Un encargo último


Una lectura que nos interpela sobre quiénes somos cuando recordamos


Gunter Silva es licenciado en Artes y Humanidades, con una maestría en Literatura y Creatividad Literaria de la Universidad de Westminster. Su obra literaria incluye el libro de relatos Crónicas de Londres (Lima, 2012), la novela Pasos Pesados (Lima, 2016), El Baile de los vencidos (Buenos Aires, 2022) y Neutrino, cuaderno de navegación (Lima, 2024). A pesar de haber vivido en diversos lugares, mantiene una conexión profunda con su ciudad natal, La Merced, una urbe vibrante y selvática que, aunque lejana, sigue viva en su interior.


No recordamos para volver, recordamos para no perdernos del todo. En Austral (Anagrama, 2022), Carlos Fonseca escribe una novela que no solo revive a los muertos, sino que resucita algo más esquivo: la urgencia de contar antes de que sea demasiado tarde. El autor ha escrito un libro que viaja por la geografía de la memoria y es un viaje que cuestiona los límites entre biografía, ficción, duelo y lenguaje. Lo que podría ser la historia simple de un encargo literario póstumo se convierte en una reflexión laberíntica sobre cómo recordamos, qué recordamos y, sobre todo, quién lo hace.

La premisa es aparentemente sencilla: Julio Gamboa, académico centroamericano afincado en EE.UU., recibe una carta que lo lleva hasta Humahuaca, un pueblo en el norte argentino, donde ha muerto su antigua amiga y amante, la escritora Aliza Abravanel. Olivia, una joven artista que cuidó de Aliza en sus últimos años, le entrega un manuscrito inédito y una petición: que él lo edite. Ese libro dentro del libro será el disparador de múltiples niveles de narración, en los que el lector entra y sale de historias como si caminara por una casa llena de habitaciones que conectan con otras casas, pasados y voces.

Pero si algo sostiene y articula Austral, más allá de sus estructuras narrativas, sus derivas intelectuales y su lirismo feroz, es la memoria. No como simple ejercicio de nostalgia o archivo, sino como fuerza viva, como columna vertebral. Fonseca no nos habla de la memoria como un espejo retrovisor, sino como un lenguaje roto, un idioma privado que sigue funcionando incluso cuando ya nadie lo habla. Desde el título de la primera parte hasta el último fragmento del manuscrito, la novela insiste que recordar no es volver al pasado, sino reescribirlo a la intemperie.

Fonseca despliega este tema con una potencia casi musical. Las frases son largas, hipnóticas, como si el lenguaje buscara imitar los ritmos del pensamiento, las repeticiones de una obsesión que no se deja silenciar. En ese vaivén aparece la figura de Aliza —trasunto de muchas escritoras reales, pero sobre todo mito íntimo del narrador— como alguien que resiste el olvido escribiendo, aun cuando la afasia (un trastorno del lenguaje), comienza a quitarle las palabras. Hay una tristeza contenida, nunca melodramática, en esa imagen de una mujer que escribe su última novela cuando ya casi no puede hablar. Esa novela, que Julio intenta comprender y traducir, no es otra cosa que un acto desesperado de memoria escrita contra el tiempo.

El manuscrito se titula Un idioma privado, y en él Fonseca construye una historia aparentemente ajena —la de un antropólogo alemán obsesionado con una colonia aria fundada en Paraguay— pero que, al poco andar, se revela como un espejo distorsionado de la vida de Aliza. La novela de Aliza es una amalgama, una reescritura de sí misma bajo el disfraz de historia universal. En ella, el personaje del Mudo funciona como metáfora del lenguaje extraviado, de la voz que ha sido silenciada por la historia o la enfermedad. Al igual que la propia Aliza, el Mudo es quien resiste, quien recuerda sin necesidad de palabras, quien hereda y custodia una memoria que el mundo ha querido enterrar.

Allí es donde Austral se vuelve ideológica. La memoria no es neutra. Es territorio en disputa. En las páginas del manuscrito, el personaje de Von Mühlfeld, el antropólogo en decadencia, busca comprender la historia de su país a través de esa comuna perdida donde alguna vez el personaje de Elisabeth Förster-Nietzsche intentó fundar una utopía aria. El delirio racial, la eugenesia, el nazismo: todo eso aparece no como historia ajena, sino como parte de la piel de la novela, como legado tóxico que aún supura en los márgenes. Fonseca nos recuerda que olvidar también es una forma de violencia, que la memoria es incómoda, errática, pero necesaria.

Un párrafo basta para condensar esa intensidad:

“La llamaban la Muda los malditos, dijo Olivia, y esa dolorosa alusión a un cruel apodo volvía a resonar ahora con el relato que había leído la noche anterior. Creía entender que si también allí, en medio de aquellas páginas en las que se describía la larga historia de la comuna de Nueva Germania, aparecía un hombre llamado el Mudo, no era por capricho de Abravanel ni por mera casualidad, sino porque el manuscrito póstumo parecía estar escrito en clave íntima”.

En este fragmento, la memoria es una pista secreta, un doble fondo que revela algo más; que recordar es leer en varios niveles a la vez, que la historia personal y la historia colectiva están hechas de los mismos hilos. Lo que parece ficción histórica es, en verdad, una carta codificada, una forma de decir: esto también me pasó a mí, y si no lo cuento así, nadie lo va a entender.

Por eso Austral no es una novela sobre el pasado, sino sobre el presente de la memoria. Es una meditación sobre lo que se pierde cuando se pierde una voz. Aliza no es solo una figura del recuerdo, es un enigma que exige ser traducido: por Julio, por Olivia, por nosotros los lectores. Y esa traducción nunca es neutra. Julio edita el manuscrito, sí, pero también lo interpreta, lo reinventa, lo convierte en espejo de su propia pérdida.

El estilo de Fonseca, siempre elegante, encuentra aquí su forma más libre y orgánica. No teme a las digresiones, a los bucles narrativos, al pensamiento ensayístico. Pero no es una novela hermética, ni difícil. Al contrario, hay un pulso afectivo que la recorre toda, una melancolía solar que nunca cae en la autocompasión. Como Bajo el volcán de Lowry —novela que Aliza cita y Julio recuerda con ternura— Austral es una obra que arde con lentitud, y al final deja cenizas que uno no puede quitarse de encima.En tiempos de literatura hecha para el olvido, Fonseca entrega un libro que exige tiempo, escucha y relectura. Un libro que se planta frente a la fugacidad de la época con la única arma posible: la memoria como literatura viva.

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