Cuando la ciencia olvidó a las mujeres


Del laboratorio al auto, el mundo es para los hombres, pero eso ya empezó a cambiar


¿Crees que los ataques cardíacos afectan principalmente a los hombres y que la osteoporosis es solo cosa de mujeres? Si es así, estás pensando como la mayoría de los mortales, pero quizá ya sea hora de cuestionar esos prejuicios y cambiar de idea. La realidad es que más de la mitad de las muertes por enfermedades cardíacas ocurre en mujeres. Y aunque la osteoporosis sea más común en nosotras después de la menopausia, también afecta a los hombres: alrededor del 20 % de las fracturas por esta enfermedad sucede en varones.

Pensar que ciertas enfermedades son «de mujeres» o «de hombres» puede ser más peligroso de lo que parece. Nos lleva a ignorar síntomas, retrasar diagnósticos y ofrecer tratamientos inadecuados. Pero esto no ocurre por casualidad: es consecuencia de décadas de investigaciones científicas hechas con una visión parcializada, centrada en el cuerpo masculino como norma y en todo lo demás como excepción.

Todo empezó en 1977, cuando la FDA —la agencia que regula los medicamentos en EE. UU.— prohibió incluir a mujeres en edad fértil en las primeras fases de los ensayos clínicos. La intención era buena: evitar malformaciones congénitas como las causadas por la talidomida, un fármaco que había sido recetado a embarazadas como sedante y para aliviar las náuseas, pero que terminó provocando graves defectos en miles de bebés. Pero esta precaución inicial se transformó en un vacío de conocimiento. Incluso antes de la prohibición ya se evitaba trabajar con mujeres o animales hembra, porque sus hormonas “complicaban los resultados”. Se decía que el ciclo menstrual era un “ruido biológico”. Así, durante décadas se investigó usando, sobre todo, ratones machos y luego se extrapolaron los datos a toda la humanidad.

¿El resultado? Tratamientos diseñados por y para cuerpos masculinos, que no siempre funcionaban igual en mujeres.

Una de las alertas más sonadas ocurrió en 2013. Ese año se registraron varios accidentes de tránsito en EE. UU. protagonizados por mujeres que habían tomado zolpidem, un somnífero potente. Aunque seguían la dosis recomendada, sus cuerpos metabolizaban el fármaco más lentamente que los de los hombres. El resultado: exceso de somnolencia diurna y más choques. La FDA tuvo que reducir a la mitad la dosis recomendada para mujeres. Y no fue un caso aislado. Un informe de la Oficina de Fiscalización del Gobierno de EE. UU. (GAO) reveló que, entre 1997 y 2000, 8 de cada 10 medicamentos retirados del mercado lo fueron porque causaban más efectos adversos en mujeres que en hombres. En muchos casos, ni siquiera se habían analizado las diferencias de absorción, metabolismo o efectos hormonales entre sexos.

La invisibilización de las mujeres no se limita a los ensayos clínicos. La escritora y activista Caroline Criado-Perez lo explicó con contundencia en su libro La mujer invisible. Allí revela cómo, en casi todas las áreas —desde el diseño de autos hasta la planificación urbana o el desarrollo de tecnología— se ha asumido al hombre promedio como medida universal.

¿Sabías que si tienes un accidente de tráfico tienes un 47 % más de probabilidades de morir si eres mujer? Esto se debe a que, durante años, los maniquíes usados en pruebas de choque se diseñaron con cuerpos masculinos. Aunque hoy se usan modelos más pequeños, aún no se toman en cuenta diferencias importantes como la fuerza del cuello o la distribución de la masa corporal.

¿Y qué hay del celular que usas? El tamaño estándar fue pensado para manos masculinas. ¿Y la temperatura del aire acondicionado en la oficina? Basada en el metabolismo de un hombre adulto de los años 60. Ni hablar de los trajes de protección médica, los uniformes militares o los chalecos antibalas: en su mayoría, fueron pensados para cuerpos masculinos. Lo mismo ocurre en otros campos: el diseño de prótesis, articulaciones artificiales o equipos de protección laboral muchas veces no consideran las diferencias físicas entre hombres y mujeres, como el tamaño de la rodilla o el ángulo del codo.

Los investigadores llevan décadas advirtiendo sobre los riesgos de ignorar el sexo y el género en la ciencia. De hecho, incluir la variable “sexo” en la investigación científica es una forma de hacer mejor cienciapues los datos serán más completos y las soluciones más eficaces. Y esto no vale solo para la medicina, sino también para investigaciones y soluciones en urbanismo, cambio climático, transporte, tecnología, salud pública, etc.

Desde 2016, los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de EE. UU. exigen que los estudios financiados con fondos públicos incluyan análisis de sexo como variable biológica. En Canadá esta medida existe desde 2010, y en Europa desde 2013. Recientemente, la Comisión Europea está reforzando sus políticas de inclusión de sexo y género en la investigación e innovación. 

Contra todas las tendencias, se siente como una brisa de aire fresco.


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