24 %


Implicancias de que ¾ de los peruanos no hayan votado por esta segunda vuelta


Los candidatos presidenciales en Perú han llegado a la segunda vuelta con porcentajes muy bajos de apoyo electoral. Ese es el primer dato que Keiko Fujimori y Roberto Sánchez deberían mirar con humildad antes de salir a pedir el voto de los peruanos. Entre ambos suman cerca del 29 % de los votos válidos, pero si se cuentan los votos emitidos (incluidos los blancos y los viciados), la cifra baja a 24 %. Es decir, tres de cada cuatro peruanos que fueron a votar no eligieron esta segunda vuelta.

No es una simple anécdota electoral. En una elección fragmentada, con candidaturas débiles, hastío ciudadano y una oferta que no terminó de entusiasmar a casi nadie, pasar a segunda vuelta no equivale a haber convencido al país. Equivale, apenas, a haber sobrevivido mejor que los demás en una competencia dispersa.

Por eso esta campaña no debería reducirse a la búsqueda resignada del mal menor. Ya conocemos ese libreto. Cada candidatura tratará de recordarnos por qué la otra representa un peligro mayor. Una apelará al miedo al retorno del fujimorismo; la otra, al miedo a la izquierda asociada al gobierno de Pedro Castillo. Cada comando querrá convertir la segunda vuelta en una advertencia, no en una oportunidad para las propuestas. Puede funcionar a nivel electoral, pero sería una pésima forma de empezar a gobernar.

Quien gane no recibirá un cheque en blanco: recibirá un país cansado, desconfiado, fragmentado, con instituciones debilitadas y una ciudadanía que ha aprendido a votar con la nariz tapada demasiadas veces. La pregunta, entonces, no es solo quién logra que el antivoto del otro pese más, la pregunta es quién será capaz de salir de su rincón y construir una mayoría política y social más amplia que la de su primera vuelta para garantizar algo de gobernabilidad los próximos cinco años.

Eso exige gestos concretos. Exige, por ejemplo, equipos técnicos capaces de transmitir solvencia más allá del círculo partidario. Profesionales independientes, voces reconocidas en economía, salud, seguridad, educación y reforma del Estado. 

También exige moderar propuestas que, en campaña, pueden haber servido para diferenciarse, pero que en gobierno podrían incendiar la pradera. En el caso de Keiko Fujimori, por ejemplo, su propuesta de retirar al Perú de la Corte Interamericana de Derechos Humanos genera alarma en sectores vinculados al centro político. Implicaría alterar gravemente la relación del país con el sistema interamericano y enviar una señal preocupante sobre el compromiso del Estado con los derechos humanos. Si quiere hablarle a ese centro, que no suele llegar a la segunda vuelta pero suele definirla, tendrá que aclarar si esa sigue siendo una promesa de gobierno o una bandera abandonada.

En el caso de Roberto Sánchez, ocurre algo parecido con planteamientos como la intervención del Banco Central de Reserva. En un país donde la estabilidad monetaria ha sido una de las pocas continuidades valoradas incluso en medio del desastre político, cualquier ambigüedad sobre la autonomía del BCR despierta alarmas razonables. Si quiere ampliar su base, Sánchez tendrá que demostrar que su candidatura no viene a poner en riesgo lo poco que todavía funciona.

Pero no se trata solo de asuntos programáticos, importa también el tono. En el Perú, las campañas suelen sacar lo peor de quienes compiten: la exageración, la sospecha, la frase para el aplauso fácil, el insulto disfrazado de firmeza. Esta vez, sin embargo, el tono de campaña será leído como anticipo del tono de gobierno. ¿Quién transmite más serenidad? ¿Quién puede discrepar sin dinamitar? ¿Quién parece capaz de sentarse con sectores que no lo votaron? ¿Quién entiende que ganar una segunda vuelta no es humillar al adversario, sino hacerse cargo de un país que llega partido en demasiados pedazos?

La política peruana ha normalizado la precariedad. Nos hemos acostumbrado a presidentes débiles, congresos impopulares, partidos sin arraigo, coaliciones armadas al paso y gobiernos que empiezan su cuenta regresiva el día de la juramentación. Precisamente por eso, esta segunda vuelta debería ser algo más que una carrera por administrar el rechazo.

El 24 % debe ser interpretado por los candidatos como una advertencia clara. Quien quiera gobernar el Perú tendrá que hacer algo más difícil que ganar una elección: convencer y comprometerse con una mayoría que, por ahora, no lo eligió.


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