¿Qué precio tiene el cielo?


Una economista se anima a descifrar ciertas políticas de las aerolíneas 


A los economistas nos enseñan que el precio es el mejor árbitro de la escasez de un bien: cuanto mayor sea la escasez, mayor será el precio. Pero ambos, precio y escasez, son relativos. El precio es relativo al resto de precios y a mis ingresos. La escasez es relativa a cuantas personas están dispuestas a pagar por un bien. Así, también, precio y escasez son relativos entre sí.

Pero el precio tiene que estar también referido a algo por unidad, a algo muy concreto si se trata de un bien, aunque bastante abstracto si se trata de un servicio. La reciente huelga de los asistentes de cabina de Air Canada, por ejemplo, puso sobre el tapete a partir de qué momento debe remunerarse su tiempo. Mientras que para la aerolínea se trataba del tiempo de vuelo, para los huelguistas era desde que comenzaba el proceso de abordaje. Minutos más, minutos menos, que podían agregar horas a cada turno. Entrevistada una exasistente de cabina de KLM —aerolínea europea de gran tamaño—, fui informada de que a ella le pagaban desde que salía de su domicilio, pues ya en el vehículo rumbo al aeropuerto ella era una representante de la empresa. En el Perú, a eso le llaman “servicio puerta a puerta”. Se entiende, entonces, que la dificultad para medir los servicios laborales sea uno de los aspectos  más complicados cuando de precios se habla.

Sin embargo, pensamos que encontrar el precio justo de un boleto aéreo no tendría que ser tan difícil. Después de todo, se trata de que nos lleven de un sitio a otro de manera rápida y también compartiendo nave con mucha gente: de exclusivo, el servicio tiene poco o nada. Si preguntáramos a cada pasajero en nuestro vuelo cuánto pagó por el pasaje —y nos respondieran con la verdad— lo más probable es que encontraríamos que cada persona pagó diferente. 

Pero, ¿por qué? 

Porque la empresa ha encontrado la manera de quedarse con todo nuestro excedente de consumidor, es decir, esa diferencia entre lo que estamos dispuestos a pagar y lo que terminamos pagando. Lo hace a través de pedirnos pagos por cada componente de la experiencia asociada al servicio de traslado de un origen a un destino (que sería el transporte propiamente dicho). ¿Quiere usted elegir su asiento? Son x dólares más. ¿Quiere usted abordar primero? Otros tantos dólares más. ¿Quiere llevar una maleta en la bodega? Más dólares adicionales. ¿Quiere estirar las piernas, o no le queda otra porque su estatura o peso supera el promedio para quien se ha diseñado el espacio disponible? Cargue usted más en la tarjeta de crédito. Y así, sigue la letanía.

¿Debería regularse esta manera de comercializar los servicios asociados al traslado de un origen a un destino? Al vender los servicios de esta manera tan desagregada, con precios casi personalizados según las preferencias de cada persona, se amplía el número de personas que estarían dispuestas a pagar por un servicio que otra consideraría de menor calidad. Menos regulación hace que más personas participen del mercado y, siempre que se cuente con alternativas, los consumidores estamos mejor como grupo.

Por supuesto que este razonamiento da por sentado que existe un mínimo de calidad que sí es regulable: un mínimo de espacio entre los asientos, llevar un objeto personal como cartera o mochila, cuánto tiempo puedes estar en la nave antes de que esta despegue, etc. Pero no todos estos mínimos están regulados. De cuando en cuando, escuchamos historias de terror sobre personas que, estando en la sala de embarque, se ven prohibidas de abordar porque el vuelo estaba “sobrevendido”, como esta compartida por nuestro juguero Giacomo Roncagliolo. Como economista, entiendo la sobreventa desde un punto de vista comercial —si pienso en mi propia experiencia postergando vuelos por razones de fuerza mayor y dejando así asientos disponibles minutos antes de la partida—, y de cuando en cuando me divierte escuchar las ofertas de dólares que van subiendo como la espuma de una buena cerveza cuando la aerolínea busca pasajeros que cedan sus asientos en determinados vuelos. Lo que tendría que estar regulado, pienso, es el mínimo de esa compensación y su forma, pero no la sobreventa en sí misma.

Y esa es mi opinión aterrizada.

La próxima vez que Marc Anthony clame que alguien le diga qué precio tiene el cielo, usted ya tendrá claro que en el transporte aéreo se aplica, como en ningún otro mercado, aquello de que “el que quiere celeste, que le cueste”. 


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