Bad Bunny construye memoria, aunque algunos latinos lo desprecien
Sabíamos que iba a ser especial, incluso polémico. Lo que tal vez no imaginamos es que sería tan entrañable. Lo que ocurrió el 9 de febrero de 2026 será, de ahora en adelante, difícil de olvidar para los latinos del mundo. Ese día, Benito Martínez Ocasio —Bad Bunny— se paró en el medio tiempo del Super Bowl, ante un estadio con más de 65 mil personas y una audiencia televisiva que superó los 120 millones de espectadores, para ofrecer uno de esos espectáculos que se graban para siempre en la memoria emocional de una comunidad.
Porque hay acontecimientos que recordamos por su importancia histórica; pero hay otros que se entreveran con un sentimiento y, cada vez que los recordamos, nos devuelven el nudo en la garganta. Es imposible revisar el gol de Paolo Guerrero que puso al Perú en la puerta de la clasificación a Rusia 2018 sin que se nos humedezcan los ojos. Lo mismo ocurre con las imágenes de los comandos celebrando, exhaustos y eufóricos, el éxito de la Operación Chavín de Huántar tras liberar a los rehenes de la residencia del embajador japonés. No son solo hazañas deportivas o militares: son condensaciones simbólicas. Son momentos en los que una comunidad que atraviesa tiempos críticos se siente, de pronto, reivindicada y valorada.
El espectáculo de Bad Bunny tuvo esa impronta. No únicamente por la calidad de la producción —que fue notable—, ni por la potencia escénica; ni siquiera por el debate —siempre presente— sobre el valor artístico de la música urbana. Lo que lo convirtió en un hito fue el contexto.
Benito Martínez Ocasio se plantó con toda su latinidad en el corazón de la América anglosajona y la puso en el centro del escenario más visto del planeta. Lo hizo en un momento en que la comunidad latina en Estados Unidos atraviesa una profunda crisis de representación y una ola de hostilidad política y racial. Frente a la narrativa trumpista que insiste en presentar a los latinos como delincuentes o narcotraficantes que amenazan los valores tradicionales de la cultura blanca, Bad Bunny desplegó la del latino que trabaja, emprende y sostiene economías enteras.
Por eso, en lugar de contratar actores para representar distintos oficios, subió al escenario a emprendedores latinos reales. Dueños de negocios familiares y pequeños empresarios compartieron espacio con figuras como Karol G, Pedro Pascal o Jessica Alba. Allí estuvieron María Antonia Cay, Toñita —dueña de un emblemático bar en Nueva York—, o el basquetbolista cubano Juan Carlos Piñeiro, que juega en el circuito profesional de Puerto Rico y lleva un negocio de venta de piraguas en el Viejo San Juan; o Víctor Villa, mexicano que vive en Los Ángeles y que maneja “Villa’s Tacos”, una exitosísima cadena de comida mexicana; o el pastor
Antonio Reyes, que casó a una pareja en vivo. No estaban actuando: representaban historias reales de movilidad social, esfuerzo y resistencia, como las de millones de latinoamericanos.
Ahí estuvo la clave de la emoción. En esos trece minutos nadie quedó fuera. Bad Bunny desplegó las banderas de todo el continente y las enumeró recordándole al mundo —y al propio Estados Unidos— que América es mucho más que un país que se asume el centro del universo. Cada bandera —México, Puerto Rico, Perú, Colombia, República Dominicana, Honduras— fue celebrada con una ovación que trascendió el estadio.
Después vino el eco digital. Miles de videos circularon en redes sociales: latinos llorando en Miami, en Lima, en Madrid, en Chicago. Padres grabando a sus hijos frente al televisor. Abuelos emocionados al escuchar el nombre de su patria. Jóvenes criados entre dos idiomas sintiendo que, por una vez, sus orígenes no eran motivo de sospecha sino de orgullo.
Es comprensible que para el movimiento MAGA el espectáculo haya sido “lo peor del mundo”. No porque objetivamente lo fuera, sino porque desmonta una narrativa. Si el latino es presentado como amenaza o carga, ver a millones celebrando su cultura y su aporte económico resulta incómodo. El show restregó una evidencia que muchos prefieren ignorar: la verdadera esencia del latino es la del trabajador que construye país.
Lo desconcertante —y en cierta medida vergonzoso— ha sido la reacción de algunos latinoamericanos que, desde una pretendida superioridad estética, han preferido hacerle ascos al espectáculo. Que si la música es repetitiva. Que si las letras no tienen profundidad. Que si el género no representa “lo mejor” de nuestra tradición cultural. Es legítimo debatir sobre calidad artística. Lo que resulta mezquino es reducir el fenómeno a ese plano e ignorar su dimensión simbólica.
Lo que estuvo en juego ese 9 de febrero no fue un canon musical, fue una representación colectiva. Y cuando algunos latinoamericanos desprecian estos momentos, pareciera que buscan desmarcarse, decir “yo no soy ese latino”. Es el viejo impulso de asimilación: borrar acentos, ritmos y colores para acercarse al estándar dominante, para pasar por gringo.
En el fondo, esa actitud revela falta de empatía y, quizá, un persistente complejo de inferioridad. Mientras algunos discuten si el trap o el reguetón son alta cultura, millones encontraron en ese show un instante de dignidad compartida.
La emoción no se explica con argumentos académicos. Simplemente, irrumpe. Frente a quienes se avergüenzan de la latinidad celebrada esa noche, hay millones de personas que cada vez que vuelvan a ver las imágenes de ese concierto montado el 9 de febrero de 2026 sentirán otra vez el nudo en la garganta y fracasarán en el intento de contener las lágrimas.
¡No desenchufes la licuadora! Suscríbete y ayúdanos a seguir haciendo Jugo.pe