La dictadura de la balanza promueve injusticias insoportables
Nelly Furtado, hija de padres migrantes portugueses, nació en Canadá en 1978. Desde muy niña demostró un talento extraordinario para la música y un oído privilegiado para los idiomas. Tocaba el ukelele, el trombón, la guitarra y los teclados. A los doce años ya escribía sus propias canciones y era capaz de interpretar temas en inglés, portugués y español. Entró al siglo XXI dispuesta a triunfar y lo consiguió: desde su primer disco, Whoa, Nelly!, cosechó éxitos globales y se rodeó de un público fiel que la ha acompañado durante más de dos décadas. Para que tengan una idea de la dimensión de su carrera: ha vendido más de 40 millones de discos, lo que la convierte en la artista más importante tanto de su país de nacimiento (Canadá) como del país de origen de sus padres (Portugal).
Nelly nunca fue un producto comercial fabricado en laboratorio. Construyó cada uno de sus logros con propuestas originales, atrevidas y de calidad, y fue reconocida con varios premios Grammy. Sin embargo —y a pesar de que a sus 46 años sigue llenando escenarios con conciertos apoteósicos— ha anunciado a través de las redes sociales que se retira temporalmente de la música y que dedicará su vida a actividades lejos del ojo público.
¿Por qué? Porque se cansó.
Desde que regresó a los escenarios, después de haberse apartado varios años para criar y educar a sus tres hijos, las redes sociales han sido brutalmente agresivas con los comentarios sobre su cuerpo. La Nelly flaquita, la Nelly jovencita que saltó a la fama a los veinte años, hoy es una mujer madura, con una silueta curvilínea. Conserva la voz espectacular que la llevó a la cima y el carisma que siempre la distinguió como una artista entrañable. Pero nada de eso importó. No importó que siguiera llenando estadios, que su música continuara resonando entre nuevas generaciones, ni que demostrara una vitalidad artística intacta. En X, Instagram y TikTok no cesaron los ataques a su cuerpo, un cuerpo que simplemente ya no encaja en los estándares imposibles que se le exige a las figuras públicas.
Nelly soportó con elegancia, dignidad y un enorme sentido del humor el hate que generaban sus curvas. Se convirtió en una activista del “ámate como eres” y luchó contra el body shaming del que era víctima. Se unió a esa larga lista de mujeres famosas que han defendido su derecho a tener cuerpos reales: como Kate Winslet, quien denunció a las revistas que retocaban sus fotos sin su consentimiento y firmó contratos publicitarios en los que exigía que no le borraran ni las arrugas ni los kilos. Nelly fue valiente. Fue coherente. Fue activista de los cuerpos normales… hasta que simplemente se cansó.
Pudo haberse justificado diciendo que es una mujer que se acerca a los cincuenta y que ha parido y criado tres hijos. Pudo explicar que tiene diagnóstico de lipedema, una enfermedad crónica que provoca acumulación anómala de grasa en piernas y glúteos. Pudo excusarse, contar, pedir empatía. Pero no lo hizo. Nunca pidió perdón por su cuerpo. Nunca se disculpó por no encajar en el molde.
Y, sin embargo, perdió.
Perdió porque no es fácil mirarte al espejo y aceptarte cuando millones de personas celebran tu música pero desprecian tu figura. Y es todavía más doloroso descubrir que gran parte de esa crueldad viene de otras mujeres. La presión sobre nuestros cuerpos y la urgencia por calzar en estándares irreales no solo son consecuencia de una sociedad profundamente machista: también se traduce en una competencia insana que nos vuelve menos solidarias y nos convierte en esclavas de la mirada ajena. Mientras más tratamientos, filtros y cirugías aparecen para sostener una juventud imposible, más se perfecciona la trampa: más esclavas nos volvemos de esas exigencias. Hoy, el 85 % de las cirugías estéticas se practican en mujeres, y el grupo que más las demanda es el de entre 35 y 50 años.
No importa cuánto avancemos en derechos, cuántas marchas convoquemos o cuántas campañas impulsemos si seguimos midiendo nuestro valor en centímetros, kilos, arrugas o fotografías retocadas.
No ganaremos esa lucha mientras continuemos sancionando a las mujeres que envejecen, que engordan, que cambian, y que habitan un cuerpo real.
Ya es hora de permitirnos tener rollos y celulitis sin ser juzgadas ni denigradas. Ya es hora de dejar de pedir perdón por existir en cuerpos que cambian.
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Una situación muy difícil de generalizar y enfrentar con libertad. El caso que se comenta es como comsecuencia de una enfermedad que pueden tenerla muchas mujeres en mayor o menor grado . Algunas lo llevan bien y no es un problema, otras no y si son personas públicas, como las artistas, con mayor razón.
ELENA SI ESTÁ GORDA EN EL PERÚ Y EN TODO EL MUNDO
Todos los seres humanos tenemos derecho a gozar de una vida saludable. Por ello, tanto hombres, como mujeres, tenemos el derecho a prevenir la obesidad, no tan solo por cuestiones estéticas; sino, sobre todo, por salud y bienestar. Actualmente se reconoce que la obesidad es causante de 5 millones de muertes al año por enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, cánceres, desórdenes neurológicos enfermedades respiratorias crónicas, como lo ha mencionado la Organización Mundial de Salud para el año 2019 (WHO, 2022). Durante la epidemia de COVID-19 se evidenció que la obesidad era un factor de riesgo para mayor gravedad y mortalidad por la pandemia.
En el Perú más del 60% de la población adulta tiene sobrepeso u obesidad. La obesidad está en franco avance. Recordemos que desde la década de los 70 del siglo pasado hasta la actualidad la obesidad en el mundo se ha quintuplicado. Vivimos en un mundo que nos engorda para luego vendernos medicamentos muy caros para disminuir el peso corporal.
Por estas razones no podemos avalar la idea de que cada uno tiene derecho, por su voluntad, bajo el pretexto de defender la libertad, a cargar consigo, diariamente, de noche y de día, con el exceso de peso que su cuerpo tiene que soportar a causa de la obesidad. La obesidad no es voluntaria. La obesidad no obedece, una vez desatada, a la voluntad; no, por lo menos, de manera fácil.
Dejar de estar obeso cuesta. Cuesta a la persona, a la familia, a la sociedad y al Estado. Por ello es preciso invertir como país en prevenir la obesidad. No es ético dejar a su suerte a las personas con obesidad. Es más económico y racional tratar de prevenir la obesidad. Debemos empezar desde la infancia, o, mucho mejor, desde antes.
Con el perdón del pintor y escultor Fernando Botero y de Patricia del Río, autora del reciente artículo denominado “Nelly no está gorda”, no podemos ensalzar la figura de la obesidad. Tampoco debemos estigmatizar a mujeres u hombres que viven con obesidad. Tenemos que hacer algo por prevenir y controlar la pandemia de obesidad. Como sociedad, como país, debemos ir más allá de los octógonos en la parte frontal de los alimentos envasados. Es mejor decir que Nelly está gorda. Es más riesgoso decir que Nelly es gorda.
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