Los dientes nuevos de Lina


¿Y si pudieras remplazar tus dientes perdidos con unos crecidos en laboratorio? 


Cuando a Lina, mi vecina, se le cayeron dos dientes de leche del arco superior de la mandíbula izquierda, no dudó en esconderse. Lo hizo detrás de la palma de su mano. Cada vez que sonreía, cubría con el brazo izquierdo esa sonrisa incompleta, como si aquel hueco en la hilera fuera la prueba visible de una carencia más honda, y como si pidiera disculpas por ella. Aunque no empañaba su sutil belleza, ese vacío entre las piezas, en efecto, le restaba algo de gracia, como si llevara un collar de perlas levemente estropeado.

Y es que Lina no tenía ya cinco o seis años, esa edad en la que todos vamos dejando atrás la dentadura efímera de la infancia para dar paso a esa, firme y permanente, de los dientes adultos. Tenía treinta y tres. Había cambiado sus muelas lentamente, a causa de una extraña condición llamada retención prolongada de dientes temporales, una rareza que impide a los dientes definitivos reclamar su lugar. Contaba, entre risas, que su bisabuela se había ido a la tumba a los noventa años con un diente de leche aún en la boca. 

Pocos días después de aquella pérdida, regresó a casa con un ingenioso bracket, dispuesto a guiar hacia la luz a los rezagados dientes adultos que dormían aún bajo las encías. Y, casi al mismo tiempo, encontró al amor de su vida: un hombre guapo, atento y cariñoso, como una prueba irrefutable de que el amor, cuando es verdadero, no se detiene ni ante un hueco dental ni ante las férreas barreras de unos metales en la boca.

Al fin y al cabo, Lina tuvo suerte tanto en su ortodoncia como en el amor, pero eso no nos sucede a todos los humanos. Algunas estadísticas, en efecto, son reveladoras acerca de la transitoriedad de nuestros dientes. Según la Organización Mundial de la Salud, OMS, a nivel global, aproximadamente el 2.3 % de la población total presenta edentulismo total, es decir, ha perdido todos sus dientes. Pero si nos enfocamos solo en personas mayores de 20 años, ese porcentaje sube al 7 %, y entre los mayores de 60 años alcanza el 23 %. ¡Casi 1 de cada 4 en ese grupo etáreo! 

Si bien la epidemiología del edentulismo en Perú es incipiente, según el Global Burden of Disease 2019, nuestro país se encuentra entre aquellos con la mayor prevalencia y tasa de incidencia a nivel mundial. Esto significa que, proporcionalmente, muchos peruanos mayores han perdido todos sus dientes, especialmente aquellos de bajos ingresos o acceso limitado a servicios dentales.

La causa principal no son las peleas a puño limpio ni los accidentes de combi, sino algo más silencioso: las caries. Para reemplazar las piezas perdidas, hoy recurrimos a implantes de titanio, un gran invento que, sin embargo, presenta limitaciones importantes frente a los dientes naturales: no absorben el impacto al masticar y, con el tiempo, causan daño óseo y no tienen sensibilidad, pues no cuentan con terminaciones nerviosas. Un diente vivo, en cambio, posee esmalte, dentina, vasos sanguíneos, ligamentos y nervios que lo conectan al sistema óseo, circulatorio y nervioso del cuerpo.

Por eso, distintas líneas de investigación han comenzado a trabajar en una alternativa más natural: cultivar dientes biológicos en laboratorio. Y lo que hasta hace poco parecía ciencia ficción, está empezando a hacerse realidad.

En septiembre de 2024, Japón aprobó el primer ensayo clínico en humanos de un medicamento diseñado para hacer crecer dientes nuevos. Desarrollado por el equipo del doctor Katsu Takahashi de la Universidad de Kioto, el tratamiento se basa en la inhibición de una proteína (llamada USAG-1) que bloquea naturalmente el crecimiento dental. Al suprimir esta proteína, se reactiva la señal biológica necesaria para desencadenar una “tercera dentición”, especialmente en personas con la falta congénita de dientes o que han perdido piezas por enfermedad o trauma.

Este primer ensayo involucra a 30 hombres adultos con al menos un molar ausente y busca evaluar tanto la seguridad del fármaco como su capacidad para inducir la erupción de nuevos dientes funcionales. Si los resultados son positivos, se espera su aprobación para uso más amplio hacia el año 2030.

Otros investigadores avanzan desde la bioingeniería. Científicos del King’s College London e Imperial College han desarrollado un hidrogel capaz de recrear el microambiente extracelular necesario para cultivar estructuras dentales a partir de células madre. Este gel libera señales biológicas de manera controlada, permitiendo que células madre dentales se diferencien en capas especializadas como la pulpa, la dentina y el esmalte. Aunque todavía no han logrado generar dientes completamente funcionales, los avances representan un hito en la ingeniería de tejidos.

Finalmente, en Estados Unidos, el equipo de Pamela Yelick en Tufts University ha implantado “yemas dentales” en mandíbulas de cerdos, utilizando células humanas y porcinas. En apenas unas semanas, han observado el desarrollo de tejidos dentales duros, acercándose al objetivo de dientes cultivados listos para ser trasplantados.

Todos esos avances son esperanzadores, pero ¡no exultes! No tendremos dientes vivos inducidos por fármacos o cultivados en laboratorios para rato. Para dientes inducidos, existen riesgos de crecimiento descontrolado: ¿qué pasaría si quieres estimular un solo diente nuevo y, en cambio, aparecen cuatro? Para dientes de laboratorio, un gran reto es conseguir que el nuevo diente se integre con el hueso y el sistema nervioso del paciente. Las nuevas terapias, una vez aprobadas, requerirán además nuevas regulaciones.

El futuro, sin embargo, se vislumbra prometedor: si estos avances científicos prosperan, pronto podremos olvidar las prótesis metálicas y renovar nuestras sonrisas con dientes vivos. Como los que, finalmente, volvieron a iluminar el rostro de Lina. 


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