Que les cueste ser el mal menor


El voto crítico en segunda vuelta es la baranda en el abismo


Como comentaba la semana pasada, la mayoría de peruanos llegamos a la segunda vuelta sin entusiasmo, sin bandera y, en muchos casos, tapándonos la nariz. Tres de cada cuatro ciudadanos no votamos por ninguno de los dos candidatos que ahora compiten por la presidencia. Eso no es un dato secundario. Es el punto de partida obligatorio de cualquier reflexión responsable sobre cómo votar.

Decir que estamos ante un escenario de «mal menor» es correcto, pero incompleto. Lo que a veces se olvida es que esa frase tiene dos partes: hay un mal menor, sí, y ese mal no desaparece por el hecho de que el otro candidato nos parezca peor. Ninguno de los dos merece un cheque en blanco. Ninguno.

Empecemos por Keiko Fujimori. No aceptó perder las elecciones de 2016. Ese berrinche político fue el detonante de una década de inestabilidad, enfrentamientos y oportunidades desperdiciadas. Un país entero pagó el precio de ese ego.

Además, su partido político funciona más como una secta que como una organización democrática. Eso no augura un control interno frente al ejercicio del poder. Y cuando uno mira lo que el fujimorismo entiende por «gobernar», la señal es clara: no hay respeto alguno por el balance de poderes. El patrón es conocido: neutralizar las instituciones que incomodan. Lo hizo el chavismo en Venezuela y lo hizo el fujimorismo en el Perú una década antes, ese gobierno que hoy reivindica con más orgullo que en sus campañas anteriores.

El fujimorismo ya cuenta con un Tribunal Constitucional servil, una Defensoría del Pueblo neutralizada, una Junta Nacional de Justicia afín, una Fiscalía de la Nación alineada y una primera mayoría en el Senado. La pregunta que nadie en su entorno quiere responder es simple: ¿quién va a hacerle contrapeso?

Las promesas que suelta en campaña suenan bien, como siempre. Pero basta con mirar el comportamiento de su bancada congresal para entender la brecha entre el discurso y la práctica. Dice que será dura contra el crimen, pero sus congresistas apoyaron buena parte de las leyes que dificultaron la lucha contra el crimen organizado. Habla de Beca 18 con emoción en el debate, pero su bancada contribuyó a dejarla sin presupuesto. Defiende el modelo económico, pero los naranjas votaron con entusiasmo a favor de normas que socavaron la estabilidad fiscal (que es una de las piedras angulares de ese modelo).

Ahora, pasemos a Roberto Sánchez. El candidato de Juntos por el Perú reivindica el régimen de Pedro Castillo, del que fue parte. Un gobierno que intentó un golpe de Estado. La torpeza con que fue ejecutado, o el debate jurídico sobre cómo tipificarlo penalmente, no borra lo esencial: se intentó cerrar el Congreso e intervenir el sistema de justicia con un discurso calcado del de Alberto Fujimori en 1992. El mismo argumento, la misma lógica, el mismo desprecio por las reglas. Que salió mal no lo salva de responsabilidad política e histórica.

Ese gobierno tuvo, además, una rotación de ministros sin precedentes en la historia reciente. No porque el Parlamento los censurara, sino porque la improvisación y la mediocridad eran de tal magnitud, que ni siquiera sus propios aliados podían sostenerlos.

Sánchez no es un outsider. Es todo lo contrario: un ministro cuestionado, un congresista con múltiples denuncias pendientes, y alguien que pactó con la coalición parlamentaria para evitar su inhabilitación. Yehude Simon lo denuncia públicamente por haberle robado el partido. Lo más probable es que termine traicionando a todos, en una versión 2.0 del gobierno de Dina Boluarte: acomodándose donde estén los votos que le permitan sobrevivir.

Y luego está Antauro Humala, su aliado político. Varios de los parlamentarios elegidos en su lista tienen afinidad ideológica con él. La idea de que Antauro no tendría ningún rol en un gobierno de Sánchez tiene exactamente el mismo fundamento de quienes sostenían que Vladimir Cerrón no sería ni portero en Palacio de Gobierno. Quien crea en los derechos humanos no debería sentirse cómodo saliendo en una foto junto a alguien cuyas ideas oscilan entre lo inaceptable y lo delirante.

¿Y entonces? Habrá quienes voten por Keiko Fujimori. Habrá quienes voten por Roberto Sánchez. Habrá quienes votemos viciado. Entiendo todas las decisiones ante una elección imposible. Lo que no es indefendible es votar por alguno de ellos sin exigir nada a cambio.

Los candidatos deben sufrir por conseguir los votos de quienes no los apoyaron en primera vuelta. La gran mayoría. Que hagan compromisos concretos y públicos. Que den explicaciones por los episodios que los comprometen. Que pidan disculpas donde corresponde. Que convoquen a independientes de trayectoria a sus equipos. Que les cueste ser el mal menor.

Y una vez que termine la segunda vuelta, sea quien sea el que gane, todos — la ciudadanía, los partidos de oposición, la sociedad civil y especialmente la prensa — deben estar despiertos desde el primer día. No hay luna de miel que deba durar cuando el mandato popular es tan frágil y la desconfianza tan fundada.

El voto crítico no es el voto del derrotado. Es el único voto responsable disponible en este escenario trágico.


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1 comentario

  1. María Rojas

    Hola Alberto, y sería factible que se vote en blanco y se llegue al 60 / y se pueda convocar a nuevas elecciones?

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