Fraude no, desastre sí


No hay base para anular las elecciones, pero sí para la desconfianza


No hay fraude en las elecciones peruanas. Empecemos por ahí. No hay evidencia de una manipulación sistemática de resultados, ni una operación organizada para torcer la voluntad popular.  Sin embargo,  que no haya fraude no significa que no tengamos un enorme problema entre manos y que podamos transitar hacia la segunda vuelta sin tropiezos. 

El caos en la organización del proceso electoral fue evidente y afectó directamente su desarrollo. La ONPE, y específicamente su jefe, Piero Corvetto, organizaron el peor proceso electoral del que tengamos memoria con fallas en el reparto del material, mesas que se abrieron al día siguiente, computadoras que no funcionaban, impresoras sin tinta y un caos que dejó a los electores frustrados y más desconfiados que nunca. Y no solo me refiero a los seguidores de López Aliaga, pues los votantes de Roberto Sánchez tambien han inundado las redes sociales quejándose de la organización, temerosos de que se alteren los resultados. Las narrativas van más o menos así: Escenario 1) Corvetto se coludió con la izquierda para quitarle votos a López Aliaga generando caos, cansando a los votantes, impidiendo que se abrieran mesas. El famoso plan Morrocoy, que le llaman. Escenario 2)  Corvetto se coludió con López Aliaga para generar caos en Lima y pedir la nulidad de las elecciones, porque ya sabían que  Roberto Sánchez pasaba a segunda vuelta. 

Esta percepción tan dicotómica como excluyente, en un contexto en el que el pase a segunda vuelta se juega voto a voto, es nefasta no solo para la continuidad del proceso electoral, sino para nuestra subsistencia como país, porque no hay salida pacífica, no hay una solución que calme las aguas. Si Roberto Sánchez no pasa a segunda vuelta, buena parte del país sentirá que, nuevamente, le arrebataron a su candidato y saldrá a protestar bajo el peligro de ser reprimida violentamente. Si Rafael López Aliaga se queda fuera, millones de votantes en Lima, saldrán a las calles liderados por un personaje violentista y prepotente, que ya lanzó amenazas inaceptables a las autoridades electorales. 

Hay quienes dicen que estamos nuevamente en un escenario como el del 2021 y, la verdad, no, estamos en uno mucho peor: en las elecciones pasadas, Keiko Fujimori se sacó un fraude de la manga para el que no pudo presentar una sola prueba. Hoy estamos ante hechos que los ciudadanos  vivieron en carne propia. Nadie se los contó, padecieron un mal manejo logístico y ahora no hay forma de quitarles de la cabeza que todo se hizo específicamente para perjudicar a su candidato.   

No hubo fraude, me ratifico en mi afirmación inicial, pero hubo tal desmadre que el daño a la credibilidad de este proceso ya está hecho. Lo único que queda es esperar los resultados oficiales y respetarlos. Y, cualquiera sea el ganador, tratar de comprender la frustración ajena, en lugar de insultarnos, agredirnos y  denigrarnos, porque eso no hará más que empeorar las cosas.


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