Sobre las consecuencias de un voto honesto, digno y blanco
Curiosamente, ha vuelto a suceder lo que vivimos en 2021. Lo recuerdo vivamente quizás porque significó para mí un momento de radicalización. En cola para votar, no decidía si aferrarme a la candidata de izquierda que yo, mis amigos y mis círculos endosábamos —Verónica Mendoza— o si desviar la mano y marcar la X sobre Perú Libre, el partido de Pedro Castillo: profesor y campesino, perteneciente a una izquierda rural y conservadora, pero, más que otra cosa, el candidato que —ya se sabía— había sido elegido para concentrar buena parte de los votos de grandes regiones rurales del Perú.
En los medios tradicionales —y también en los digitales dirigidos a público urbano—, Castillo había pasado desapercibido. Poco después se haría meme la entrevista hecha por Marco Sifuentes. En ella, el periodista cuestionaba cómo Castillo pensaba llegar a segunda vuelta si las encuestas lo mostraban por debajo del 1 % en intención de voto. El candidato respondía con una sonrisa premonitoria y deslindaba de la confiabilidad de esas encuestas, separando tales cifras del verdadero sentir del pueblo, aquello que él veía al recorrer el Perú.
Semanas antes de la primera vuelta electoral, Castillo comenzó a escalar posiciones. Lo más notorio fue que ciertas cuentas de Facebook directamente vinculadas con las bases militantes de la izquierda informaron acerca de los acuerdos que estaban sucediendo fuera de Lima: Pedro Castillo sería su representante. No Verónica Mendoza.
En cola para votar, yo no sabía si creer lo que decían aquellos avisos o si jugármela por «nuestra candidata». Sabía, sí, que lo más importante era asegurar que un candidato de izquierda llegara a la segunda vuelta con Keiko Fujimori, para que al menos no nos sucediera nuevamente aquello que habíamos vivido en 2016, cuando otro candidato de derecha —Pedro Pablo Kuczynski— fue su contendiente.
Ese día, voté por Verónica Mendoza.
Luego, me pasé el resto de la tarde convencido de que había desperdiciado mi voto, cruzando los dedos para que, si ella no alcanzaba el porcentaje suficiente, otro candidato de izquierda —a lo mejor Pedro Castillo— lo hiciera. Temía las consecuencias de no haberme plegado a lo que las bases habían concertado y haberme rebelado —desde Lima— contra ese acuerdo que no se alineaba perfectamente con la parte más citadina y burguesa de mis valores sociales.
Felizmente, Pedro Castillo pasó a segunda vuelta con holgura. Y unos meses más tarde se convirtió en nuestro presidente. El primer presidente de origen campesino que tuvo el Perú.
En estos días en que vemos a Roberto Sánchez pelearle el segundo puesto a Rafael López-Aliaga*, pienso en esa ilusión progresista, urbana y blanca que en estas elecciones quiso colocar a Jorge Nieto, a Alfonso López Chau o a Marisol Pérez Tello en ese lugar.
Si López-Aliaga le arrebata el pase a segunda vuelta a Sánchez, será difícil hacer las paces con ese voto que —igual de honesto que mi voto por Mendoza en 2021; igual de desperdiciado— traiga como consecuencia ver en la final a dos candidatos ideológicamente alineados con la destrucción moral, social, cultural y económica de nuestro país.
*Mientras escribo este artículo, Porky va detrás de Sánchez por menos de diez mil votos.