Carta a mis amigas  


¿Qué decirle a personas queridas que te criticaban por tu voto?


Estas elecciones peruanas, como las anteriores, han sido intensas y agotadoras, y ahora que queda claro que Keiko Fujimori ha sido elegida, queda aceptar los resultados a pesar de ser tremendamente ajustados. No seré quien los ponga en duda como hizo la candidata hace cinco años: son los que son, y son elocuentes sobre nuestro más que imperfecto sistema electoral.

Entiendo, amigas, su tranquilidad y alegría. Deseo que Fujimori elija gobernar para el bien del país y pueda hacerlo, pues los peruanos realmente lo necesitamos, sobre todo aquellos con vidas precarias y vulnerables. A riesgo de equivocarme, por ahora haré el enorme esfuerzo de creer que el fujimorismo puede cambiar y gobernar pensando en el bien común, a pesar de que en la última década haya estado muy lejos de ello.

Ustedes saben que no he votado nunca por Keiko Fujimori, como tampoco lo hice por su padre. Algunas de ustedes, a quienes quiero y respeto, lo han hecho siempre; algo que, si bien no comparto, considero válido. De eso se trata la democracia, de convivir a pesar de discrepar. Nuestra amistad se ha sostenido por el cariño y respeto mutuo. Pero hay entre ustedes quienes no me han concedido el derecho a tener una opinión divergente y, simplemente, me han marginado por atreverme a expresar mi opinión de manera pública. En verdad, sí me apena que se hayan normalizado estas convicciones poco democráticas, porque, así como ustedes, yo no puedo cambiar, ni maquillar mis opiniones y principios.

A mí el fujimorismo me tocó de manera personal. Cuando trabajé en el Congreso durante la re-reelección del año 2000, recibí amenazas escalofriantes que buscaron limitar mi acción política como voluntaria en la Asociación Transparencia. Ese tipo de maniobras con alguien insignificante como yo, me dejó en claro que el fujimorismo no tiene límites al momento de imponer su posición. Años más tarde, revisé miles de horas de testimonios de las víctimas del conflicto armado interno y colaboré con la creación del espacio de investigación en el Lugar de la Memoria. Ese ejercicio me dejó en evidencia que, si bien Sendero Luminoso inició una guerra sin cuartel y que el MRTA lo siguió en ese camino de terror, el Estado peruano eligió abusar de los ciudadanos que debía defender. Los 80 fueron los años más violentos, pero la estrategia de Alberto Fujimori llevó a la muerte de muchos inocentes aniquilados por el grupo Colina. Conocer a los sobrevivientes y a sus familiares de esa época me hace imposible dejar esa memoria de lado.

Cuando acompañé a Inés Ruiz en su doctorado sobre las esterilizaciones forzadas en Huancabamba en los 90, conocí el racismo que hizo posible esa política. Conocí a mujeres como Esperanza Huayama, que fue esterilizada contra su voluntad con cuatro meses de embarazo. Ella perdió a su bebé y hasta ahora sufre las secuelas, y hace nueve años la acompañé hasta el Parlamento británico en su búsqueda de una justicia que no llega. Qué triste es comprobar cuán poco hemos cambiado cuando, tras estas elecciones, una joven limeña escribió en redes sociales que ojalá esterilizaran a más mujeres pobres en los Andes para que no votaran por el candidato al que desprecia.

Y si bien eso sucedió cuando gobernó su padre, comprenderán ustedes la preocupación que sentí cuando la señora Fujimori afirmó en estas elecciones que iba a gobernar como él. Además, si hacemos algo de memoria, recordaremos su ambición: en 2016, Pedro Pablo Kuckzynski le ofreció el puesto que quisiera para hacer un gobierno viable, pero ella no dejó de obstaculizarlo aprovechando su mayoría en el Congreso hasta lograr su vacancia: demostró que lo suyo no era ideológico, pues se trataba de un gobierno de derecha, sino que buscaba venganza y control absoluto.

Concordemos también en que durante estos últimos cinco años, su maquinaria ha ido copando las instituciones electorales, judiciales y, sobre todo, el Parlamento, en tanto los medios más poderosos la han apoyado repitiendo toda clase de inexactitudes. Desde aquella torpe movida de Pedro Castillo, que ilusamente intentó un golpe, el fujimorismo ha sostenido los gobiernos de Dina Boluarte, José Jerí y José Balcázar. Hay desde entonces más de cincuenta muertos que lamentar y su aparato político ha obstaculizado las investigaciones contra quienes dispararon a niños, jóvenes y personal médico. Ahí, Keiko Fujimori eligió emular a su padre.

Los resultados de esta última elección han sido extremadamente ajustados, y queda claro que Roberto Sánchez no ha logrado convencer a muchos de quienes hace cinco años votaron por el vacado Pedro Castillo. El país está dividido entre Lima, la costa norte y la tierra baja de la Amazonía —que han votado por Fuerza Popular—  y los espacios atravesados por los Andes que han votado por Juntos por el Perú. Espero que una de las conclusiones que saque Keiko Fujimori de todo ello sea que debe gobernar para todos.

Finalmente, pemítanme una observación sobre el voto de los peruanos en el exterior. Llevo más de 30 años fuera de mi país y el Perú nunca me ha dejado de importar y doler. Quienes nos fuimos y seguimos conectados, tenemos todo el derecho de votar. Esta vez fueron esos votos, a pesar de la poca asistencia, los que hicieron una gran diferencia. Pues bien: no escucho a quienes por años me acusaron de no tener derecho a opinar, por vivir fuera, quejarse ahora de que esos votos favorezcan a su candidata. ¿No será que no les molestaba que yo votara, sino que lo hiciera por quien no consideraban apropiado? 

Estoy segura de que ustedes, mis amigas, al igual que yo, no avalan la corrupción desmedida de los últimos años, y que no quieren un país violento y desigual, donde el crimen organizado y la extorsión conviven con el narcotráfico y la trata de personas. Yo sé que quieren un país mejor y más justo, pero están convencidas de que deben detener al “comunismo” a toda costa. 

Nuestra discrepancia nace del diagnóstico, y espero que puedan entender mi posición. Que podamos seguir con nuestra amistad y que, al final, sea yo la gratamente sorprendida con el gobierno de Fujimori, mientras se me permite seguir expresando libremente mi opinión.

Como siempre, me mantendré atenta, lista a advertir cualquier abuso.


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