Reconocer la tristeza


Hay un Perú donde la palabra “patria” no se pronuncia con cinismo


Escribo estas líneas desde la Amazonía peruana. Hace apenas unos minutos navegaba por el río Mayo, cerca de Moyobamba, bajo un cielo cubierto por una ligera capa de nubes que hacía del recorrido un paseo amable y no una batalla contra el sol. Es 28 de julio, feriado nacional. Sin embargo, aquí el día transcurre con una normalidad casi desconcertante. Las tiendas siguen abiertas, los mototaxis continúan cruzando las calles y las conversaciones en los mercados carecen de la solemnidad discursiva que suele acompañar las Fiestas Patrias. Hasta que alguna pantalla de televisión encendida recuerda que, en otro lugar del país, la historia parece estar ocurriendo a otra velocidad.

La sensación se parece a esos pequeños glitches de las películas de ciencia ficción, cuando un personaje descubre una grieta en la realidad y comprende que existen dos planos superpuestos. Mientras el río sigue su curso, una imagen fugaz en un televisor o una notificación en el celular me transportan a la capital, Lima. En una de esas pausas encuentro una publicación de mi compañera juguera, la historiadora Natalia Sobrevilla: mientras en el Congreso se desarrolla la ceremonia de cambio de mando, el Lugar de la Memoria (LUM) se encuentra lleno de visitantes. No llegan convocados por una actividad especial, sino porque sienten la necesidad de estar allí precisamente hoy, como quien vuelve a un archivo antes de que alguien decida clausurarlo. Un poco más abajo aparece otra imagen: decenas de personas lavan banderas peruanas a pocas cuadras del Congreso de la República, continuando con un gesto de hace unas décadas —en el gobierno de Alberto Fujimori— por querer restablecer la dignidad.

«Perdonen la tristeza», escribía César Vallejo. Pienso en aquel poema suyo mientras guardo el teléfono. Es que en realidad, yo quería escribir otro artículo: de pronto una historia sobre las orquídeas locales o el cacao, sobre los murales que celebran la cultura tradicional amazónica, o sobre los árboles que se pueden ver desde el río Mayo. Son historias que me entusiasman mucho más y que hablan, a su manera, del Perú que suelo buscar. Pero hay días en que la actualidad irrumpe incluso en los paisajes más inspiradores.

Sería ingenuo pensar que ambos mundos permanecen separados. Las decisiones que se toman en Lima terminan repercutiendo aquí, convertidas en escuelas que nunca se construyen, hospitales que esperan médicos o bosques abandonados al negocio de su depredación. Nadie vive realmente al margen de la política. Pero mientras recorro Moyobamba también recuerdo a las personas que, sin necesidad de grandes discursos, siguen construyendo país todos los días.

Solo entonces aparece con claridad el motivo de esa inquietud que atraviesa las pantallas desde la mañana. La llegada de Keiko Fujimori al poder representa, para muchos peruanos, mucho más que una alternancia democrática. Significa el regreso de una estilo de política que creíamos haber empezado a dejar atrás y el temor de que instituciones concebidas precisamente para preservar la memoria (como el Lugar de la Memoria) tengan nuevamente que justificar su existencia.

Y, sin embargo, mientras ese miedo ocupa las conversaciones y las redes sociales de muchos, el río Mayo sigue avanzando con absoluta indiferencia hacia nuestras disputas. Quizá esa haya sido la oportunidad mía de pasar este 28 de julio lejos de Lima. La distancia no permite escapar del país ya que las noticias terminan encontrándonos siempre, pero sí ofrece perspectiva. El Perú también es aquello que rara vez aparece en los titulares: los bosques que siguen respirando, las lenguas originarias que transmiten otras maneras de entender el mundo, las personas que producen sin esperar reconocimiento y esos lugares donde la palabra patria todavía puede pronunciarse sin el cinismo que tantas veces parece imponerse desde la capital.

Mientras el río Mayo seguía avanzando pensé que, tal vez, ahí residía la tarea más urgente de este momento: defender la memoria, denunciar los retrocesos, pero también impedir que la tristeza termine monopolizando nuestra mirada sobre el país. Quizá por eso estas páginas han querido alternar la inquietud que llegaba desde Lima con las orquídeas, el cacao y el río. También porque sospecho que, en tiempos de tanta polarización, no siempre resulta fácil admitir la frustración o el duelo; las redes sociales parecen exigirnos indignación permanente o certezas inquebrantables, como si la tristeza fuera una forma de claudicar. Yo prefiero pensar que reconocerla es el primer paso para que no nos inmovilice. Y que el Perú sigue siendo —o seguimos siendo, kachkanchikraqmi— también, en todo aquello que continúa floreciendo más allá de la presidencia y el Congreso, y que se construye cada día, en comunidad, sin pedir autorización al poder.


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