El arte de montar un mamarracho 


Una falta de respeto contra Szyszlo, Herskovitz y el público en general 


Dante Trujillo es periodista y editor. Magister en Literatura comparada y crítica cultural por la Universidad de Valencia. Ha publicado los cuentos de El palacio de la felicidad, el libro de entrevistas Puesto de confianza y la novela histórica de no ficción Una historia breve, extraña y brutal. Fundó y dirigió la revista Buensalvaje, fue editor del suplemento El Dominical del diario El Comercio, y ha sido jefe del Fondo Editorial del Congreso. Hoy dirige el Fondo de Cultura Económica en el Perú.


El mércoles 10 fui a ver la exposición “Centenario de nacimiento. Fernando de Szyszlo y David Herskovitz. 1925-2025” en el llamado Palacio de las Artes de Miraflores (PLAM).

Voy a aclarar de entrada que no soy quién para interpretar el trabajo de ambos creadores, no estoy premunido de lo necesario para analizarlo. Solo soy un aficionado que reconoce su relevancia dentro de la plástica peruana contemporánea. Lo que quiero contar aquí —deplorar, en realidad— es el mamarracho que es aquella muestra, una afrenta contra la cultura y contra esos grandes artistas.

No voy de esnob ni reclamándole peras al olmo, soy muy consciente de que sacar adelante una empresa cultural es arduo y casi siempre deben permitirse concesiones de todo tipo. Generalmente se hace lo que se puede con lo que se tiene. Pero de verdad que lo que han perpetrado en ese “palacio” —dicho sea de paso, qué huachafería pretenciosa llamarlo así— es un agravio. Eso no se le hace a un artista. Y menos a esos dos.

SZYSZLO

Si se entra por Diez Canseco, por donde fue siempre la galería Luis Miró Quesada, uno se topa con un texto curatorial sencillo y contextualizador firmado por un señor de apellido Ramos, lo que será casi toda la información que podrá hallarse. Ahí uno se entera, por ejemplo, de que no se trata de antologías ni de curadurías organizadas con algún eje, sino de series puntuales. En el caso de Szyszlo, de unas aguatintas que realizó en su juventud para ilustrar la primera edición peruana de El Quijote.

Antes de entrar a la nave rectangular, por todos conocida, uno se encuentra con una infografía grande, fea, básica, en el peor de los sentidos pueril sobre el pintor, inútil para cualquiera que tenga un teléfono a la mano; al lado, un vigilante, muy seguramente con problemas de audición, se carcajeaba viendo un episodio antiguo de El Especial del Humor

Ya en la nave, las ilustraciones, unas cuarenta. Tomando en cuenta que fueron hechas cuando el señor tenía 23, 24 años, están en algo. Nada extraordinario, ni mucho menos. Aquí se detecta ya una constante: las pocas cartelas que hay solo dicen obviedades, o repiten lo que ya dice la pieza misma, tipo “Sancho Panza como gobernador de Barataria”, y cosas así. Nada más. Cero.

La gente pasa, hace fotos, habla fuerte y se va. 

La salita intermedia, la que conecta con lo que era el primer piso de la municipalidad, es delirante. Delirante y triste. Hay una especie de instalación con un montón de cajas, algunas forradas en papel film. Si hubo una intención, es imposible acercarse a su sentido porque nada lo explica. Detrás hay cuatro fotos grandes: una de Luis Jaime Cisneros y otra de Aurelio Miró Quesada —quienes dirigieron aquella primera edición quijotesca de 1949—, una de Blanca Varela —lo que es una piedra— y una del mismo Szyszlo ya de mayor. Fotos, no solo sin ninguna razón de ser, sino tampoco ningún crédito, pegadas con globitos sobre unos foam. Hasta el perno. Lo único que tiene información es un pequeño busto del pintor. Nada tiene sentido. Nada vale nada.

Lo que sigue es un video realizado por la Gerencia de Comunicaciones o de Imagen de la municipalidad en el que, en ese estilo tan institucional, se habla sobre todo de la novela de Cervantes. Telaza, básico.

A continuación, se pasa por la que era la entrada secundaria de la municipalidad. Ahí, otra pared anuncia la muestra de cara a la vereda de Larco, pero el plotter está tapado por un árbol de Navidad. Al lado hay un muñeco de Papá Noel de tamaño real que le podría provocar pesadillas a David Cronenberg.

Al margen de que se trata de un artista que me interesa más, la parte de Herskovitz es mucho más amplia y nutrida. Empieza en esa zona de distribución que da a Larco con dos collages. Estos están acompañados de un texto breve, de unos cuantos párrafos, pero que no explica nada de las obras, sino que da una información tipo Wikipedia de… ¡lo que es un collage! El cartel está evidentemente chueco y, por si fuera poco, hay una segunda versión, en inglés —que no quise leer para evitar la vergüenza ajena—. Hay que agregar que al lado hay otro busto pequeño, pero no de Herskovitz, sino de Kennedy. Esto porque JFK aparece, pequeñito, en una de las piezas. Todo es así de absurdo.

Luego se pasa a la sala llamada hoy Juan Acha, donde antaño quedaban las ventanillas de trámites municipales. Ahí lo que hay son trabajos en tinta y lápiz, dibujos, no cuadros propiamente dichos. Algunas piezas son interesantes, incluso potentes; otras, no tanto; otras, nada. Lo que llama la atención es que son muchísimas. Las conté: ochenta. Y, otra vez, ni un solo cartelito —pero ni uno solo— con alguna información, título, material, año. Las piezas, juntas según cierto aire de familia, estaban puestas como cupieron. No se ha buscado ningún efecto, causar ninguna impresión. Es como si alguien hubiera conseguido las obras para luego endilgarle a un burócrata su exposición, el que, a su vez, le ordenó a un operario colgarlas como fuera posible. Aquí no intervino ningún curador, ningún asalariado del arte ha podido trabajar en esto.   

Por cierto, en esta sala había un rack para un extintor, pero no el extintor, lo que parecía una de esas parodias del arte conceptual.

En todo el “palacio” no hay ni un solo mediador. Lo que sí hay son vigilantes chacoteros, oficinistas que se hacen la patería, serenos recibiendo reportes por radio con el volumen al mango. Ellos claramente no tienen responsabilidad, pero ninguna de esas personas debería trabajar ahí. Mientras tanto entra gente, mucha, familias, estudiantes, chicos, visitantes extranjeros. Harta gente que pasa, simplemente, y aturullada o decepcionada se va pronto.

El lugar en general y la muestra “Centenario de nacimiento” en particular dan lástima y vergüenza, y más teniendo en cuenta que es la galería de arte más visitada del país, ubicada en una zona privilegiada. Una que alojó muestras estupendísimas, muy recordadas, ricamente trabajadas por profesionales sensibles. Esta vez la poca gracia, el ningún interés se percibe desde el título mismo.

Y recordemos que se trata de dos superhéroes del arte nacional: qué triste lo que le queda al resto.

Nadie vaya a caer en la candidez de que por tratarse de Miraflores sus autoridades estén interesadas en cuidar, aunque sea por compromiso,  esa entelequia caviar llamada cultura. No, por supuesto que no: les vale un pimiento.


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5 comentarios

  1. Víctor

    Parece tener buenas razones para criticar esas muestras, pero por lo mismo debería hacerlo con más argumentos y seriedad. Ese estilo «juvenil» con calificativos como «telaza», «piedra», desvirtúa el propósito que se persigue. Deja todo en la ligereza y genera desconfianza en el lector. Más respeto, por el arte, por la crítica y por sí mismo.

  2. Jaime Blume

    que se puede esperar de esta administración…. Todo Miraflores venida a menos…

  3. Fel

    Excelente resumen del sentir que generó esta exposición la cual no dejó nada para el análisis, salvo los que admiramos por ej a Hersko, el de ver más obras de él pero para un desconocedor qué intenta saber algo de los que está viendo, se irá sin nada salvo con las ganas de indagar en la web.

  4. Luisa Fernanda Ayllón

    Voy a ir a ver la exposición, me encanta Herscovitz. Como artista trato de ver buenas muestras , pero hace unos meses asistí al MAC a la retrospectiva de Szyszlo y con mucha pena vi el mínimo y ridículo espacio y calidad de montaje que desmerecía a un artista como él.

  5. LJ.h

    El autor busca protagonismo con su nota, generando polémica gratuita para entrar en vigencia. Su tono sensacionalista y despectivo —llamando «mamarracho» a la exposición— parece más un intento de posicionarse como crítico audaz que un análisis constructivo. Al enfatizar su trayectoria y descalificar cada detalle con ironía ácida, prioriza la provocación sobre el debate cultural serio. Parece menos interesado en el arte que en capitalizar la controversia para llamar la atención.

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