Ganas de quemarlo todo 


¿Por qué marchamos por las mujeres cuando todo parece estar en contra?


Este año me tocó unirme a la marcha del Día de la Mujer en Palma de Mallorca, España, la ciudad en la que resido desde hace algunos meses y donde vengo trabajando en el proyecto Defensoras del Territorio. En Europa, las manifestaciones del 8 de Marzo son cada vez más diversas y, aunadas las disidencias y distintos colectivos reunidos, esta vez la consigna central fue “No a la guerra”.

Inés Ruiz Alvarado es investigadora, documentalista y doctora en Estudios Hispánicos por la Universidad de Kent. Su trabajo aborda género, derechos humanos y justicia social en América Latina. Autora de Pájaros de Medianoche y directora de documentales sobre memoria, territorio y liderazgo de mujeres. Dirige la Cátedra UNESCO en la Universidad Científica del Sur.

Días antes, un misil había caído sobre una escuela en Irán, lo que produjo la muerte de 148 niñas. Niñas que ese día se despidieron de sus padres después de tomar el desayuno en  familia, luego de ser peinadasy preparadas para un día más en el colegio por sus madres. Niñas que murieron sin sentido, víctimas de una masacre absurda. ¿Qué podemos decirle a esas familias? ¿Qué respuesta tenemos como humanidad sobre el valor que tenía la vida de esas niñas en el mundo?

En el Perú, la situación tampoco es grata. Hace poco, el Congreso de la República eligió como presidente del país a un político que defiende el matrimonio infantil; y antes tuvimos a uno acusado de violación. Mientras tanto, como si fuese una película de horror, en la provincia de Condorcanqui las lideresas awajún siguen reclamando justicia por la violación de más de 500 niñas estudiantes de sus escuelas.

La única noticia positiva de este mes ha sido la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que reconoció a Celia Ramos como víctima de esterilización forzada, y al programa de planificación familiar del régimen de Fujimori como una política discriminatoria dirigida contra mujeres rurales, indígenas y pobres. Por primera vez, la CIDH calificó estas prácticas como esterilizaciones forzadas masivas y violencia reproductiva, así como reafirmó la protección de la organización feminista Demus, señalando que el Estado debe garantizar su labor sin represalias.

Sin embargo, estas noticias apenas han aparecido en los medios masivos del Perú. Las esterilizaciones forzadas siguen siendo silenciadas por el Estado y por gran parte de la prensa. Esta complicidad nos devuelve a la historia de las campañas iniciadas en 1996. Después de más de veinticinco años las víctimas siguen sin encontrar justicia.

Vivimos, pues, momentos oscuros para los derechos humanos, los cuales parecen haberse convertido en una formalidad incómoda en la agenda de los actores políticos. Hoy en México, las mujeres savi (mixtecas) de San Marcos, en la Montaña de Guerrero, denuncian que están siendo sometidas a prácticas de esterilización forzada por parte del sector de salud estatal, y personal sanitario habría visitado la comunidad buscando a las denunciantes casa por casa. Según declaraciones recogidas por el medio periodístico La Jornada, en la edición local del estado de Guerrero, las mujeres indígenas estarían siendo obligadas a recibir inyecciones anticonceptivas mensuales, bajo amenaza de ser retiradas del programa Oportunidades si se niegan.

Recordaba todo esto mientras me alistaba para reunirme con las compañeras este 8M y salir a la movilización. Y aunque son circunstancias que desatan una ola de ansiedad, angustia y miedo en quienes aún defendemos los derechos humanos, esos días también tuve la suerte de conocer a mujeres defensoras de sus territorios de México —de Guerrero y Veracruz—, de El Salvador y Nicaragua. Como siempre que me acerco a estas mujeres, siento una profunda admiración. Ellas se reconocen defensoras y feministas y, a pesar de la represión que existe en sus países —especialmente en El Salvador y Nicaragua, donde incluso está prohibido salir a manifestarse—, continúan organizándose.

Una de las compañeras me decía ese mismo día, emocionada, que hacía siete años que no se manifestaba, que no salía a marchar. Durante las entrevistas que realizamos para el programa de Defensoras tuvimos que usar seudónimos, porque si ella o sus compañeras son identificadas, no solo sus vidas corren peligro, sino también las de sus familias. Es tan grande su temor a la represión que, durante la marcha pacífica en Palma, cada vez que veían a la policía se asustaban. En sus países, la “fuerza del orden” es sinónimo de represión y violencia.

Sí, a veces dan ganas de quemarlo todo. Pero, por fortuna, existen estas mujeres valientes que, a pesar del odio y de la violencia, siguen sosteniendo la vida y creyendo firmemente en un mundo mejor.

Sin ellas, sin la fuerza que representa este tejido colectivo que levanta una sola voz, no sería posible seguir. Por ellas seguimos. Y no nos callarán. Estamos aquí para decirle al mundo que no tenemos miedo. Que vamos a enfrentar cualquier guerra. Que la lucha feminista se da todos los días y en todos los espacios de la vida.


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