A la espera del ticket


¿En qué momento despertaremos a la “realidad” de estos tiempos?


Hoy se estrena en cines de España La larga marcha, una peli basada en la novela homónima de Stephen King de 1979. No hemos leído el libro, pero igual la vimos hace unos días. No en cines, no en plataformas de pago; como lo hacemos siempre. La premisa es bastante sencilla y directa. En una versión ucrónica y terrible de Estados Unidos, cada año se organiza un evento televisado que con suerte motivará a la población nacional: cien competidores casi adolescentes caminarán sin detenerse hasta que uno de ellos se convierta en el último hombre de pie.

¿Qué sucede si algún participante deja de caminar? ¿Cuál será el destino de los perdedores? 

La película demora en decirlo. Y los personajes también evitan nombrarlo.

Durante el trayecto inicial, a pesar de la evidente distopía que sirve de marco, los muchachos llevan la competencia como una aventura juvenil sin mayores consecuencias, guiados únicamente por las ganas de quedar primeros y de así obtener el premio: muchísimo dinero y la posibilidad de pedir un gran deseo, tal y como uno se lo pediría al genio de la lámpara.

Las reglas de la carrera indican que no pueden detenerse ni disminuir la velocidad por debajo de las tres millas por hora, así como tampoco salirse de la carretera por donde avanzan. Si lo hacen, se les dará una primera advertencia. A la tercera advertencia, «recibirán su ticket».

Solo después de que a uno de los participantes se le acalambran las piernas y no logra reponerse, descubrimos en qué consiste ese ticket: un disparo en la cabeza, cortesía de los militares que acordonan la marcha. Recién entonces los sobrevivientes comienzan a admitir aquello en lo que parecen no haber pensado demasiado: a excepción del ganador, todos los demás serán asesinados más pronto que tarde.

Muchas décadas antes, en su conferencia Aspectos de la novela (1927), E. M. Forster nombraba a uno de esos aspectos como «profecía» y lo utilizaba para hablar sobre aquellas novelas que, además de contar una historia o de representar una realidad, conseguían transmitir una visión o una verdad profunda acerca de la existencia humana. Una especie de intuición espiritual que el autor tenía sobre la vida y que colocaba detrás de las palabras. Parte de su elegancia radicaba en que fuera un elemento implícito, sugerido, simbólico, alejado de lo obvio, y sin embargo presente en el texto.

Forster hablaba de novelas, pero llevar esta figura a las narrativas de nuestras vidas no es tan difícil. Lo difícil es admitir cuál es esa verdad que está más allá de lo que hacemos y decimos, y que al mismo tiempo se encuentra impresa en ello: eso que late debajo de lo anodino, configurándolo.

La dimensión profética, según Forster, «puede llevar implícita cualquiera de las creencias que han dominado a la humanidad: cristianismo, budismo, dualismo, satanismo o simplemente el amor y el odio humanos elevados a tal potencia que desbordan sus receptáculos normales». 

Entendiendo lo contemporáneo como una novela, ¿cuál sería esa visión del mundo que se siente implícita en nosotros?, ¿qué tipo de intuición nos captura si nos detenemos unos segundos a mirar un poco mejor, a escuchar la sombra de nuestras rutinas, a pensar, sencillamente?

Es eso que ya sabemos pero a lo que hemos preferido dar la espalda un rato más.

Pienso en el genocidio palestino y también en todo el resto de síntomas que revelan nuestra verdad como especie. 

Así, con una ilusión retorcida y amarga, me pregunto cuánto tardaremos en admitir la verdadera naturaleza de esta larga marcha. Cuándo, al fin, contemplaremos el ticket por lo que es, con el horror que merece. En qué minuto se acabarán las risas y la comedia dará paso al verdadero género de nuestra película.

Ojalá antes de que solamente uno de nosotros quede de pie.


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