Un decreto supremo, pero ya


¿Reflexionará la nueva presidenta que no todos los jóvenes llevan un apellido como el suyo?


Como profesora universitaria converso constantemente con jóvenes que buscan orientación sobre su futuro profesional. Muchos me piden ayuda para decidir qué hacer con su maestría, cómo continuar su carrera; otros me piden cartas de recomendación para sus procesos de postulación a universidades del extranjero. He acompañado de cerca varios de estos procesos, y todos comparten una característica: son largos, no pueden iniciarse un mes antes de la fecha límite. Exigen certificaciones de idioma, cursos previos —porque la mayoría de estos chicos no proviene de colegios bilingües o trilingües donde una segunda o tercera lengua forme parte del currículo—, traducciones oficiales, firmas, trámites administrativos que cuestan dinero, además de la búsqueda misma entre un número abrumador de opciones, porque las universidades, los programas y los países de destino se han multiplicado y ya no se limitan a los circuitos tradicionales que conocíamos hace unas décadas.

Recuerdo que hace 45 o 50 años, cuando yo atravesaba ese mismo proceso de definir mi futuro profesional, las opciones eran mucho menos numerosas y menos conocidas, y aun así tomaban tiempo. En mi familia pertenezco a la primera generación que completó estudios universitarios, y es la misma realidad que veo hoy en buena parte de los estudiantes con los que tengo contacto. Cuando estos chicos logran una primera aceptación en un programa en el extranjero ya han invertido una cantidad enorme de tiempo y recursos en el camino, incluso mucho antes de que llegue la carta de admisión. Y ustedes, lectores de este espacio, saben bien que no todas las familias pueden hipotecar la casa: muchas ni siquiera tienen los papeles en regla como para acceder a un crédito que les permita seguir invirtiendo en la educación de sus hijos, por más alto que sea el potencial académico demostrado.

Por eso los programas de becas para maestría que gestionaba Pronabec representaban una puerta de apertura real para muchísimas familias y jóvenes de alto potencial académico, chicos que ya habían hecho un trabajo enorme para ganar sus aceptaciones y que luego postulaban a ese financiamiento para poder concretarlas. No se trataba de un regalo ni de un subsidio cualquiera: era la pieza final de un proceso de esfuerzo sostenido, la que decidía si ese esfuerzo se traducía en un título o quedaba trunco en una carta de admisión guardada en un cajón. Los recortes y la parálisis administrativa de los últimos años en Pronabec han dejado a esos jóvenes en esa incertidumbre, sin saber si el mérito acumulado bastará frente a un presupuesto que no llega.

Hoy, día de cierre de esta edición, asume la presidencia del Perú alguien a quien cierta prensa ya bautizó como una nepo baby: la hija de profesionales destacados que llegaron al más alto cargo de la Nación vuelve ahora ella misma al poder. Podría ser una anécdota generacional, o podría ser el inicio de un verdadero cambio frente a una década de idas y venidas de ministros de Economía y Finanzas, de Educación y de Salud. Ese cambio podría tener un gesto concreto y verificable, medible en días y no en discursos: un decreto supremo, ya mañana, que reasigne fondos para financiar esas becas de maestría, de modo que los chicos que tomaron decisiones de vida sobre la base de esa posibilidad puedan cumplir sus sueños sin tener que esperar a nacer hijos de profesionales exitosos para lograrlo.

Mejor aún, al margen de un esperable decreto supremo: ¿cuándo será el acceso amplio a las oportunidades, y no el apellido, el que decida quién accede a una maestría en el extranjero?


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