Un conejo en el Super Bowl


Bud Bunny convierte al mayor espectáculo deportivo de Estados Unidos en un campo de batalla cultural 


Soy una señora, de esas que hasta hace no mucho creían que Bad Bunny era un molesto ruido de fondo. Sus letras —a las que no les prestaba demasiada atención— me parecían un poco bobas; sus ritmos repetitivos me cansaban, y esa nasalidad “gangosa”, típica de los reguetoneros, que da la impresión de que se hubieran tapado la nariz para cantar, me irritaba. La verdad, no entendía su éxito ni el furor que despertaba entre mis sobrinos, así que lo metí en el mismo cajón mental donde guardo “eso que escuchan los jóvenes”, junto a los filtros de TikTok y los termos Stanley.

Sin embargo, el Conejo Malo —o Benito Antonio Martínez Ocasio, para ser más exactos— empezó a despertar mi curiosidad por razones que poco tenían que ver con su música. La primera fue su forma de vestirse. Descubrí que sus sacos de colores imposibles, sus faldas (que, hay que decirlo, le quedan bien) y esa mezcla de chico malo con hombre que no teme jugar con su apariencia eran bastante más que un look. Eran un statement.

En pleno avance del conservadurismo y de la persecución a la comunidad trans, el cantante de música urbana más famoso del mundo se permitía ir contra la corriente, desmontar prejuicios y burlarse —o darle la vuelta— al prototipo del macho latino. Que eso lo haga cualquier persona merece respeto; que lo haga alguien capaz de acumular más de 21 mil millones de reproducciones en Spotify, emociona; porque una falda suya bastará para sanarnos.

Debo confesar que durante un buen tiempo lo miré más de lo que lo escuché. Me interesaba saber qué se había puesto para una alfombra roja o un concierto, punto. La curiosidad estética no me alcanzaba para explorar su repertorio, hasta que me enteré de la realización de su primera residencia musical en Puerto Rico.

Entre julio y septiembre del año pasado, Bad Bunny organizó una maratón de 31 conciertos titulada “No Me Quiero Ir de Aquí”, en el Coliseo José Miguel Agrelot (El Choli), en San Juan. Fueron 31 noches de música y celebración a las que asistieron más de 14 mil personas por función, todas con entradas agotadas. Con este gesto, no solo apostaba por cantar para su gente, siempre en castellano e incorporando ritmos locales, sino que se conviritió en el mejor promotor contemporáneo de Puerto Rico.

Los conciertos generaron más de 200 millones de dólares en ingresos directos —hoteles, restaurantes, transporte— y más de 700 millones en ganancias indirectas. Para ponerlo en perspectiva: la venta de máscaras vejigantes —una artesanía tradicional puertorriqueña— aumentó 340 %; las librerías reportaron un crecimiento del 280 % en la venta de autores locales; y los músicos invitados —de distintos géneros— lograron visibilidad internacional y nuevos circuitos de trabajo. Difícil no prestar atención cuando un artista no disfruta solo de su éxito sino que redistribuye los beneficios. Consciente de lo difícil que es para cualquiera de sus compatriotas llegar a donde él ha llegado, no se contenta con sacar su bandera para reivindicar su ciudadanía, sino que la convierte en un arma logística para generar trabajo. 

Y eso, en tiempos de ICE y deportaciones, hace la diferencia, porque ayuda a todos los latinos perseguidos y asustados a sentirse orgullosos de lo que son, a no renegar de sus orígenes. En la entrega de los Grammy no se quedó callado y sacó la cara por toda su comunidad pidiendo respeto y humanidad. Y por si eso no fuera bastante, se ha negado a dar conciertos en Estados Unidos para evitar que los agentes de inmigración asistan al espectáculo a llevarse a los inmigrantes. 

No suelo ser una groupie de los músicos que me gustan, tampoco una fanática que peregrina a sus conciertos. Rara vez escribo sobre ellos, pero en este momento en que tantas voces están silenciadas, en que el mundo parece arrodillarse frente a un poder orgullosamente cruel, que un reguetonero de 30 años sea capaz de revelarse, levantar la voz e influir en sus miles de millones de seguidores me genera esperanza. Mientras ustedes leen mi declarada admiración por el Conejo Maolo, estamos a la espera de lo que será su show, mañana, en el Super Bowl, el espectáculo deportivo más importante de Estados Unidos. A pesar de las quejas de Trump y sus seguidores, a pesar de que lo han tachado de mal músico y de poco estadounidense, a pesar de que sus detractores han organizado un espectáculo en paralelo en el que solo cantarán músicos patriotas (léase trumpistas) y a pesar de que lo han amenazado de muerte, Bud Bunny se parará en el escenario, cantará solo en español, y le recordará al mundo, en horario estelar y estadio lleno, que para amar lo propio no es necesario odiar lo ajeno; y que a la maldad y al racismo se le responde con comunidad. Debí tilal más fotos lalala lalala…


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1 comentario

  1. Patricia labarthe

    súper! necesitamos muchos Conejos Malos en el mundo!

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