De cómo la película Uyariy resuena a pesar de la censura

Miguel Ángel Farfán Huamán (Cusco, Perú) es comunicador y antropólogo visual de origen quechua. Se desempeña como investigador asociado en el Instituto de Etnomusicología de la Pontificia Universidad Católica del Perú (IDE-PUCP) y es miembro del Grupo de Investigación en Antropología Visual de la misma institución (GIAV-PUCP). Trabaja como docente de Ciencias Sociales y Comunicación en la Universidad Tecnológica del Perú (UTP) y como asesor de investigaciones con enfoque intercultural en la Asociación Pukllasunchis de Cusco.
Todo quedó en tinieblas. Frente a nosotros, en la pantalla negra, apenas se iluminaban unas pequeñas letras blancas que se sucedían unas a otras, dejando constancia de un equipo de gente que hizo una gesta cinematográfica (y de búsqueda de justicia social). Hubo silencio, mucho silencio y quietud en la sala. Mientras yo desataba el nudo de mi garganta y buscaba algo de sequedad para mis ojos, pensaba que nunca me había pasado algo como eso. Nadie se movía. Nadie hablaba. Entre algunos sollozos tímidos, solo se escuchaban el ritmo suave y dulce de un charango chillador y la voz de la cantante Edith Ramos, que se alejaban. La película Uyariy (2025), estrenada hacía poco en cines peruanos, nos había abandonado, dejándonos en el dolor y la desolación, pero también en la rabia. Porque luego de unos minutos, alguien valiente —siempre hay alguien valiente—, convirtió el duelo en lucha. El silencio, en estruendo; la quietud, en acción, ojalá que en acción.
Ese alguien gritó:
¡Justicia!
¡Justicia!
¡Justicia!
El coro se había encendido.
¡Dina asesina, el pueblo te repudia!
¡Dina asesina, el pueblo te repudia!
¡Dina asesina, el pueblo te repudia!
Hasta un día antes, yo no sabía si vería este documental dirigido por el cineasta Javier Corcuera (La espalda del mundo, 2002; Invierno en Bagdag, 2005; Sigo siendo, 2013; El viaje de Javier Heraud, 2020). La película, que recoge una serie de testimonios sobre la matanza ocurrida en la región de Puno en enero del año 2023, había sido retirada el día de su estreno —el jueves 8 de enero— de las salas comerciales de la cadena Cineplanet en Arequipa, Puno y Cusco, ciudad esta donde yo me encontraba. En Juliaca, la empresa apenas programó una función —¡a las 2:50 p.m.!— y en Lima los horarios eran una invitación a la ausencia. Incluso en la web desapareció el cartel de la película, como si no existiera. Otras cadenas no actuaron con tanto desparpajo, pero tampoco con entusiasmo. Sin embargo, el viernes 9 de enero amanecimos con la sorpresa de que podríamos verla. ¿Fue la presión social en las redes sociales? ¿Fuimos todos levantando la voz, quebrando el silencio? ¿Fue la memoria buscando su espacio?
La censura en el cine tiene muchas caras. Aunque —por ahora— no existen oficialmente órganos censores que decidan lo que se ve o no en las pantallas —como ocurría en las dictaduras de la segunda mitad del siglo XX—, en estos tiempos la excusa del mercado solo admite en las carteleras lo políticamente correcto o domesticado. Una película de no ficción, de corte político-social, que evidencia la represión del Estado y que, para colmo, es peruana, resulta incómoda para muchos agentes del establishment. No sorprende que esto haya sucedido: el cine peruano que no es una extensión de la televisión —y de sus clichés y sus marcas—, o de los trends de determinados influencers, no es atractivo para los barones del cine. La calidad cinematográfica poco les importa, pues la gestión de la cartelera es muchas veces una muestra de su desprecio contra nuestra inteligencia. Y quizá por eso la respuesta del pueblo o, para hablar en sus términos, la demanda del mercado, sea la paradoja más justa. Porque, para decirlo sin mucho rodeo, el tiro les salió por la culata. El incremento de la audiencia durante el primer fin de semana ha sido ascendente, como se aprecia en los siguientes números:
Jueves 8 de enero, 2026: 732 espectadores
Viernes 9 de enero: 2.842 espectadores
Sábado 10 de enero: 5.523 espectadores
Domingo 11 de enero: 7.086 espectadores
Hasta aquí, he hablado muy poco de la película, quizá porque es difícil hacer lo que hizo Corcuera y su equipo. Hablar de la muerte —o, perdón, del asesinato— de personas inocentes es duro, en especial si uno intenta hacerlo con cercanía, justicia y respeto. El documental, como su nombre lo indica (uyariy, en idioma quechua, se traduce como “escuchar”), expande una oralidad silenciada por medio de las voces de deudos y actores sociales que estuvieron inmersos en el contexto de la represión. La música —y por extensión el baile— traduce el dolor y la lucha a diversos ritmos, como los ayarachis, los sikuris y el huayno. Es una película hecha realmente para sentir por medio de la escucha, incluso la escucha de disparos. Así, entendemos que en los pueblos de los Andes, como decía Manuel Scorza, hay cinco estaciones, la última propia solo de ese lugar: primavera, verano, otoño, invierno y masacre.
Uyariy no se queda en los hechos del 2022 y 2023, sino más bien traza memorias largas de violencia contra la población de Puno en los últimos cien años, y muestra incluso que las personas de dicha región eran sometidas por reclamar un derecho tan básico como el de la educación (la rebelión de Huancho Lima de 1923). Si uno tiene, como dijo Blanca Valera, el alma puesta, es imposible no sentir una disconformidad con la historia y, por supuesto, también con la historia reciente. A mí, frente a esos hombres de poder, se me ocurren en respuesta estos versos de Magda Portal:
Homicidas hipócritas traidores
profetas del horror
por eso digo
malditos sean por los siglos de los siglos.
Vuelvo al inicio, solo para terminar. La sala aún estaba en tinieblas y en silencio, reflejando de alguna manera nuestro miedo y quietud frente a las injusticias de nuestra realidad. Sin embargo, en el ambiente refulgían aún algunas chispas de esperanza. Una de ellas llegó en las palabras del padre Luis Zambrano —padre Lucho— de la parroquia Pueblo de Dios de Juliaca: “Esto siempre ha sido así, pero no siempre tiene que ser así”.
Que así sea.