Atacama y Uyuni sirven para reafirmar las maravillas que nos debemos en esta vida
Quienes me acompañan desde hace años en esta plataforma saben lo que me gusta viajar y cómo casi cualquier excusa para explorar el mundo me sirve. Al revisar lo que he escrito, veo que estas excusas han sido aliadas cuando acompañé a unos valientes ciclistas a travesar la cordillera de los Andes visitando los campos de batalla de la Independencia, y también en mis paseos por Indonesia y la India. También me acompañaron junto a mi ligera mochila por el Camino de Santiago, y en mis fantasías con Melville en las costas del Pacifico del norte, desde Vancouver hasta el Cabo del Desengaño; y el año pasado estuvieron conmigo en Ciudas de México, donde aún toca el organillero de mi infancia, y cuando pensé en los lugares y los no-lugares al recorrer la mitad de Europa para abrazar a mis amigos desperdigados.
Empecé el 2026 convencida de que me quedaría quieta en Lima todo el verano, algo que, valgan verdades, me cuesta. Para describir mi temperamento existen dos palabras en alemán que funcionan muy bien. Una es la ya muy conocida wanderlust, o el deseo de estar en movimiento, las ganas de explorar lo nuevo. Pero hay otra que me funciona aún mejor, y que muestra lo poético del alemán: se trata del frenweh, que se puede traducir como la añoranza, ansia, o melancolía por lugares lejanos y desconocidos, opuesto complementario del heimweh, que es la añoranza, ansia o melancolía por el hogar.
Acuñado por los precursores de los románticos del siglo XIX, los mismos creadores del strurm un drang,traducido al español como tempestad e ímpetu o como tormenta y pasión, fue un movimiento literario que reaccionó contra el racionalismo de la Ilustración para exaltar la libertad individual, la subjetividad, la naturaleza y la emoción extrema. La frase es tremendamente apropiada para describir los espacios que tuve la oportunidad de conocer a fines del mes pasado.
Incluyo aquí una foto del Salar de Uyuni para que los amables lectores se hagan una idea de que el espacio que visité realmente nos invita a pensar en la tempestad y el ímpetu. Este salar, convertido en el espejo más grande del mundo durante los meses en que la sal se cubre de una ligera capa de agua, muestra ahora vistas más impresionantes que de costumbre. Volví tan sobrecogida que todavía siento que ni las palabras, ni las imagines, le hacen justicia. Es lo más cercano que existe a sentirse suspendida en el aire: sin duda, uno de los fenómenos más impresionantes que he visto.

El camino fue formidable. Llegamos atravesando el desértico y elevado altiplano boliviano, lleno de formaciones rocosas de millones de años que se vienen erosionando con el viento para dejar figuras difíciles de imaginar. Con cielos interminables y colores incandescentes, montañas inmensas, géiseres en parajes que parecen lo que uno imagina como Marte, guaridas de vizcachas, gráciles vicuñas que aparecen de la nada y, sobre todo, lagos de colores visitados por cientos flamencos que tiñen todo de rosado, pero donde también hay mucho verde, y variedades desde el azulino hasta el celeste. Si me hubiesen dicho que un día me iba a sumergir en aguas termales a 4.500 metros sobre el nivel del mar no lo hubiera creído: la temperatura del agua era perfecta y el sol hacía de las zambullidas una delicia.
Y eso fue solo Bolivia. Veníamos desde Chile, de San Pedro de Atacama, donde comprobé que el desierto más seco del mundo no lo es tanto, pues vi llover un par de veces entre valles y oasis, parajes que nos hacen imaginar cómo será la Luna o Marte, pequeños valles escondidos en quebradas, donde el verde nos sorprende, al igual que los ríos y las aguas termales. Esto, sin mencionar a los géiseres impactantes, rodeados de volcanes majestuosos que se elevan entre los cinco y más de seis mil metros, como el Licancabur, el Lascar, el Sairecabur y el Llullaillaco.
Todo este viaje, o aventura, fue aún más mágica por la rara alquimia que se estableció entre el grupo de mujeres que, aún sin conocernos, decidimos emprender. Mi amiga Jeannine Motte, fotógrafa, había ido hacía ocho años a Uyuni y las imágenes que me había compartido me cautivaron apenas las vi. Cuando ella me dijo que haría un nuevo viaje con su amiga Lucero Cabral, una numeróloga que andaba en tránsito de vivir en el Valle del Urubamaba para volver a Santiago de Chile, no lo dudé por un segundo y me sumé al viaje, a pesar de que admito que me cuesta adherirme a proyectos que ya están organizados.
Me entregué (casi) completamente a la lógica del grupo. Hice amigas entrañables, pues estos espacios inenarrables nos dieron la posibilidad de conocernos, de contarnos infinidad de intimidades, de reír, de compartir y de sentirnos vistas y acompañadas. Fue entonces cuando recordé un libro que leí hace un par de años y que encontré de casualidad en un viaje a Bogotá. Es parte de una colección de la editorial Siruela, llamada Tiempo de mirar, que tiene por nombre Viajar y meditar. Una experiencia consciente de Sarah Samuel, quien nos dice:
En el fondo, viajar tiene que ver con la conexión. Al sacarnos de nuestra vida cotidiana para conectarnos con los seres que amamos, con la tierra o con nosotros mismos, ganamos perspectiva sobre nuestra propia vida y sobre lo que es importante para nosotros. Con la conciencia puesta en cada etapa del viaje, ya sea con la paciencia que requiere embarcar en un avión o por medio del placer de hincar los dientes en un higo maduro calentado al sol, nos sacudimos de lo mundano de nuestro interior, de modo que nuestra vida se vuelve más amplia, y el conocimiento de nuestro yo, más profundo.
Le deseo, querido lector o lectora, que encuentre su propio paisaje a la altura de este párrafo.
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Extraordinario Natz! Q ganas!!!!