Las aparentes contradicciones de Alessandra Yupanqui ayudan a debatir qué es lo indígena.
En el Perú, solemos trazar fronteras arbitrarias entre las regiones de la costa y la sierra. Mientras que lo “andino” se ha asociado casi exclusivamente con lo serrano, lo costeño se ha intentado imaginar como su opuesto. Esta dicotomía cultural es tan común que pocas veces se cuestiona. Pero, ¿cómo así se consolidó la idea de que ser limeño, por definición, te hace menos andino?
Para los incas, las regiones no eran compartimentos cerrados. La organización de su imperio, el Tahuantinsuyo, integraba costa, sierra y selva bajo una lógica de complementariedad ecológica y social. Sin embargo, con la llegada de los españoles se impuso una visión distinta: la geografía europea se replicó en los Andes. Así, con los siglos se dibujaron categorías rígidas que asociaban lo indígena exclusivamente a las alturas.
La historiadora peruana Cecilia Méndez ha mostrado cómo las crónicas coloniales y los discursos de la República temprana describían distintos estilos de vida de los “indios” de la costa, los valles y las montañas. Pero en la imaginación republicana terminó predominando la figura del indígena serrano, como si la indigeneidad solo pudiera existir en las alturas. De manera paralela, el crítico literario Jorge Coronado ha estudiado cómo la visualidad —fotografías, postales, paisajes— consolidó esa representación montañosa de lo indígena. Hasta hoy seguimos presos de esa construcción.
Esa narrativa tiene consecuencias directas en cómo pensamos la capital. La migración masiva de comunidades andinas hacia Lima en el siglo XX fue interpretada como sinónimo de “aculturación”: se asumió que el desarraigo borraba lo andino. Lo que realmente ocurrió fue que la discriminación estructural y la falta de oportunidades obligaron a muchos a recrear sus mundos culturales en la periferia de la ciudad.
Música como la chicha o voces emblemáticas como la de Lorenzo Palacios Quispe, Chacalón, nacieron en carpas improvisadas, en arenales que luego se convirtieron en barrios pujantes. Hoy, esas expresiones son patrimonio afectivo del país, pero durante décadas se las confinó a la marginalidad.
Políticamente también se produjeron distancias. Mientras que los llamados “conos” de Lima han votado en gran medida por partidos de derecha y centralistas, el mundo andino rural ha apostado por opciones que prometían descentralización y redistribución. Esta brecha ha reforzado la idea de que Lima “no es andina” o no tiene vinculación con lo indígena, a pesar de que la ciudad está llena de huacas y templos prehispánicos, varios de ellos abandonados o vandalizados.
Estas reflexiones me vinieron a la mente al seguir la trayectoria de Alessandra Yupanqui, una joven creadora de contenido nacida en Lima, con raíces familiares quechuas en Cusco y que suma alrededor de un millón de seguidores entre Instagram y TikTok. Hace algunos años empezó a contar en redes sociales la historia migrante de su familia, conectando con miles de limeños que se reconocían en la misma tensión: pertenecer a Lima y, al mismo tiempo, cuestionar la narrativa antiandina de la ciudad. He tenido ocasión de conversar con ella sobre su trabajo, más recientemente durante un panel en la Universidad de Harvard, y me llamó la atención cómo insistía en la necesidad de hablar del Perú diverso y no solo desde Lima.
En un giro significativo, Yupanqui decidió mudarse a Cusco para acercarse a esa herencia hace un par de años. En entrevistas ha admitido que el proceso fue complejo, pero también transformador. Con el tiempo, sus posturas se han ido adaptando y, diría, fortaleciéndose: ha reconocido que su aprendizaje ha sido progresivo y que el contacto cotidiano con Cusco la llevó a colaborar estrechamente con creadores indígenas locales, varios de los cuales hoy forman parte de sus iniciativas. Así, lo que comenzó como un viaje personal y un emprendimiento individual se ha expandido en una apuesta más colectiva y un posicionamiento más intencional. Desde entonces, se ha vuelto más activa en la denuncia de industrias extractivas y ha cofundado Sapiens, un medio digital sobre sostenibilidad que trabaja con esas y otras voces indígenas. Es decir, hay marketing, pero también hay política.
Sin embargo, en ese proceso ella misma ha sido objeto de ataques: se le acusa de “no ser andina” por haber nacido en Lima, de ser demasiado comercial, de no ser suficientemente política… o de serlo en exceso. ¿Qué significa eso? Claro, haber crecido en la capital trae ciertos privilegios, aunque no se provenga de una familia adinerada. Pero esa descalificación revela también la dificultad de aceptar identidades híbridas, urbanas, en constante negociación. Y, por supuesto, aún más si se trata de una figura pública en redes sociales. Su trayectoria encarna una contradicción que, en la era de internet y la “cultura de la cancelación”, resulta fácil convertir en blanco de críticas. Porque sus aciertos, pero sobre todo sus aprendizajes y errores, aparecen a vista y paciencia de miles de espectadores.
¿Está bien o mal que Alessandra haga una campaña sobre la belleza andina —criticando los estándares eurocéntricos— de la mano de una compañía de cosméticos? ¿O que produzca un video sobre mujeres quechuas de pollera que juegan fútbol con el apoyo de una marca de zapatillas? Ella y su equipo exploran constantemente cuáles son sus límites y, como otros influencers, toman decisiones sobre con qué marcas trabajar. En ese terreno siempre existe la tensión entre la coherencia de los mensajes que buscan transmitir y el riesgo de caer en una representación superficial.
El caso de Yupanqui evidencia un punto clave: todavía imaginamos la indigeneidad bajo moldes muy estrechos. La reducimos al campesinado, a ciertos acentos al hablar, a vestimentas en particular, al anticapitalismo ortodoxo. Y todo eso, ciertamente, también puede ser. Pero lo indígena también puede ser urbano, migrante, limeño, emprendedor; puede aparecer en revistas de moda, tener acentos mezclados, aprendizajes y contradicciones. Entre esos arquetipos idealizados se encuentran experiencias admirables y también realidades terribles; un ejemplo de lo segundo es la ultracapitalista minería ilegal. No se trata de idealizar ni de absolver privilegios, sino de reconocer que la identidad es más compleja que los estereotipos heredados.
Quizás lo más valioso de este debate es que muestra cómo las nuevas generaciones buscan cerrar la brecha. Ser limeño no debería restar andinidad. Solo una visión antropológica anclada en el pasado sostendría esa idea. Hoy necesitamos miradas que reconozcan la pluralidad de lo indígena en sus diferentes formas: en la sierra, la Amazonía, la costa, y también en las periferias y los centros urbanos.
Si Lima aprendiera a reconocerse como una ciudad andina —con sus huacas, sus migrantes, su cultura chicha y, sobre todo, sus contradicciones—quizá dejaríamos de repetir una falsa dicotomía y empezaríamos a construir una identidad más honesta, menos colonial.
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