Estimados colegas, no voten nulo


¿Quiénes seremos cuando termine esta segunda vuelta?


Quedan poco más de cuarenta y ocho horas para que acabe al fin el episodio electoral más importante de los últimos cinco años en el Perú. Escribo «al fin» con hartazgo. Y con mucho deseo de descanso. Porque aquello hará que, ojalá, no tengamos que escuchar o leer más a cierto sector defender y justificar su voto por Keiko Fujimori desde los mismos lugares comunes por cuarta vez consecutiva. Y porque, sobre todo, terminará también este capítulo  en el que vemos a ciertos colegas, desde un presunto antifujimorismo, argumentar a favor de —o, peor, convocar— el voto blanco o voto nulo.

Cuando acabe el conteo de los votos, la realidad concreta será que habremos elegido a Fujimori o a Roberto Sánchez como próximo presidente del país. La tercera alternativa —que los votos blancos y nulos superen el 66,67 %; que se convoquen nuevas elecciones— es una fantasía. Eso lo saben quienes llaman a no votar por ninguno de los candidatos. ¿Cómo se explica, entonces, su llamado?

Más que prestar atención a lo que dicen, la lectura puede (debe) realizarse desde otro nivel.

El ideológico, por ejemplo: una dimensión que buena parte del progresismo rechaza de plano, como si desde nuestra humanidad fuera posible escapar a su influencia. O como si cualquier aproximación ideológica a los acontecimientos anulara el ejercicio adecuado de nuestra voluntad política o distorsionara la capacidad crítica de un ciudadano.

«Todo es político» es un lema que —felizmente— lleva buen tiempo calando en la progresía peruana, pero «todo es ideológico», según su óptica, apunta hacia una posición extremista.

La mentalidad liberal que rige a este grupo le impide considerar alternativas que puedan socavar la libertad individual, y en tal sentido lo colectivo —aquello que se organiza a partir de lo ideológico— debe quedar siempre supeditado. Aunque lucen una aparente tendencia hacia la izquierda, son capaces de permitir que gane el neoliberalismo fujimorista antes que una propuesta que sugiera o encarne la persecución del colectivisimo o de un horizonte comunista.

Lo paradigmático es que algunas de estas voces han dedicado sus vidas y carreras a estudiar el fenómeno fujimorista y sus consecuencias. Aun así, acorraladas contra la urna, no reconocen en sí mismas una de las más vigentes: la desideologización absoluta del ciudadano. La idea de que el dogma —venga de donde venga— es perjudicial para el pensamiento crítico. La instauración de la lógica binaria y dicotómica, no dialogante ni dialéctica. «Ni izquierda, ni derecha», les gusta repetir. Aunque no quieran admitirlo, van sumergidos en ese nuevo dogma, tan noventas.

También resulta pertinente hablar de clase. Es inevitable leer en los argumentos de quienes se resisten a votar por Sánchez una incomodidad que no se pueden sacudir, la misma que enciende su animadversión hacia Pedro Castillo. No los representa. No pueden hacer las paces con dar el voto a alguien que consideran social, cultural y económicamente inferior a ellos.

Dirán que se trata de un asunto intelectual. Que son sus ideas, su discurso, su plan de gobierno aquello con lo que no se permiten transar. Pero es un tema de piel y de clase. Un tema de origen, de geografía. No existe en ellos la posibilidad de empatizar con Roberto Sánchez ni con un partido que haya resonado con tanta fuerza en el ámbito rural. Son incapaces de imaginar un futuro en el que no conserven su estatus, un futuro que prescinda de ellos. Se lee claramente en la lógica de sus argumentos, en las palabras que eligen para descalificar a Sánchez, pero también en la trayectoria de sus posicionamientos: es solo una vez que ciertas figuras que sí representan a la élite criolla comunican su endoso —César Hildebrandt, una de las más recientes— que entonces comienzan a considerar darle su voto.

¿Por qué tardan tanto en alinearse con aquello que algunos venimos gritando desde el principio?

Mi impresión es que hay un entendimiento histórico inmediatista, limitado, corrompido. Una comprensión del país que —de nuevo— posterga hacia un segundo plano lo colectivo y trae al frente la elección individual. La lucha de clases les parece —de nuevo— un concepto ideológico no vigente. Consideran que el análisis político debe enfocarse en estudiar los planes de gobierno, las denuncias de corrupción que cargan los candidatos, sus tendencias autoritarias o democráticas. Y así, cuando las figuras por las que apostaron no llegan a segunda vuelta, piensan legítimo elegir la tercera vía: no participar más del proceso electoral, rechazarlo, mantener las manos limpias, dormir tranquilos.

De nuevo, tratan el devenir de la nación como un asunto individual: ¿quién es el candidato?, ¿quién soy yo como votante?

La historia, sin embargo, no recordará esas preguntas. Tampoco si Pedro Castillo les parecía un hombre brillante o si Sánchez es o no un oportunista.

El futuro se mueve por el choque de dos multitudes enfrentadas a lo largo de siglos. Y no existe una posición intelectual o moral que pueda escapar a ellas. Quiera o no, cada votante entrará en uno o en otro grupo. Y esa pertenencia —aunque algunos después quieran negar lo que dijeron o hicieron— no será olvidada. Quedan poco más de cuarenta y ocho horas para que acabe al fin este episodio electoral. Tiempo suficiente para ingresar en eso que les gusta llamar «el lado correcto de la historia». No debería ser difícil darse cuenta cuál es el voto que, este domingo, apunta hacia esa dirección. 


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