Bronca


Cómo una ficción bien producida puede ser el reflejo del sistema que nos gobierna 


No deja de sorprenderme cómo, desde que Netflix inició su servicio de streaming a 130 países en 2016, nuestra obsesión por las series no ha hecho más que aumentar. Las plataformas se han multiplicado y a ratos parece que no hay grupo en que la conversación no se decante por lo último que se ha visto: yo misma comencé el 2024 poniéndome un poco al día con las series porque el año que pasó estuve tomada por la escritura de un manuscrito. 

Entre ellas, la serie Bronca —Beef en inglés— no había ni siquiera entrado a mi radar. No sé si no ha tenido mucho éxito en el Perú, pero entre mis muchas tertulias con los fanáticos del género no oí nada. Lo primero que escuché hace poco fue que arrasaron en los premios Emmy y ahí sí presté un poco más de atención, porque la comediante Ali Wong aparece a menudo en mis redes  y su estilo desfachatado —la recuerdo una vez con una panza de embarazada de casi ocho meses— me gusta mucho.

Así, sin esperar mucho, empecé a ver la serie de Lee Sung Jin y quedé enganchada desde la primera escena. Su premisa es sencilla: dos personas se ven envueltas en un incidente de furia en el estacionamiento de una tienda, lo que lleva a una persecución por la ciudad que termina desencadenando una ola de venganza fuera de toda proporción, y que arrastra incluso a las familias de ambos protagonistas. 

No voy a entrar en muchos más detalles sobre lo que ocurre y, aunque se las recomiendo mucho, deben tener en cuenta que se necesita estomago para ver cómo los protagonistas se convierten en seres desagradables y capaces de hacer cosas terribles para ‘vengarse’ del otro. Lo que más llama la atención es cómo la serie logra mantener el suspenso y la tensión durante cada uno de los capítulos, en gran parte porque rápidamente nos damos cuenta de que sus personajes son capaces de hacer lo que sea necesario para seguir en su camino de destrucción del otro. También me sorprende cómo se humaniza a dos personas tan desagradables. Esto se logra porque,  como espectadores, entendemos plenamente los sentimientos de los protagonistas y podemos sentir de manera palpable su frustración.

Intuí una conexión con la galardonada película coreana Parásitos (2019) donde también se retrata esa rabia que subyace, pero que siempre está presente en las sociedades capitalistas atravesadas por profundas diferencias de clase. Tampoco falta la angustia que genera estar en el mero centro de este mundo capitalista, con riesgo de caer fuera del círculo dorado, y las dificultades por mantener un estatus en un espacio donde la realidad muchas veces no es más que un enchape. Mucha más ilusión que verdad.

Al inicio, los protagonistas de Bronca parecen no tener mucho en común, más allá de una furia contenida y una incapacidad de compartir con sus familias lo que realmente están sintiendo. La presión de las expectativas por parte de quienes los rodean no es poca y aquí viene a tallar el tema cultural, ya que ambos son estadounidenses de ascendencia asiática. Durante toda su vida han sido entrenados para mantener la calma y la ecuanimidad, así que cuando pueden dar rienda suelta a sus pasiones más profundas, una rabia inmensa empieza a brotar a borbotones.

En gran medida, el acierto de esta serie radica en su capacidad de poner el dedo en la llaga de la frustración que muchos arrastramos por las pequeñas insatisfacciones de la vida cotidiana y que después de la pandemia se ha hecho aún más intensa. Sin ser un trabajo directamente político, se trata de una profunda crítica social y, sobre todo, una crítica a las expectativas que tiene el capitalismo sobre quienes vivimos envueltos en este sistema. Y, más que nada, al discurso del éxito que depende de cada uno de nosotros, o de la filosofía de la autoayuda.

Cuando pienso en el Perú, siento que una furia similar subyace. La intuyo tras el miedo generalizado a la delincuencia, en la sensación de que la próxima crisis política está a la vuelta de la esquina —o ya instalada como el estado permanente de las cosas—, en la certeza de que el país está gobernado por quienes ponen sus intereses personales por encima de todo, y en la forma en que el sistema está organizado para que los poderosos siempre ganen. Una serie como Bronca se vive de maneras similares en muchos niveles de nuestra sociedad y puedo imaginar cómo podría ser una versión peruana. No me son desconocidos sus protagonistas.

Hay algo en su retrato de cómo somos las personas, y en lo que nos motiva, que resuena de manera muy fuerte. Y, a pesar de todo ello, lo que queda claro también es la profunda humanidad y vulnerabilidad que lleva a que estos personajes hagan lo que hacen. Es por ello que no podemos dejar de verlos, y que entendamos quiénes son y porque actúan como lo hacen. Es lo maravilloso de las ficciones: nos dan una lección sobre hasta dónde podemos llegar si perdemos la brújula y nos sirven como estímulo para seguir luchando para que, aunque sea de a pocos, el mundo que habitamos sea más vivible. 


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