Cuando los sueños de juventud no bastan y la supervivencia apremia
«Yo quiero ser feliz de una manera pequeña. Con dulzura, con esperanza, con insatisfacción, con limitación, con tiempo, con perfección».
Martín Adán, La casa de cartón
«No le pido mucho a la vida. ¿Acaso eso es mucho pedir?».
Alberto Fuguet, Velódromo
Diez años atrás, luego de un viaje a la playa, el grupo de chat de Facebook que creamos para coordinarlo sobrevivió el fin del viaje. Algunos allí dentro ya éramos muy amigos. Otros, no tanto. La conversación migró de Facebook a WhatsApp. Algunos la abandonaron a tiempo. También hubo unas cuantas expulsiones. Hasta que hace cinco años el grupo consolidó su forma definitiva. Hoy, entre otras muchas cosas, funciona como un lugar seguro para hacer preguntas, meter al laboratorio ciertas ideas o perder el día —a veces, la semana entera— debatiendo hasta qué punto la última novela de esa famosa escritora cometió apropiación cultural. Un viejo chat grupal. También un grupo de viejos amigos.
Quizás a partir de constatar que la mitad del grupo ahora vive fuera del Perú —o a lo mejor por el impacto que tuvo en nosotros la película Los delincuentes (2023), de Rodrigo Moreno— desde hace un rato cada cierta cantidad de días asoma la inquietud acerca de qué hacemos con nuestras vidas en esta etapa. Estamos ingresando al tramo final de nuestros treintas y ya deberíamos tener un par de cosas claras. Particularmente, eso: cómo ocupamos nuestro tiempo, cómo quisiéramos ocuparlo.
Digo que la película de Rodrigo Moreno hizo su parte porque, además de ser la mejor película del año 2023, arranca con una premisa que a cualquier ser humano que deba trabajar le aprieta esa herida tan amarga: un empleado de banco decide robar el dinero que necesita para procurarse un sueldo por el resto de sus días; esconderá los billetes, cumplirá la condena de cárcel que se le asigne y luego recuperará la plata y no tendrá que trabajar nunca más. Una idea radical y, sin embargo, repleta de sentido común.
Digo también que la migración de la mitad de nuestro grupo ha removido estas preguntas porque, desde entonces, la mitad de esa mitad —entre la que me incluyo— ha visto reducida las horas que dedica a ejecutar ese oficio que lo hacía pertenecer a cierto gremio. En concreto: un amigo cineasta que antes trabajaba como director de publicidad ahora se procura el sustento limpiando oficinas, y yo he dejado de escribir artículos para revistas, doy paseos a perros y busco un trabajo de limpieza que pague tanto como el de mi amigo.
Nunca me gustó escribir artículos para revistas. Es posible que haya sido una de las cosas que menos me ha gustado hacer por dinero. Aun así, no puedo negar que uno comienza a hacerse preguntas cuando, después de pasarse la vida sentado frente a una computadora, acomodando palabras, de pronto se encuentra generando euros con el esfuerzo del cuerpo. A mí me acomoda bien, pero también comprendo que aquello puede descentrar la identidad que cada uno ha construido para sí mismo.
No importa cuánto me haya radicalizado en el último lustro, siempre que alguien me pregunta qué soy, qué hago, a qué me dedico, mi respuesta suele ser algo así: «Trabajo con textos. Redacto, corrijo, edito». Y luego, de taquito, restándole importancia: «También he escrito un par de novelas, pero con eso no gano plata». Sin interesar cuánto yo haya querido darle un lugar central a mi escritura —a su forma no lucrativa—, frente a los demás, en ese marco social en el que uno acaba por dar cierre a la identidad que va limando a solas, siempre opto por hablar de trabajo.
He permitido que el trabajo me defina.
Y aquí no vale consolarse hablando del placer que uno encuentra en el trabajo ni del aporte a la humanidad —o a los textos de la humanidad— que mi trabajo implica. Trabajo es trabajo: todo aquello que uno dejaría de hacer de inmediato apenas tuviera el dinero suficiente para no trabajar más.
En el grupo de WhatsApp, conseguimos cierto consenso acerca de aquella trampa: hay que evitarla. Lo que hacemos por dinero no debe definirnos, no importa que en algunos casos pueda incluso darnos status. Ser director de piezas publicitarias o editor de una revista da reposo a las angustias de tu familia y a las de tus amigos más conservadores, pero ¿quién te va a rescatar más adelante, cuando descubras que dedicaste tus mejores años a empresas, productos e ideas que no solo no significaban nada para ti, sino que además aborrecías?
Muy bien. Pero allí mismo surge la siguiente duda: ¿acaso escribir y filmar no ejercen una tiranía semejante? La vocación también puede ser una jaula. La obligación de encontrar o reconocer un propósito, piedra en el zapato. En un grupo de WhatsApp como el nuestro, en el que la fantasía es hacer películas, libros y canciones, atentar contra ese mandato parece una traición. Veinte años atrás, todos éramos jóvenes estudiantes de cine, literatura y música con sueños muy concretos. Desde entonces, hemos vivido atormentados por la posibilidad de nunca cumplirlos. O peor: de cumplirlos y descubrir que no bastaban. Que el mecanismo de ese tipo de sueños era insaciable.
El arte se piensa como un objetivo anticapitalista, pero también es uno de los más burgueses.
Uno de nosotros —el que lleva varios meses sobreviviendo a una exigencia laboral extrema— afirma que lo único que quiere es vivir tranquilo con su futura esposa, sin deudas, atendiendo a sus perros, construyendo un hogar. Antes ha sido un prolífico compositor de canciones y ahora ni menciona la guitarra. Quiere simplemente existir. Es inevitable leerlo a partir de su circunstancia límite, pero de todas formas su deseo resuena entre los demás. Es el mismo idilio que vimos en la película Los delincuentes. No había en ella tipos apresados por su ambición artística. Querían conectar con la belleza —natural y humana—, pero sus vías eran otras. Si se quiere, más simples. Si se quiere, más puras.
La discusión, como todas las del grupo, no se resuelve. Cada ciertos días, uno de nosotros prueba con una idea nueva. Tratamos de orientarnos en la búsqueda de una vida plena. Coincidimos en querer una existencia tranquila, sin deberle plata a nadie, con estabilidad emocional, seres queridos, mascotas, plantas, pero también tenemos miedo de que aquello no sea suficiente. Fuera de los mandatos de productividad, nuestra identidad corre el riesgo de diluirse. Alejados de los deseos caprichosos, ¿cómo haríamos para emocionarnos por los misterios del futuro? Ninguno de nosotros es tan zen. Tenemos a una yogi, pero es la más ansiosa del grupo. Lo que sabemos: estamos hartos de vivir tan partidos.
¡No desenchufes la licuadora! Suscríbete y ayúdanos a seguir haciendo Jugo.pe