Catálogo de mordazas a la prensa


La larga lucha por la libertad de expresión en América Latina


Esta semana en el Congreso de LASA (Latin American Studies Association) he regresado a mi esquizofrénica peregrinación de ida y vuelta al siglo XIX y a los temas mucho más actuales que también me apasionan. Tengo colegas que se quejan del exceso de paneles (suman más de seis mil), de la variedad de los temas y de que resulta imposible verlo todo, porque las sesiones paralelas a veces son ocho a un mismo tiempo. A mí esta diversidad me resulta increíblemente enriquecedora. Durante cuatro días se discuten literalmente miles de temas relacionados con América Latina, desde todo tipo de preferencia metodológica y presentando una oportunidad única de asomarse a su realidad.

Paseando de panel en panel he caído en la cuenta de que aquellas luchas acaecidas en el siglo XIX de las que hablamos no son tan distintas a las del siglo XXI. Desde hace tiempo pienso que los medios de comunicación que conocemos ahora, que permiten a cada uno publicar en redes lo que quiera y que ofrecen espacios digitales donde plasmar las ideas propias en una (teórica) completa libertad, adolecen en cambio de una mayor precariedad respecto de los grandes medios del siglo XX, debido a que la publicidad ha dejado de ser una fuente de financiamiento efectiva, con todo lo bueno y todo lo malo que ello implica. Para empezar, como nos recordó Óscar Martínez, jefe de redacción del galardonado medio salvadoreño El Faro, un gran empresario ya no puede llamar al editor a decirle «esa nota no sale». La independencia de los medios digitales favorece el acceso directo a la publicación de noticias, sin tantos mediadores con potestad de filtrar lo que puede aparecer o no.

En el trabajo que expuse, comparo los varios periódicos titulados El Progreso que coexistían a mediados de siglo en Lima, Bogotá, Santiago, Buenos Aires y Caracas, financiados sin ninguna publicidad como la que uno podía encontrarse en El Comercio. Algunos de esos rotativos sirvieron de base para lanzar incipientes partidos políticos, conocidos como Clubs Progresistas. Un análisis comparativo muestra, sin embargo, que en muchas ocasiones las coincidencias entre estas publicaciones de nombre idéntico no eran tantas. En cada una de estas capitales se concibió el progreso de manera ligeramente diferente: el periódico bogotano, por ejemplo, apoyaba al candidato conservador en los comicios electorales, mientras que su equivalente limeño hizo otro tanto con Domingo Elías, quien representaba las esperanzas de los liberales.

En Santiago de Chile la postura de El Progreso fue aún más radical, tal y como mostró en su ponencia mi colega James A. Wood: dicha radicalidad llevó a que su editor, el porteño exilado Bartolomé Mitre, se viera obligado a defender ante el tribunal de imprenta al joven Benjamín Vicuña Mackenna, autor de un controvertido artículo donde este futuro historiador acusaba al candidato presidencial Manuel Montt de haber asesinado a sus opositores durante un levantamiento en Valparaíso. En abril de 1851 había estallado la violencia en la ciudad portuaria y, en el curso del enfrentamiento más sangriento, unos doscientos hombres fueron heridos y una cifra similar asesinados. Vicuña Mackenna llegaba a consignar ciento sesenta y tres nombres en Tablas de sangre, el susodicho artículo por el que fue enjuiciado, evidentemente inspirado en otro titulado Tablas de sangre de las administraciones de Rosas, desde 1825 hasta el 31 de julio de 1843, que apareciera en las páginas de El Nacional en agosto de 1843: esa concomitancia de titulares nos demuestra cómo el periodismo de aquel entonces se hallaba tan interconectado como el que se ejerce hoy.

Mitre publicó el controvertido artículo sin especificar el nombre de su autor y, dado que Vicuña Mackenna ya se encontraba en el exilio, tuvo como editor responsable que enfrentar el juicio, pues se consideraba que el texto en cuestión era sedicioso. La ley del abuso de la libertad de prensa dejaba en claro que, de ser declarado culpable el encausado (en este caso Mitre), la pena por infringir la ley podía ser el exilio, la cárcel o una multa. El editor asistió al escrutinio del asunto por parte de un juez y también de un jurado que, al condenar su acto, lo obligaron a pagar una multa de 500 pesos. La defensa no se ejerció, sin embargo, en el tribunal, ya que allí no existía posibilidad real de justicia, sino desde las páginas de El Progreso. Mitre argumentó que, debido a los múltiples procesos que enfrentaba su imprenta, así como a la falta de independencia de los miembros del tribunal, la libertad de prensa había dejado de existir en Chile. Un mes más tarde, el candidato Mitre partió rumbo a Montevideo, desde donde se uniría a la campaña contra Juan Manuel de Rosas.

Si bien en el Perú no contamos aún con un trabajo así de exhaustivo sobre los tribunales de prensa durante el siglo XIX, Marcel Velasques nos recordó que este tipo de ataques como el descrito en el contexto chileno se dieron también en nuestro país. Luego hizo referencia a la tesis doctoral de Lucía Salazar, defendida en la Universidad de San Marcos, donde se muestra que, con la independencia nacional, la libertad de imprenta trajo consigo que ya no se pudieran cambiar los textos antes de su publicación, pero sí limitar la circulación de los medios que los albergaban. Otros trabajos futuros sobre los tribunales de prensa que también ejercieron su labor censora en el Perú mostrarán con mayor detalle cómo se buscó limitar la libertad.

Pero volvamos al presente: el jueves 13 de junio, la periodista Paola Ugaz recibió el premio LASA de periodismo y en su presentación nos recordó la persecución de la que viene siendo objeto por su trabajo de denuncia de los crímenes cometidos por la secta católica Sodalicio. Si bien ya no existen tribunales de prensa y se supone que la libertad es irrestricta, la judicialización de los ataques que ha sufrido nos muestra que lo que sucedía hace más de ciento cincuenta años sigue ocurriendo en la actualidad. 

Nos toca defender a los periodistas para que puedan seguir haciendo su trabajo porque, si la búsqueda de la verdad está bajo amenaza, todos estamos amenazados.


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