¿Sirven nuestras obsesiones por el pasado para entender este presente?
Tucídides habría entendido mi vicio: descorrer el velo de la historia y asomarse como un voyeur a la Segunda Guerra Mundial. No sé si les ha pasado. Las plataformas de streaming abundan en documentales sobre Hitler & Cía., y yo, que soy un hombre de 50 años al que no le gusta socializar de 6 a.m. en adelante, abundo de horas disponibles para haberlos visto todos, desde los clásicos populares como World War II in Colour, o Rise of the Nazis, de la BBC, hasta aquellos que quiebran cualquier complacencia moral: ese abismo despojado de adornos con el que Lanzmann nos asomó al horror en Shoah. Y, claro, OVNIs Nazis, documental completo en español latino.
Desde hace tres años, por lo menos, estuve recibiendo dosis altas de segunda guerra, y una cosa me fue llevando a la otra: de la pantalla salté a la trilogía de Richard J. Evans y a las memorias tramposas de Albert Speer. De pronto me descubrí rumiando mentalmente ponencias sobre, por ejemplo, el ingreso de las tropas de la Wehrmacht por la frontera austriaca, o la fascinación de Hitler por los dibujos animados de Mickey Mouse.
Como pasa con las visitas, lo bueno de mis obsesiones es que se van. Un día supe que estaba harto de tanta guerra y extremismo nacionalista, y dejé de ver noticias porque el mundo se nos puso igualito, solo que peor porque es ahora y es nuestro, al tiempo que corté también con cualquier cercanía audiovisual o bibliográfica con Adolf Hitler, sus víctimas y su pandilla de asesinos. Pero Tucídides habría entendido la resaca porque uno al final se queda pensando, ¿no? ¿De qué me sirve ahora tanto dato en apariencia inútil? ¿Por qué sé más de la caída de París que de gasfitería? ¿De dónde viene la crueldad? ¿Por qué se contagia? ¿Por qué me interesaron tanto las batallas de la Luftwaffe y no le presté atención a mi colesterol, mis migrañas, mi pena?
Es saludable ir por la vida dejando más preguntas que certezas. Sin embargo, cuando al fin cede la obstinación de la duda y asoma una respuesta, rara vez lo hace con solemnidad, sino que irrumpe como una epifanía, una hendidura de luz que desgarra la neblina de esta ciudad de mierda y desciende sobre tu cabeza a la manera de aquellas lenguas de fuego —una suerte de Pentecostés agnóstico—, revelándose en el instante más absurdo: mientras masticas una chapla, o te enjabonas la axila, o quizá, como me sucedió, mientras te entregas a tu siguiente obsesión histórica. Uno no elige sus manías: es un rehén, y el vacío que me dejaron los nazis hoy es habitado por el neandertal, el pariente evolutivo más cercano que hemos tenido nosotros, los sapiens.
Qué sé yo, siempre hay un hilo invisible que le da sentido a todo. Los datos que acumulé durante años sobre la perversión del Tercer Reich —tantas preguntas—, han cobrado sentido al ir conociendo al neandertal con una pasión insensata, como si mañana tuviese que rendir un examen de esa materia específica. Ya van a entender al final, pero vayamos al inicio. Todo empezó cuando me crucé en YouTube con una charla de un arqueólogo francés que hoy admiro, pero que entonces era para mí un completo desconocido, un hombre flaco de facciones cadavéricas, barbudo como explorador antiguo, y una mirada insondable, como si acabara de salir de una cueva secreta y sabe algo que nunca te dirá, y que respondía al nombre de Ludovic Slimak. La charla: Neandertales: Lo que su extinción dice de nosotros, y como siempre me ocurre, una cosa fue llevando a la otra: pasé a sus libros, a todos los documentales disponibles que aún no termino, y luego a los estudios del padre de la paleogenética, el nobel Svante Pääbo, y Al mundo antes de nosotros, de Tom Higham, y al español Juan Luis Arsuaga, que lo sabe todo de Atapuerca, uno de los yacimientos paleontológicos más importantes del mundo.
El neandertal es el deshueve. Comprenderlo es, para arqueólogos como Ludovic Slimak, una forma paciente del desengaño: quizá una tarea sin final. Aquella otra humanidad no habitaba el mundo; era el mundo. Sus herramientas no surgían de un molde mental impuesto a la fuerza, sino de una conversación secreta con la piedra. El neandertal no esculpía contra la roca, sino a favor de sus fallas y colores, como si el filo final fuese la maduración inevitable de esa piedra concreta y de ninguna otra. Slimak lo resume con crudeza técnica: cuando sostiene una punta tallada por los primeros sapiens, lee de inmediato la mente del artesano. Se da cuenta del patrón industrial, de la réplica estandarizada que nuestros antepasados calcaban por millares desde el África hasta el valle del Ródano. En cambio, cuando acaricia un sílex neandertal, la mirada se le nubla. Ve el genio en estado puro, pero no alcanza a entrar en la cabeza de quien lo concibió. El sapiens —nosotros, vosotros, ellos— colonizó el planeta clonando sus certezas en la piedra. El neandertal dejó piezas únicas que hoy nos miran como enigmas mudos.
Me interesa entender al neandertal en contraposición a nosotros, la especie que tuvo mejor suerte. El neandertal habitaba un solo territorio, y su nomadismo tenía límites establecidos: allá las llanuras para la temporada de bisontes, acá la cueva para el invierno y la noche. El sapiens, en cambio, tejía redes a larga distancia y mantenía con otras poblaciones de sapiens una suerte de intercambio cultural que le permitía entender y perfeccionar sus arcos, proyectiles, agujas de coser. El neandertal podía vivir en comunidad, cuidando a sus ancianos y a sus enfermos, pero no encontró una forma de comunicar que le permitiera sobrevivir al tiempo. Su extinción sigue siendo un enigma, pero sabemos que el sapiens descubrió la palabra, y sus tribus crecieron sin fracturarse. Ese milagro del lenguaje —pienso en una escena familiar, que en mi mente sucede en sepia: un grupo de cinco o seis sapiens alrededor del fuego, comprendiéndose uno al otro sin necesidad de moverse— ha sido una salvación y una condena.
Pudimos hablar. Inventamos dioses que inventaron reglas que nos permitieron sobrevivir y multiplicarnos. Desobedecer significaba morir, poner en riesgo al grupo, y el lenguaje proponía una guía de conducta. Una sola, grupal y solidaria. No solo aprendimos a la mala que adentrarse solo en un bosque podía ser mortal, sino que ideamos maneras sencillas de transmitir el peligro: si juegas en el bosque el lobo te comerá. “Mira lo que le pasó al neandertal —nadie dijo nunca— por dárselas de independiente, tan moderno”. Pensar distinto era una irresponsabilidad, una abominación y, con el tiempo, una herejía. Si hoy estoy aquí, escribiendo esto, es porque un ser humano, hace unos 300 mil años, en África, aprendió a hacer caso. Toda la historia de la humanidad —la evolución, los imperios, las guerras— de alguna manera está relacionada con la primera palabra que fue dicha en la Tierra. Así como la evolución, los imperios, las guerras están relacionados, también, a ese ser humano que supo decir “no”. Hemos venido programados, pienso ahora, para asumir un único liderazgo que nos conduzca a la sensatez o a la locura. Así, grupos de sapiens construyeron Roma o les pareció buena idea cazar judíos.
Tucídides exploraba la historia despojada de leyendas para comprenderla desde las causas humanas. Al final, de algo sirven mis obsesiones. Hoy, que se ha puesto tan de moda levantar la voz para defender un extremo, prefiero pensar que el odio a quien no piensa igual tiene que ver menos con la ignorancia de las gentes que con un instinto evolutivo, un rezago de nuestra memoria de monos sobrevivientes.
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