Una reciente novela peruana nos da pistas para respondernos tan grande pregunta

Nina Humala es abogada por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha llevado cursos y especializaciones en gobernabilidad y políticas públicas, así como en Memoria, Justicia Transicional y Derechos Humanos en universidades nacionales y del extranjero (PUCP, UBA y CLACSO). Cuenta con diversas publicaciones en revistas nacionales y participaciones en foros que abordan las secuelas del conflicto armado interno, así como el fenómeno del “terruqueo”.
La ficción peruana ha vuelto una y otra vez sobre el conflicto armado interno, la violencia política o, según el lugar desde donde se nombre, la época del terrorismo. Sin embargo, todavía son menos frecuentes las narraciones que se detienen en lo que ocurre después: en las vidas atravesadas por esa violencia, en los estigmas que sobreviven y en las herencias familiares que alcanzan incluso a quienes no vivieron directamente esos años. Si bien ya contamos con libros de corte testimonial y ensayístico como Los rendidos, de José Carlos Agüero, o De silencios y otros ruidos, de Rafael Salgado, considero que la reciente novela La condena silenciosa, de Roger Merino, se instala en otro registro. Aunque este libro parte del conflicto, su mayor interés no está únicamente en reconstruirlo, sino en mostrar cómo sus consecuencias continúan moldeando relaciones, decisiones y trayectorias personales mucho tiempo después de que, oficialmente, la violencia ha terminado.
Y aquí abro una pregunta que ha sido repetida por distintos autores: al término de una guerra, ¿cuándo empieza la paz? La posguerra, a pesar de comúnmente entenderse como un momento de tránsito, también puede ser un momento en el que se llegan a encontrar nuevas formas de envilecer a las sociedades, trastocar sus dinámicas sociales, jurídicas, e incluso, las familiares, todo por la carga de la violencia que persiste a pesar del tiempo; a pesar, incluso, de que las nuevas generaciones no vivieron esa época, aunque sus decisiones personales, sin saberlo, terminen siendo moldeadas por las vivencias de sus padres, abuelos, tíos, etc.
En La condena silenciosa, Merino nos cuenta las experiencias de vida y el paralelismo de sus personajes principales: Marcelo y Matías, quienes, siendo hermanos, tuvieron experiencias diametralmente opuestas. Por un lado, Matías, un militante senderista un tanto distinto al arquetipo habitual del “terruco”. Alguien con convicciones sociales, pero que también duda del partido, para años después incluso llegar a denostar toda forma de politización, en una evolución que no se percibe forzada en la escritura de Merino. Por otro lado, tenemos a Marcelo, con el perfil del inocente que fue sindicado y encarcelado erróneamente, no por ser terrorista, sino por parecerlo. Como bien describe el historiador Carlos Aguirre en su conocido texto Terruco de m…, la palabra «terruco» sugería la imagen de personas de extracción indígena que cometían actos de violencia sanguinaria que, a su vez, revelaban (…) su condición de individuos hipócritas, fanáticos, traidores, antipatriotas e incluso subhumanos”, o así eran representados en el imaginario de la época. En la novela, Marcelo parece calzar en este arquetipo.
Marcelo inicia su vida con infortunios e injusticias que escapan completamente de su control, pero el desarrollo de su historia es particularmente atrayente, pues si bien empieza como un inocente encarcelado, llega a atravesar distintas etapas; y a una edad ya adulta, empieza a politizarse, e incluso organizarse en “el ala radical del magisterio”, es decir, a ojos de la sociedad descrita en la novela, Marcelo decide actuar, sabiendo que podría ser leído como “terruco”, aunque no lo sea. Lejos de la ingenuidad o la mala fortuna que tuvo en su pasado, esta vez la actividad política es una decisión consciente y plena del personaje.
A diferencia de otras de este corte, en esta novela los protagonistas son personajes que han sido históricamente menos abordados, o que cuya trama principal no se desarrolla necesariamente durante el clímax de la violencia. Por el contrario, lo que se nos muestra es cómo sobreviven al estigma y cómo perviven en ellos los fantasmas del pasado, a pesar de las décadas transcurridas, y en eso creo que radica lo novedoso de esta novela.
Lo que nos muestra el libro es la desbordante necesidad de sus personajes de escapar de ese pasado que siempre regresa, incluso en la descendencia, pues también se nos narra cómo se desarrollan las personalidades de sus hijos, los afectos que los imprimen, así como las convicciones políticas que adoptan o, en su defecto, la indiferencia social que desarrollan.
A partir de la novela se pueden abrir preguntas en torno a la sociedad actual, sobre cómo recogemos la memoria de la época del conflicto, y qué hacemos con esta memoria (o memorias). En el texto vemos a la violencia transformada y adaptada para pervivir a través de otro tipo de pugnas más sutiles, más veladas, simbólicas y lentas en su impacto, pero igual de efectivas al momento de erigir la figura del enemigo a ser derrotado en un periodo posconflicto, pues la figura del terruco sigue vigente y determinando incluso las decisiones políticas más importantes del país, como, por ejemplo, por quién votar a la presidencia o a quién vacar.
El antropólogo Carlos Zevallos Trigoso señaló cierta vez que “el régimen de memoria del posconflicto peruano opera desde una lógica indexical: las posiciones que distribuye (víctima, perpetrador, héroe, hijo-de) no califican actos sino contigüidades, de modo que la culpa y la legitimidad se transmiten a la manera de la «pureza de sangre», una lógica que tiene como estructura fundante la racialización(…) La palabra «terruco» funciona exactamente así: no describe una creencia ni un acto, marca un haber-estado-cerca que basta para incriminar. Y hemos naturalizado el tránsito de «terrorismo» a «terrorista», del tipo de acción al tipo de sujeto; esa sustancialización vuelve la culpa heredable por filiación y cercanía” (ponencia: Contemporary art, critical subjectivities, and poisonous knowledge in visual production about the internal armed conflict in post-conflict Perú, 2026). Una descripción que creo se ve reflejada en la novela en mención.
En este libro de Merino, la paz tan solo es una abstracción o un ideal, casi como una promesa incumplida. La guerra y la dictadura pueden haber terminado oficialmente en el Perú, pero sus secuelas continúan arrastrándose en las vidas de quienes las padecieron y también en las de quienes vinieron después. El olvido se vuelve entonces una vía de fuga imposible debido a que son los hijos o familiares los que heredan patrones y estigmas. Es, pues, inalcanzable, cuando la misma sociedad te imposibilita dejar de ser quien fuiste y cuando, incluso, con el insistente señalamiento, termina logrando que alguien se convierta o se parezca a lo que nunca fue.
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Un buen análisis que trasciende a la ficción descrita en la novela, la realidad cruda que una época que parece apañar cualquier acto de brutalidad política actual. Hay que recordar la violencia del conflicto armado desde otra perspectiva, pues la misma fue generada por distintos actores desde diferentes posiciones, siendo una de ellas la violencia o terrorismo de Estado que se pretende borrar actualmente.