Reinas que vuelan y que lloran 


El ganador del reciente premio Alfaguara se despide de un año singular


En mayo de 2003 un amable publicista argentino me regaló un libro por mi cumpleaños, y en él escribió una dedicatoria que hoy busqué para releer. Me cuenta que su madre tuvo de profesor a Borges, que el viejo sabio le recomendaba a sus alumnos que leyeran escritores poco conocidos porque por ese camino se llegaba a los consagrados, y termina poniéndome: “Con Fabiana decidimos regalarte este libro de un buen escritor premiado de nuestra tierra. No es Borges, pero sí escribe bastante bonito. Ojalá lo disfrutes mucho”. 

El libro era El vuelo de la reina, de Tomás Eloy Martínez, y en la portada anunciaba ser el premio Alfaguara de novela del año 2002. Por entonces yo había publicado un librito de cuentos y una novela sin mayor resonancia fuera de mi país: imaginar que veinte años después una novela mía iría a ganar el mismo premio que la de Martínez habría sido de una soberbia desfachatez. 

Pero de reinas que alzan vuelo a reinas que se emocionan surgió un puente hace unos días, cuando Dante Trujillo me persuadió de que escribiera estas líneas: ocurrió al recordar que casualmente, en un artículo suyo, mi buen amigo se preguntaba por qué lloran las reinas de belleza. Traerlo a colación no es coincidencia: en cinco días se conocerá al ganador o ganadora del próximo premio Alfaguara, y no han sido pocos quienes han bromeado conmigo mientras me imaginan entregando el cetro antes de desaparecer tras las cortinas. De aquel artículo me quedó resonando la reflexión del psicoanalista Emilio Servadio de que, al contrario que las reinas de belleza, los niños no lloran tras recibir una alegría intensa e imprevista porque ignoran que cualquier forma de felicidad es efímera: no saben todavía que algún día la muerte le pondrá fin a todas las emociones. Los adultos, en cambio, sí lloraríamos de felicidad porque una parte nuestra anticipa la finitud.

Yo no recuerdo haber llorado cuando hace un año, en la madrugada limeña, me despertaron desde Madrid con la enhorabuena. Todo ocurrió tan rápidamente, aún con restos de melatonina en mi cuerpo, mientras se esperaba que mi ciudad fuera ese día el centro de las protestas de miles de peruanos que habían llegado desde varias regiones, y creo que nunca podría asegurar que fue felicidad lo que me llenó: me sentí abrumado, agradecido, orgulloso, contento, retado y temeroso, pero no sé si feliz. Guillermo Arriaga cuenta que, más que sus enormes galardones cinematográficos, el Alfaguara que ganó el año 2020 era el premio que más orgullo le habría dado mostrarle a su difunto padre, por lo que asumo que, en su caso, la felicidad no llenó todo el molde. Santiago Roncagliolo, ganador el año 2006, me ha contado que sintió que le habían salvado la vida: “no sé de qué iba a comer, si no”, me bromeó, así que asumo que la sensación protagónica fue más de alivio. Eduardo Sacheri, ganador el año 2016, me confesó que sí sintió una alegría inmensa, “descomunal”, aunque me dijo que no la describiría como felicidad, la cual es un estado de bienestar mucho más prolongado.

Coincido con Sacheri en la aclaración. Quizá cuando hablamos de la felicidad solemos confundir a la condición con el síntoma: ¿no es estar eufórico aquello a lo que comunmente describimos como estar feliz? ¿Se le puede llamar felicidad a lo que sabemos que tendrá un pico y una bajada?

Hay algo bonito en ganarse un premio luego de que un jurado ha leído los manuscritos sin saber quién los ha escrito: los sesgos están adormilados y el texto tiene la oportunidad de defenderse solo. Pero quien gane un premio así también necesita un cable a tierra para entender que basta con que un miembro del jurado haya sido distinto para que el ganador quizá haya sido otro: así de aleatoria puede ser la fortuna. Por suerte, el plazo de un año para enseñorearse con el premio puede ayudar a mantener una perspectiva más humilde: un escritor como yo —que hace un año era conocido básicamente en su país y que recién estaba empezando a ser leído en otros lugares y lenguas— sabe de antemano que nunca más en la vida tendrá esos reflectores encima y que uno debe anticiparse a la abstinencia de atención que, por ejemplo, sufren los niños actores que fueron consentidos en su apogeo. En mi caso, la estrategia ha sido volver rápidamente al estado anterior al estallido: a la intensa soledad del escritor. Pienso que así, como quien salta del vapor caliente a un estanque frío, sumergiéndome en el sufrimiento y el gozo de intentar un manuscrito, queda más claro que la atención mediática no es literatura, sino una consecuencia de haber convertido lo escrito en una mercancía.

Cuando un escritor escribe con todas las ganas de contar algo, lo hace con la ilusión de que ese mensaje embotellado algún día sea recogido por curiosos que sean sensibles a su contenido. Lo más rescatable de un premio como el que recibí hace un año es que ahora el mar que recibirá mi siguiente mensaje será más grande. Y, claro, más grande será también la probabilidad del desengaño. Existe, sin embargo, una dimensión más afectiva que se desprende de lo anterior y que sí coquetea con la felicidad, pero dejaré que un recuerdo la aclare: durante la conferencia de prensa convocada aquel día tan emocionante, la última pregunta me la hizo Pilar Reyes, la misma persona que me había despertado por teléfono para darme la noticia.
Me preguntó qué expectativas tenía del premio.

Y yo le respondí que abrazar a muchísima gente.

Eso sí se ha cumplido y es lo que más recordaré cuando sea un viejo mucho más anónimo, porque soy de los que escriben con la vana ilusión de algún día ser queridos.


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2 comentarios

  1. Maribel Garcia

    Excelente nota, estimado Santiago escribes como nadie, tu novela 100 Cuyes fue mi libro favorito de 2023, y ahora que leo este texto me enamora más tu escritura, ahí en la soledad de tu gran genio y talento sigue escribiendo porque hay a quienes nos haces muy felices. Abrazos desde Mexico

    • Gustavo Rodríguez

      Muchas, muchísimas gracias, Maribel, por haberme leído y por tus palabras.
      Un abrazo hasta ese México que tan bonito me ha acogido.

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