Sobre la advertencia de Bad Bunny y Ricky Martin en el Super Bowl
Ya mucho se ha escrito sobre el histórico espectáculo de medio tiempo de Bad Bunny en el Super Bowl. Como dijo Patricia del Río en su jugo del sábado, el cantante puertorriqueño Benito Martínez Ocasio se plantó con toda su latinidad en el corazón de la América anglosajona y la puso en el centro del escenario más visto del planeta.
Pero yo quiero quedarme con un momento específico, que me pareció uno de los más potentes de todo el show: cuando Ricky Martin apareció para cantar Lo que le pasó a Hawái.
“No, no suelte’ la bandera ni olvide’ el lelolai /
que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái”.
Pero, ¿y qué fue lo que le pasó a Hawái?
Hawái es hoy uno de los cincuenta estados de Estados Unidos, pero hasta finales del siglo XIX fue un reino independiente. Tenía una monarquía, instituciones propias y relaciones internacionales. Ese orden se quebró en 1893, cuando un grupo de empresarios estadounidenses —principalmente ligados a las plantaciones de azúcar— impulsó un golpe de Estado que derrocó a la reina Liliʻuokalani. En 1898, Estados Unidos anexó formalmente las islas. Fue una anexión impuesta y basada en intereses geopolíticos en el Pacífico. Colonialismo puro y duro.
El proceso de anexión incluyó una erosión cultural generalizada y sistemática. Se desmanteló la identidad hawaiana. Ha durado y sigue durando. Tres años después del derrocamiento, en 1896, la República de Hawái, un Estado cliente de EE. UU. de los propietarios de las plantaciones azucareras, aprobó la Ley 57, que prohibió el uso del hawaiano como idioma de instrucción en las escuelas públicas y privadas. Se decretó que el inglés fuera el único idioma oficial. Los niños que hablaban hawaiano eran golpeados y humillados, y aislados. Las familias hawaianas hablaban inglés en casa para mantener a sus hijos a salvo de la discriminación y el acoso de sus compañeros. El territorio había tenido un reino con una tasa de alfabetización hawaiana de más del 90 por ciento y era superior a la de muchos de los países europeos de esa época. En pocas décadas, el territorio de EE. UU. perdió su idioma y su cultura.
Pero no se trató solo del idioma. Hula, una vez una danza sagrada que contaba historias, invocaba dioses y preservaba la memoria del pueblo, fue relegada al estatus de entretenimiento turístico. El altarismo, los sistemas de nombres, los rituales funerarios y las costumbres de la tierra y del parentesco fueron empujados a los márgenes o completamente prohibidos. El pueblo, que apenas unos años antes había sido una mayoría absoluta, se convirtió en una minoría en su propio territorio. Durante este tiempo, el archipiélago fue transformado rápidamente de la industria azucarera que alimentaba el mercado estadounidense, a una base militar en el estratégico Pacífico (con Pearl Harbor como el símbolo más visible) y, finalmente, a la exitosa industria turística que sigue siendo hoy.
Las playas fueron privatizadas y los valles sagrados convertidos en campos de golf. La cultura hawaiana se convirtió en un menú de bebidas tropicales y llamativos collares de flores. En esencia, aplicaron la receta clásica del colonialismo. En Hawái, como en otros países, la ocupación comenzó con la conquista de la tierra. Después, los idiomas fueron eliminados. Luego, lo que quedaba de la cultura se convirtió en folclore y se vendió como un souvenir. El Reino de Hawái dejó de existir para convertirse en una postal. Y esa postal es exactamente la que Bad Bunny se niega a que le cuelguen a Puerto Rico.
Bad Bunny usa Hawái como un espejo para reflejar las vulnerabilidades de Puerto Rico, advirtiendo contra un destino similar de asimilación forzada. Si bien sus estatus legales difieren —Hawái fue admitido en la Unión en 1959 con plena ciudadanía y representación federal, mientras que Puerto Rico sigue siendo un territorio no incorporado sin voto presidencial ni sus propios senadores—, ambos obtuvieron sus estatus en 1898 bajo el expansionismo imperialista estadounidense. Ambos han navegado tensiones profundas entre su identidad autóctona y el poder federal dominante, donde la soberanía cultural se ve amenazada por dinámicas de dependencia y explotación, y ambos han sido considerados economías de enclave.
Puerto Rico fue primero dominada por las plantaciones de azúcar bajo dominio colonial, luego por el turismo masivo que mercantiliza sus playas y ahora por un boom inmobiliario impulsado por incentivos fiscales, que atrae a millonarios estadounidenses mientras los residentes locales enfrentan un agresivo proceso de desplazamiento producto de la gentrificación. Por eso la canción también dice: “Quieren quitarme el río y también la playa / quieren el barrio mío y que la abuelita se vaya”. Está denunciando las playas privatizadas, ríos cercados, barrios que se vuelven Airbnb y advierte sobre una identidad que corre el riesgo de quedar reducida a la foto para Instagram.
Bad Bunny pide en la canción que “No, no suelte’ la bandera ni olvide’ el lelolai”. Es un mensaje claro para los puertorriqueños: no dejen de luchar por su identidad. Y que fuera Ricky Martin quien interpretara la canción le añade mayor fuerza a este pedido. En los 90, para conquistar el mercado estadounidense, la industria le exigió a Ricky diluir su esencia: traducir sus canciones al inglés, suavizar su acento y convertirse en el latino «digerible» que no incomodara al mainstream pop gringo. Aquel Ricky de Livin’ la Vida Locatriunfó, pero a costa de matizar su identidad para encajar en el molde. Décadas después, reaparece en el Super Bowl para cantar, con orgullo y emoción, una advertencia anticolonial en español puro, sin concesiones.
En un país como Estados Unidos, que a menudo reduce Puerto Rico a “playa, fiesta y ron” y lo olvida incluso ante las emergencias más dramáticas, Bad Bunny y Ricky Martin hicieron algo muy potente: aprovecharon uno de los escenarios más comerciales del planeta para hablar de colonialismo, gentrificación y resistencia cultural. Y lo hicieron con harto flow, para irritación de quienes mantienen una anacrónica e inaceptable mirada colonial del continente.
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