionados a la trata trasatlántica y formas modernas de esclavitud, entre otros. Inmediatamente después, el relator del espacio, el investigador Michael McEachrane, compartiría sus propuestas, también preliminares: el establecimiento de un grupo de trabajo con objetivos e indicadores que hiciera un seguimiento a las recomendaciones para los Estados recogidas en el Foro, la creación de una comisión multipaís para el tema de la justicia reparatoria que incluya, por lo menos, la participación de las repúblicas africanas y las del Caribe, y la revisión de la posibilidad de establecer un tribunal internacional para las reparaciones. 

Todo muy interesante. Hacia las cuatro de la tarde pensaba que dos horas más tarde sonarían los tambores que marcan el fin del Foro y volvería a casa con muchos aprendizajes y notas, y abundante material para algunos papers de análisis político sobre la agenda afrodescendiente de América Latina. Y entonces, Guyana tomó la palabra. Y luego Canadá. Le siguieron Nigeria, Venezuela, Ecuador, China y Brasil, cuyo representante le cedió el espacio a sociedad civil para beneplácito de la asamblea. Inmediatamente después escuché: “Perú tiene la palabra”. Y de pronto todo volvió a estar bien en el mundo; siquiera por un momento (minuto 1:59:50): 

“Señora presidenta, la Declaración y el Plan de Acción de Durban reconocen que la esclavitud y la trata de esclavos, en particular la trata transatlántica, fueron tragedias atroces en la historia de la humanidad; que constituyen y siempre deberían haber constituido un crimen de lesa humanidad. El pueblo afroperuano es el colectivo humano que desciende de la población africana introducida al territorio peruano como consecuencia del esclavismo. Lamentablemente, como en muchos países a lo largo de la historia, sigue sufriendo de racismo y diversas formas de discriminación étnico-racial en múltiples esferas…”.

Para una persona cuya identidad racial no es un factor relevante, estas palabras, o la preocupación que he expresado en estos últimos dos artículos, pueden no ser significativas. Puede usted, con justa razón, no entender cuál es el gran problema de que nuestro representante diga “migración” cuando debió decir “trata”; o puede pensar, como uno de los comentaristas de la pieza anterior, que escribo “desde el resentimiento” (¡ajá!). Puede, finalmente, elegir entenderlo todo como un simple error y dar a nuestro representante, como hemos hecho tantas veces, el beneficio de la duda. No voy a buscar convencerlo, y creo que huelga explicar en detalle, pero solo lo dejaré con lo siguiente: el padre del abuelo de mi madre fue un hombre a quien se le negó la humanidad. Lo mismo a la madre y al padre de los abuelos de mi padre. Sus ascendentes no migraron voluntariamente a estas tierras. Yo no puedo hacer mucho hoy. Ni por ellos, ni por los tantos otros que fueron traídos con ellos. Usted tampoco. Pero lo mínimo que podemos hacer, usted y yo, es no negar, hacer más cómoda o relativizar su historia. 

Respetar es lo mínimo, y reconocer la verdad histórica, lo mejor. 


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1 comentario

  1. Jorge Iván Pérez Silva

    El Diccionario de la lengua española (RAE/ASALE) define el verbo «migrar» como ‘Trasladarse desde el lugar en que se habita a otro diferente’. En este caso, la definición coincide con lo que solemos entender los hablantes de castellano por este verbo. Presentar la trata trasatlántica de personas esclavizadas como «proceso migratorio» no es, simplemente, una manera alternativa de referirse a un mismo hecho histórico. Hacerlo muestra una evidente voluntad de silenciar e invisibilizar la inmoralidad de quienes fueron agentes y cómplices de ese crimen de lesa humanidad.

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