¿Y si ese panetón con chocolate fuera el recordatorio de cómo sobrevivir?
¿Ya te comiste ese panetón de masa madre a escondidas, antes de que empiecen oficialmente las fiestas? ¿Ese primer trozo solo para probar, seguido de otro trozo, y quizás otro, y otro, hasta acabártelo todo, una tarde cualquiera de diciembre?
Diciembre es un mes extraño para el cuerpo. Mientras el calendario nos empuja a celebrar, compartir y comer, una voz interior nos recuerda promesas de salud, ligereza y disciplina. En esta época, las tentaciones abundan y, con ellas, el placer culposo, por el miedo a ganar grasa corporal. Pero ¿y si ese impulso no fuera un fallo de voluntad, sino una memoria de nuestro pasado evolutivo?
En gran parte del mundo, diciembre es invierno: frío, oscuridad, recogimiento. Es la estación en la que muchos animales reducen su actividad, se esconden y, a veces, entran en letargo. Para ellos, la grasa no es un problema: es reserva, abrigo y combustible para atravesar tiempos difíciles
Si bien los humanos nunca hemos hibernado biológicamente, el letargo es un rasgo muy antiguo en mamíferos y nuestro cuerpo conserva cierta memoria. El lémur enano de cola grueso, un primate que vive en los bosques secos de Madagascar, hiberna, aunque vive en el trópico. Cuando la estación seca se alarga y el alimento escasea, este lémur come más, acumula grasa —especialmente en la cola— y luego se retira del mundo: se refugia en el hueco de un árbol y entra en un letargo profundo que puede durar semanas o meses. Su metabolismo se apaga casi por completo, su cuerpo deja de gastar y vive de lo que guardó.
Durante mucho tiempo se creyó que los primates no podían hacer esto y que cerebros complejos como los nuestros no toleraban el letargo. El lémur demostró lo contrario. Nos recordó que, en el fondo, guardar energía y esperar es una estrategia tan antigua como la vida misma.
En Lima, diciembre llega con sol, mangos y playa. Y mucha abundancia. No hay nieve ni chimeneas. Y, aun así, algo en nosotros se comporta como si el invierno existiera. Comemos más, buscamos alimentos densos y descansamos distinto. El cuerpo parece seguir un calendario que no siempre coincide con el clima. Nos atiborramos de panetón.
Durante siglos, hemos tratado a la grasa corporal como un exceso, una carga, algo que sobra. Una sustancia inerte y fastidiosa que cargamos a todas partes y, a la vez, despreciamos. Sin embargo, la ciencia contemporánea está obligándonos a revisar nuestros paradigmas. Hoy sabemos que la grasa, el tejido adiposo, no es un simple almacén, sino un órgano vivo, activo y comunicativo. Podría considerarse a la par del hígado, los riñones o un pulmón. Produce hormonas, participa en el metabolismo y la regulación del apetito; también colabora con nuestra inmunidad, fertilidad, e incluso con nuestro estado de ánimo.
No existe una sola grasa, sino varias: blanca, marrón, beige e incluso rosada. Algunas almacenan energía; otras producen calor; otras cambian su función según la etapa de la vida. Este tejido que tanto nos incomoda no es una simple colcha de burbujas grasosas, sino tiene nervios, vasos sanguíneos y células inmunitarias. Y, en muchos sentidos, habla y se comunica: dialoga con el cerebro y con otros órganos de nuestro cuerpo. Sin un mínimo de grasa corporal, el cuerpo empieza a fallar: se alteran las hormonas, se debilita la inmunidad, se compromete la fertilidad. En términos simples: sin grasa, no hay equilibrio.
El problema no es tener grasa, sino cuál y donde. La ciencia ahora distingue entre grasa “disfuncional”, la que se acumula en exceso alrededor de los órganos, y la grasa “metabólicamente saludable”, que nos permite producir energía y calor. Así, es momento de hacer las paces con nuestra grasa, entendiendo su rol como un sistema complejo, sensible y profundamente adaptativo.
Si este diciembre comes panetón de sobra y antes de tiempo, si repites el chocolate caliente aunque afuera haga calor, si tu cuerpo se vuelve un poco más blando y más lento, tal vez sea una forma muy humana de atravesar el año. Incluso en Lima, incluso en verano, llevamos inviernos antiguos bajo la piel. Y la grasa sigue ahí, intentando cuidarnos, a su manera. Hacer las paces con ella puede ser, también, una forma de celebrar.
Amén.