El machismo en ese bus escolar 


La violación entre adolescentes refleja todo lo que no estamos discutiendo como sociedad


Como muchos de ustedes, he estado dándole vueltas a la reciente denuncia de violación sexual contra un menor, perpetrada por otros menores, en un colegio de Lima. ¿Por qué un grupo de chicos le haría algo así a un compañero de clase? ¿Dónde están los adultos en ese colegio? ¿Qué educación han recibido esos agresores? Las preguntas se me acumulan y muchos hemos pasado de la furia al espanto y viceversa; pero, más allá de lo que arrojen las investigaciones y de las sanciones que se impongan, es momento de tratar de entender qué tipo de sociedad estamos construyendo, o, más específicamente, qué tipo de hombres estamos criando. 

De acuerdo con la abogada Jannette Llaja, especializada en género y derechos humanos, lo primero que debemos tener en cuenta para entender un terrible hecho como este, es que la violación sexual no es simplemente una conducta vinculada al deseo sexual, sino que también puede constituir un acto de poder y humillación que el agresor utiliza para demostrar quién tiene el control. 

En segundo lugar, señala Llaja, cuando la violación sexual se comete contra un hombre, podemos estar ante una forma de ejercer la masculinidad, que busca imponer una jerarquía colocando a la víctima en un lugar de subordinación. Para eso, se le feminiza y se le trata como si fuera menos hombre, porque lo que entra en juego es la idea machista de que lo femenino es inferior y vulnerable. 

No es necesario, entonces, que la víctima sea gay, afeminada o trans para que la conducta de los agresores esté marcada por la homofobia y la transfobia. Según Llaja, estos prejuicios se activan para agredir y dominar a cualquier hombre que se aparte de la masculinidad dominante, de eso que los bullies consideran aceptable. Por eso, en la escuela son acosados los chicos considerados raros, distintos o a los que no les gusta el fútbol, porque no cumplen con los requisitos de lo que la sociedad considera un macho heterosexual dominante. 

No estamos, pues, ante un problema de disciplina en el colegio, de educación en casa o de salud mental de los involucrados. Lo que está en juego es algo más complejo y más difícil de solucionar: debemos analizar las ideas sobre lo que significa ser hombre para un muchacho de 17 años, la idea que tiene sobre el consentimiento y el respeto por el cuerpo ajeno, qué tipo de sexualidad ha desarrollado, cuál es su idea de la homosexualidad y cuánta violencia está dispuesto a soportar o ejercer en su entorno social.

Contra lo que muchos creen, este no es solo un tema de valores que se transmiten en la casa o en el templo; es precisamente una educación con enfoque de género, esa tan satanizada y repudiada por un sector de la sociedad, la que ayuda a prevenir este tipo de conductas. Cuando en las aulas se discuten el machismo, el respeto al otro, la sexualidad sana y los comportamientos inaceptables de una masculinidad tóxica, los jóvenes pueden cuestionar estructuras heredadas, desmontar prejuicios y cambiar conductas que durante siglos han sido toleradas. 

Hoy el prejuicio y la intolerancia están borrando toda alusión al enfoque de género en la educación escolar. Para muchos se trata simplemente de desaparecer el lenguaje inclusivo y de hablar de igualdad de oportunidades.  ¿Pero acaso puede haber igualdad en un aula en la que un grupo de chicos se cree superior, se cree más hombre? ¿Podemos estar tranquilos cuando todos los días la sociedad les grita a la cara que violar está bien? ¿Quién pone el contrapeso en una casa donde el padre homofóbico anima a su hijo a humillar al “raro de la clase”? Justamente, como explica Janette Llaja, es esa educación que promueve la tolerancia a lo distinto y el respeto al otro, la que les da la oportunidad a esos jóvenes  de comprender las dimensiones de esa conducta y trabajar en su  prevención.

Me quedo con la conclusión que propone Llaja en su magnífica reflexión: la denuncia realizada no debe tratarse como una excepción, no se trata de algo tan simple como pasarse una luz roja y saltarse una norma. Estamos ante un llamado de atención sobre cómo comprendemos y abordamos la violencia sexual en el país; la que es perpetrada mayoritariamente contra las mujeres, especialmente niñas y adolescentes, pero también contra los hombres como una forma de humillación, castigo y control.

Si la respuesta se queda en atender a la víctima y castigar a los responsables, volveremos a encontrar, en otros colegios, bajo otras modalidades, la misma brutal violencia. Si se borra el enfoque de género en la educación, les estaremos negando a millones de chicos y chicas la oportunidad de convivir con respeto y de alejarse de conductas aberrantes y espantosas que le destrozan la vida a la víctima para siempre, pero que también marcan y destruyen el futuro de los victimarios. 

Puede leer el análisis completo de Jannette Llaja, aquí, en su artículo original. 


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