Hoy, más que nunca, una defensa ciudadana contra los arboricidios en Perú
Destruye las raíces, interrumpe el riego y compacta el suelo con maquinaria pesada: tal parece haber sido la receta aplicada por el contratista de la Municipalidad Metropolitana de Lima durante la remodelación —y supuesta modernización— del Campo de Marte. El resultado es desolador: una veintena de grandes eucaliptos centenarios derribados y alrededor de un centenar más seriamente comprometidos, camino a la muerte. Para muchos especialistas y vecinos, se trata del peor ecocidio urbano de la historia reciente de Lima, producto de una mezcla de incompetencia técnica y desidia administrativa, en una obra valorizada en 26 millones de soles destinada, paradójicamente, a renovar caminos, equipamiento urbano y el sistema de riego.
«Es el paisaje de Marte, ya no el Campo de Marte», comentó con desaliento el ingeniero forestal Guillermo Gonzales Scheggia, miembro fundador de la Asociación Peruana de Ecosistemas Urbanos y Arboricultura (APEUA), después de participar en una inspección junto a los vecinos del colectivo ciudadano “Salvemos el Campo de Marte”. Recién tras reiteradas cartas, denuncias y protestas, el Fondo Metropolitano de Inversiones (INVERMET) permitió el ingreso de los ciudadanos a la obra.
Cuando la obra comenzó en octubre del año pasado y los árboles empezaron a secarse, los vecinos denunciaron la falta de mantenimiento y seguimiento técnico. Pero el problema va mucho más allá de la falta de riego. «Cuando mutilas las raíces, los árboles quedan sin anclaje y su muerte prácticamente está asegurada. Las excavaciones para construir veredas o instalar tuberías afectan gravemente a ejemplares tan grandes y longevos», explica la ingeniera forestal Yamile Sánchez, de la asociación Ciudad Viva.
La preocupación es aún mayor porque el inventario del arbolado se está realizando cuando las obras ya están avanzadas, un procedimiento que debió efectuarse antes de cualquier intervención. Una mesa técnica instalada recientemente evalúa los daños y define los próximos pasos, pero advierte que muchos árboles podrían desplomarse en los próximos cinco o seis años debido al deterioro de su estabilidad. «No existe un censo adecuado previo a la intervención, y el número de árboles afectados probablemente seguirá aumentando porque ha habido una suma de malas prácticas», sostiene Sánchez. «Esos árboles podrán ser reemplazados, pero harán falta décadas para recuperar la sombra, la belleza y los servicios ambientales que hoy prestan a la ciudad».
Este arboricidio tiene numerosos antecedentes en nuestra gris ciudad. Hace pocos años, la ampliación de la estación Naranjal del Metropolitano mutiló 10 hectáreas del parque zonal Sinchi Roca, en Comas. En el distrito de Pueblo Libre, un proyecto de ciclovía planteó en su momento la remoción de cerca de un millar de árboles, generando una fuerte reacción ciudadana. En San Isidro, Miraflores y Lima Este diversas remodelaciones viales y de espacios públicos han sido cuestionadas por la tala o el trasplante de árboles maduros para dar paso a nuevas pistas o estacionamientos. Por toda Lima, vecinos impotentes denuncian podas drásticas y destrucción del verde para modernizar la ciudad bajo mantos de cemento, con el argumento de la modernización o la seguridad.
Ingenieros desfasados, burócratas municipales y contratistas de bajo calibre siguen viendo los árboles como obstáculos para la obra pública y no como infraestructura verde esencial para enfrentar el calor, la contaminación y la mala salud urbana. Esto ocurre en abierta contradicción con las tendencias globales del urbanismo sostenible que promueven estrategias de renaturalización (urban rewilding), incremento del arbolado, despavimentación y sustitución de los céspedes ornamentales intensivos por pavimentos permeables y comunidades vegetales nativas, debido a sus mayores beneficios para la biodiversidad, la regulación climática y el ahorro de agua y costos de mantenimiento.
En nuestra ciudad, muchas obras recientes parecen librar una guerra contra el verde y la biodiversidad y el caso del Campo de Marte vuelve a poner sobre la mesa una pregunta recurrente: ¿cómo modernizar la ciudad y el espacio público sin destruir el patrimonio ecológico y paisajístico que nos protege y nutre?
El Campo de Marte ha sido escenario de batallas desde su origen en 1903, como lo recuerda su nombre, en honor a Marte, el dios de la guerra. Hoy, más de un siglo después, vuelve a ser un campo de disputa, pero esta vez entre dos visiones de ciudad: una que entiende el progreso como más cemento e infraestructura, y otra que reconoce en los árboles antiguos un patrimonio irremplazable.
Más allá del conflicto actual, este lugar es también un condensado de la historia urbana de Lima. Otrora Hipódromo de Santa Beatriz, fue escenario de competencias hípicas, luego tuvo usos vinculados a la aviación —donde hoy se levanta el monumento a Jorge Chávez— y, desde 1938, se consolidó como parque público con jardines, áreas deportivas, una concha acústica y diversos monumentos. Con sus casi 15 hectáreas, es en la actualidad uno de los principales pulmones verdes de Lima.
¿Ya es muy tarde para defenderlo? Seguramente, no. Mientras algunos vecinos impulsan una denuncia penal contra los responsables de este despropósito, otros se agarran de las manos en una gran cadena humana para abrazar el Campo de Marte, tal como ocurrió con el Movimiento Chipko en la India, cuando mujeres campesinas se aferraron a los árboles para proteger a los bosques del hacha del supuesto desarrollo.
En hindi, chipko significa abrazar o aferrarse.
Quizá esa sea hoy la forma más simple y más profunda de defender una ciudad: abrazar aquello que todavía la mantiene viva.
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