El celular no es un chupón 


Un informe del Banco Mundial alerta, y mucho, sobre el uso de pantallas en la infancia


Por años, la conversación sobre los niños y las pantallas se ha movido entre el pánico moral y la condescendencia. Se señala con el dedo al padre que entrega un teléfono en un restaurante o a la madre que deja a su hijo frente a YouTube para poder terminar una agotadora jornada de teletrabajo. Sin embargo, el reciente informe del Banco Mundial, El tiempo frente a la pantalla en la educación infantil: Equilibrar la balanza digital (2025), propone un giro necesario: la exposición excesiva a los dispositivos, además de ser una «mala decisión» individual, es también un síntoma de un sistema de cuidados fracturado.

El documento, coordinado por el economista Ezequiel Molina, aterriza una realidad que en América Latina es particularmente cruda. Mientras que la Organización Mundial de la Salud sugiere un límite máximo de una hora diaria para niños de 2 a 5 años, el promedio real hoy se duplica. En Ciudad de México, entre el 65 % y 70 % de los preescolares superan las dos horas diarias; en Colombia, la cifra alcanza al 50 % de los niños. No estamos ante una excepción, sino ante una nueva normalidad impulsada por la ubicuidad de la banda ancha móvil, que ha pasado de 54 a 115 suscripciones por cada 100 habitantes en la última década.

Lo que el informe denomina el fenómeno de la “niñera digital” nace de la necesidad. En contextos de alta precariedad —desde asentamientos humanos en Lima hasta aldeas rurales en Etiopía—, los dispositivos suelen ser la única forma de estimulación accesible ante la falta de espacios públicos seguros, parques o programas formales de cuidado. Para una madre soltera con varios empleos o familias en viviendas reducidas, la pantalla se convierte en el único muro de contención posible contra el caos cotidiano.

Sin embargo, el costo de esta solución pragmática se paga en la arquitectura misma del cerebro. El informe enfatiza que los primeros cinco años de vida son una ventana crítica e insustituible. El problema central no es solo el contenido, sino la “tecnoferencia” (la interferencia de la tecnología en las interacciones humanas cara a cara). Cada minuto que un niño pasa en una interacción pasiva con un algoritmo es un minuto en el que se pierden los intercambios lingüísticos y emocionales con adultos que conectan los circuitos del lenguaje y la autorregulación.

La ciencia que respalda el informe es contundente. Estudios de neuroimagen muestran diferencias estructurales en las regiones lingüísticas del cerebro en niños con alta exposición a pantallas. Además, el exceso digital altera los patrones de sueño —vitales para consolidar el aprendizaje— debido a que la luz azul retrasa la producción de melatonina. A largo plazo, esto se traduce en un crecimiento más lento del lenguaje, una competencia social más pobre y dificultades en la coordinación motora.

El informe del Banco Mundial evita caer en el prohibicionismo estéril. Reconoce que la tecnología es una parte ineludible de la infancia moderna y que, bien guiada, puede incluso ofrecer oportunidades de aprendizaje e inclusión. Pero para «equilibrar la balanza», se requiere una acción coordinada que entienda el tiempo de pantalla como un problema de salud pública y de equidad educativa.

La propuesta del informe se centra en la formación de hábitos sostenibles. Esto implica que las políticas públicas deben proponer y financiar alternativas reales: mejores espacios de juego, programas de lectura comunitaria y sistemas de apoyo que ayuden a los padres a identificar los «momentos detonantes» del uso de dispositivos. Incluso se plantea el uso de la propia tecnología —como asistentes parentales vía WhatsApp— para ofrecer guías de crianza en tiempo real a las familias más vulnerables.

El debate sobre las pantallas en la infancia no puede seguir siendo una batalla moralista contra los padres. Es una discusión sobre la calidad de nuestras ciudades, la flexibilidad de nuestros horarios laborales y la fortaleza de nuestros sistemas de cuidado. Si no somos capaces de ofrecer alternativas que compitan con el algoritmo, seguiremos permitiendo que la arquitectura cerebral de las próximas generaciones se diseñe en Silicon Valley y no en el calor de la interacción humana. Como sociedad, nos toca decidir si el silencio que compran las pantallas es un alivio o una deuda que terminaremos pagando todos.


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