Micaela Bastidas vive en mí


Una actriz quechua revive a la lideresa indígena contra la opresión de ayer y de hoy


Helen Quiñones Loaiza (Canas, Cusco) es educadora en la especialidad de Educación Primaria Intercultural Bilingüe (EIB), Traductora e Intérprete Quechua, Periodista Indígena Ambiental, actriz y activista quechua. Actualmente representa el papel de Micaela Bastidas, la mama Coya (esposa del Inka), Chañan Coricoca, entre otros personajes y es consultora en temas sociales, culturales, educativos, ambientales y de género. Ha publicado el comic Warmi Masiy: Feminismo Andino tomando forma en la tierra de los Incas (2021) en español y en quechua.


«Por la libertad de mi pueblo he renunciado a todo. No veré florecer a mis hijos». Tales fueron las últimas palabras de Micaela Bastidas Phuyuccahua. Seguramente las pronunció con un nudo en la garganta, algunas lágrimas en los ojos y la cabeza siempre erguida.

Soy Helen Quiñones Loaiza, nací en la altiva provincia de Canas, en Cusco, la misma tierra que vio levantarse la gran revolución de Túpac Amaru II junto a Micaela Bastidas y Tomasa Tito Condemayta. Allí, en mi comunidad, late todavía la memoria de aquella gesta que marcó el inicio de la independencia de América Latina. No hablo de un pasado muerto, sino de una historia viva que respira en nuestras calles, en nuestros apellidos, en nuestras lenguas, en nosotras.

Mi vínculo con esa historia viene de lejos. Recuerdo que en mi comunidad rural de Jilayhua, cuando se decidió por primera vez escenificar el inicio de la rebelión de Túpac Amaru, no hubo apoyo externo: fueron las propias comuneras y comuneros quienes quisieron revivir públicamente ese hito que nos pertenece. Aquella vez, el protagonista fue mi padre, Juan Quiñones, interpretando a Túpac Amaru II. Todavía conservo una foto de esa primera representación y, cada vez que la miro, siento que allí nació mi deseo profundo de encarnar a Micaela Bastidas.

No era solo teatro: era memoria, herencia, resistencia. Ver a mi padre dar vida a un líder que murió por la libertad me marcó para siempre. Hoy, años después, al representar a Micaela, siento que cierro un círculo, como si las historias de nuestras familias y de nuestro pueblo volvieran a encontrarse en el escenario.

Representarla es un privilegio inmenso. La llevo a escena en dos momentos cargados de memoria: el 4 de noviembre de 1780, cuando comenzó la rebelión, y el 18 de mayo de 1781, día en que la crueldad humana se ensañó contra toda una familia y contra un pueblo cansado de la opresión. En esos instantes no me siento sola. Siento su presencia, como si me hablara al oído, recordándome que la lucha no terminó en 1781, que continúa en cada rincón donde una mujer reclama justicia.

Cada vez que interpreto a Micaela, pienso en nuestras madres que, como ella, cargan sobre sus hombros el peso de la familia, el dolor de la guerra y la valentía de resistir. Pienso en mi madre, en mis abuelas, en tantas mujeres que sostienen la vida en silencio y que, sin embargo, son el corazón de nuestras comunidades. Al ponerme su falda, trenzar mi cabello e imitar su probable voz, siento que no hablo solo por mí, sino por generaciones enteras de mujeres indígenas silenciadas. Por eso decidí formarme como actriz quechua: para dar cuerpo y voz a nuestras heroínas.

Estudié la secundaria en el colegio Túpac Amaru II de Yanaoca, Canas y más adelante me formé como educadora intercultural bilingüe en la Escuela de Educación Superior Pedagógica Pukllasunchis de Cusco. También soy traductora e intérprete quechua. Elegí ese camino porque creo firmemente que la educación en nuestra lengua es una herramienta de liberación, dignidad y continuidad cultural.

Enseñar como educadora intercultural bilingüe me permite transmitir este legado a mis estudiantes. Sé que la historia no está muerta: cada niña que recupera su autoestima, cada adolescente que se reconoce como protagonista de su comunidad, revive la fuerza de Micaela. Porque ella no murió en 1781. Vive en Canas, en Cusco, en el Perú y en toda América Latina; en cada madre que no se rinde, en cada mujer indígena que defiende sus derechos, en cada voz que se levanta en quechua para decir: “Wañuchun suwakuna, wañuchun Arriaga”.

¿Qué significa Micaela hoy? Significa resistencia frente a la violencia que aún enfrentamos las mujeres indígenas. Significa orgullo de hablar mi lengua cuando otros quieren silenciarla. Significa compromiso con mi hija, para que herede un futuro más libre y más justo.

Micaela vive en la memoria de mi tierra, en la fuerza de nuestros Apus, en el murmullo del quechua, en las luchas de las mujeres que desafían mandatos y levantan la voz. Cuando la represento, me reconcilio con mi historia, con mi padre, con mi comunidad y con ese legado que nos recuerda que la libertad se siembra en cada acto de dignidad.

Hoy, más que nunca, su voz sigue siendo necesaria. En el Perú seguimos enfrentando injusticias, un gobierno que no escucha al pueblo y una represión que golpea con más fuerza a las mujeres indígenas. La historia nos enseña que las luchas regresan en ciclos, que nunca se detienen porque aún hay heridas abiertas y demandas silenciadas. Nuestro deber es mantener viva esa kallpa (fuerza), exigir dignidad, justicia y respeto.

Mientras sigamos levantando la voz, enseñando, transmitiendo, representando y luchando, Micaela seguirá caminando a nuestro lado. Ella vive en mí, en cada niña, en cada mujer, en cada ayllu (comunidad) que no se deja vencer, y en cada acto de resistencia que, desde nuestras raíces, sigue soñando con un mundo más justo.


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