Ante dos candidatos cuestionables, una óptica que mira el largo plazo
Conversando con amigos, familiares y colegas durante estas semanas, he encontrado una sensación que se repite constantemente en estas elecciones peruanas: la duda. No la duda propia de no prestarle atención a la campaña, sino la de quienes han seguido el proceso electoral y siguen sin sentirse plenamente representados por ninguna de las opciones que llegaron a la segunda vuelta. Las últimas encuestas publicables parecen confirmar esa percepción de incertidumbre colectiva.
Y ese desconcierto es perfectamente comprensible. No todos quienes evalúan votar por Roberto Sánchez lo hacen desde el entusiasmo, la identificación ideológica o la convicción plena. Muchos llegan a esa posibilidad después de sopesar riesgos, comparar escenarios y reconocer las limitaciones de ambas candidaturas. En momentos como este, la democracia no siempre nos exige elegir entre lo que más nos entusiasma, sino entre las alternativas realmente existentes.
Precisamente, este artículo busca plantear un voto por Roberto Sánchez, en especial en quienes aún se encuentran ambivalentes. Para esto, quisiera empezar por una preguntar más básica: ¿Qué candidato ofrece mayores posibilidades de preservar los contrapesos democráticos que todavía nos quedan?
Hace cinco años, en una situación distinta, pero con dilemas parecidos, voté por Pedro Castillo. Lo hice con reservas. Como millones de peruanos, veía limitaciones evidentes en su candidatura. Sin embargo, también entendía su gran arraigo popular entre poblaciones constantemente ninguneadas por las élites políticas, económicas y mediáticas del país. Para muchos ciudadanos, su elección representaba la posibilidad de sentirse finalmente escuchados. Pero, al mismo tiempo, sabía que el presidente de la República no gobierna solo.
Castillo intentó vulnerar el orden constitucional en diciembre de 2022 y fue removido del cargo de manera casi inmediata. El sistema político peruano, con todas sus imperfecciones, pudo aplicar límites al poder presidencial. Lamentablemente, el mismo Congreso luego cayó en similares vicios, y eso ya es historia conocida.
Esa experiencia debería enseñarnos algo importante para la elección actual de 2026. Quienes temen que Roberto Sánchez pueda implementar unilateralmente un programa radical parecen asumir que gobernará con poderes absolutos. Pero la realidad política es otra. Sánchez no controlará el próximo Congreso. No cuenta con una mayoría parlamentaria propia. Tendrá que negociar, ceder y enfrentar resistencias. Sus propuestas que generan más controversia encontrarán límites institucionales. Y los riesgos deben ser discutidos abiertamente, como desde ya está ocurriendo en esta segunda vuelta. Una democracia madura no consiste en elegir candidatos perfectos, sino también en evaluar qué tan fuertes son los mecanismos que impiden que un gobernante concentre demasiado poder.
Precisamente por ello, rechazo una idea que se ha vuelto frecuente en ciertos espacios de análisis político: que ambas candidaturas son equivalentes. Reconocer las limitaciones, errores o riesgos presentes en cada una de ellas no obliga a concluir que representan lo mismo para el país. En una candidatura predominan las incertidumbres sobre lo que podría ocurrir. En la otra existen antecedentes concretos de concentración de poder, debilitamiento institucional y erosión de los contrapesos democráticos.
Reconocer los límites de Sánchez tampoco implica negar las fortalezas que ha mostrado durante esta campaña. Además de su evidente apoyo en los sectores rurales, indígenas y marginados en la primera vuelta (y que desde ciertas élites se sigue ninguneando y/o ‘terruqueando’), durante la segunda vuelta ha mostrado una disposición a ampliar la cancha política y buscar interlocutores más allá de su electorado original. Esa actitud puede parecer insuficiente para algunos, pero revela una comprensión importante: gobernar el Perú exige construir acuerdos con sectores que piensan distinto.
Y allí es donde encuentro la principal diferencia con Keiko Fujimori.
A lo largo de la última década, el fujimorismo ha demostrado una decidida postura para influir sobre las instituciones del Estado. Especialmente desde 2016, su presencia ha marcado buena parte de la vida e inestabilidad política nacional. Distintos gobiernos han enfrentado obstrucción parlamentaria y confrontaciones permanentes que han debilitado la confianza ciudadana en la democracia. Más preocupante aún es la ausencia de autocrítica. Después de años de polarización política, el fujimorismo sigue sin reconocer responsabilidades significativas en la crisis institucional que atraviesa el país. Hoy, pudiéndolo, se han rehusado a votar en contra de las llamadas leyes procrimen.
La candidatura de Keiko Fujimori no busca separarse de su padre. Keiko ha reivindicado reiteradamente su legado político. Para muchos peruanos, eso recuerda crecimiento económico y derrota del terrorismo. Para otros, incluye también autoritarismo, corrupción y graves violaciones de derechos humanos. Pero incluso quienes valoran positivamente algunos aspectos de los años noventa deberían preguntarse si es saludable para una democracia volver a concentrar tanto poder en una misma corriente política que han abrazado últimamente con más fuerza idearios de la ultraderecha.
El problema no es únicamente quién ocupa la presidencia, sino qué ocurre cuando la presidencia, sectores importantes del Congreso, buena parte del empresariado, influyentes medios de comunicación y otras estructuras de poder convergen en una misma dirección política. Ya lo vimos en los noventa y ahora en esta segunda vuelta. Y si necesitamos ejemplos más recientes, basta recordar la impunidad que todavía rodea las muertes de más de cincuenta peruanos durante las protestas de finales de 2022 e inicios de 2023.
Las democracias no se deterioran solamente por líderes radicales que intentan imponer cambios bruscos. También pueden erosionarse, como bien señalaron Levistky y Ziblatt en su libro Cómo mueren las democracias (2018), cuando desaparecen los controles efectivos sobre quienes gobiernan. Fujimori ofrece estabilidad a través de una supuesta “mano dura”. Es un argumento comprensible en un país agotado por años de crisis política. Pero la estabilidad no puede confundirse con ausencia de fiscalización ni con concentración absoluta de poder.
La decepción con la oferta política es real y no debe ser minimizada. Esa posición expresa el no sentirse representado por ninguna de las alternativas disponibles. Sin embargo, en una segunda vuelta en el Perú, la política deja de desarrollarse en el terreno de lo ideal y pasa al terreno de las decisiones concretas. Por eso, más que preguntarnos cuál sería el escenario perfecto, conviene preguntarnos cuál de los escenarios posibles representa un menor riesgo para nuestra democracia. La política democrática rara vez consiste en elegir entre opciones ideales. Con frecuencia exige decidir entre alternativas imperfectas y asumir la responsabilidad de esa decisión.
Los ciudadanos indecisos enfrentan hoy una elección compleja, en especial porque ninguna de las dos alternativas despierta consensos amplios, como lo demostraron los resultados de la primera vuelta. Precisamente por eso conviene pensar menos en simpatías personales y más en la arquitectura democrática.
¿Qué escenario ofrece mayores posibilidades de que existan límites al poder? ¿Cuál permite que diferentes instituciones se fiscalicen mutuamente? ¿Cuál reduce el riesgo de que una sola fuerza política acumule demasiada influencia? Mi respuesta a esas preguntas es votar por el equilibrio. Los contrapesos institucionales siguen siendo una de las pocas defensas efectivas que tenemos frente a cualquier proyecto autoritario, venga de donde venga.
No porque ignore los problemas de la candidatura de Sánchez. Tampoco porque crea que esta propuesta de izquierda esté exenta de errores o tentaciones autoritarias. Lo que considero clave es reconocer que la democracia peruana atraviesa un momento demasiado frágil como para aceptar una mayor concentración de poder.
En esta elección, invito a votar para que el poder siga teniendo frenos. Las democracias no se sostienen gracias a gobernantes perfectos, sino gracias a instituciones capaces de poner límites a cualquier gobernante. Y porque, defender estos contrapesos es mantener la posibilidad misma de aspirar a construir un futuro para el Perú.
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